Málakor 3 CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

De nuevas noticias y de las aventuras de unos vegetales

M ás allá de un par de explosiones en el bosque por culpa de los experimentos de Medora, sin nada que lamentar, y de un calor asfixiante que nos obligaba a dejar el trabajo a mediodía, no ocurrió nada reseñable en los seis días siguientes.

Aunque eso no quiere decir que tuviese tiempo de aburrirme.

En Knegara, siempre había cosas que hacer.

El último día de la semana, los knegaritas iban al templo a entregar ofrendas a los dioses, con especial atención a aquellos vinculados a la naturaleza.

Obviamente, a mi abuela la que más, porque ella era la máxima expresión de la naturaleza y los de Knegara le son muy devotos.

Como su templo se había visto afectado por el fuego, los ciudadanos habían improvisado altares en los bosques.

Aproveché para hacer mi propia ofenda, una de esas flores blancas que había visto con Hach en el bosque, y luego fui a visitarlo en la plaza, para llevarle algo fresco de beber.

El sol castigaba desde los cielos, tanto que el pelo se te ponía caliente como ascua.

Por suerte, habían colocado toldos aquí y allá, donde los árboles supervivientes no cubrían.

La mesa del bardo se hallaba a la fresca bajo un buen toldo de color azul.

En cuanto me vio, vino a saludarme, con una de sus brillantes sonrisas.

Le tendí uno de esos granizados, de limón, y lo tomó agradecido.

—Creo que voy a permitirme el lujo de descansar un poco también —dijo.

—Si veo que empiezan a salirte úlceras o escamas por tomarte un descanso, te aviso.

Se rio y dio un sorbo .

—Está fresquito.

—Si no estuviera frío, no sería un granizado, cantamañanas.

Me regaló otra risa, antes de beber un poco más.

—La maga ha hecho hielo como para sepultar a una veintena de hombres —le conté.

—Podrías haber usado un símil menos violento, no sé: hielo como para llenar un barco, hielo como para cubrir una montaña.

—Meh, es más divertido sepultar a veinte hombres.

El bardo sacudió la cabeza, con la mirada fija en la plaza. Se frotó los ojos. El reflejo de los rayos del sol en el suelo desnudo los quemaba.

—¿Y por qué ha hecho tanto hielo?

—Está haciendo no sé qué cosa de lameazufres. Ya nos lo dirá. Aunque por suerte no ha habido más explosiones. ¿Tú has estado practicando con tus asuntos de bardo?

—Sí —dijo contento, tras dar un trago a su bebida—. Sigo estudiando la voz de todas las cosas. Del agua, de las piedras, de la tierra… También del fuego. Estoy ansioso por oír su voz.

—Seguro que habla como si llevase cien años fumando en pipa.

Hach soltó una carcajada. Iba a contestarme cuando algo entró en su campo de visión que le hizo fruncir el ceño.

Miré también hacia donde él tenía la vista.

Un mensajero del servicio de correos, a caballo, se aproximaba.

A nuestro lado, bajó del equino, sacó un fajo de misivas de las alforjas, las miró a toda prisa y luego nos tendió una:

—Carta para el maestro Háchpirey Tredembaun. Me han dicho que podía encontrarlo aquí.

—Soy yo. —Hach cogió la carta—. Y él es Málakor Arben, ¿hay algo para él?

Rebuscó en un fajo y asintió. Cuando me tendió la misiva, el bardo le dio algo de propina. El muchacho, contento, tiró de las riendas del caballo y se alejó de nosotros. Supuse que para repartir más cartas entre las gentes.

—Como todo el mundo sabe, el servicio de correos no funciona muy bien en todas partes —dijo Hach—, pero ha sido tan rápido en esta ocasión como cabría desear.

—¿De quién es tu carta? —dije mirando la mía, sellada por un lacre que desconocía .

—De la Universidad de Ardacia.

—Pues léela, vamos, y luego leeremos la mía.

El bardo asintió, dio un último trago a su limonada, posó el vaso en la mesa y desplegó la misiva. Me puse a su lado, para curiosear, pero aquella letra era tan estudiada, que la mitad de las palabras no las entendí. No obstante, por la expresión de mi amigo, ya supe que no eran buenas noticias.

—Mi colega dice que no existe una especie así en toda Luara. No al menos que se haya descubierto aún. Sin embargo, cuenta que la fauna reptiliana está muy bien estudiada y documentada, por lo que es poco probable que exista una especie que no se conozca. Aunque en la naturaleza, nunca se sabe.

—Pues no tenemos lagarto del que sacar antídoto. Así que no perderemos el tiempo buscándolo. Un problema menos, y, a la par, uno más al que enfrentarnos.

Al bardo se le puso más cara de acelga pasada todavía.

—Toma, lee mi carta. —Se la tendí—. Así ves letras juntas y te animas. Son tu cosa favorita del mundo.

—Mi cosa favorita del mundo es la sonrisa de Azani —dijo con voz de pena mientras separaba el lacre.

—¿Quieres que la llame para que te dé un besito en la frente?

Me hincó el codo en las costillas.

—Au. —Me quejé revolviéndome—. No sé si tienes codos o puntas de flecha. ¿De quién es la carta?

—De Penny. —Se aclaró la garganta—. «Mis queridos amigos, confío en que…».

—Sáltate la parte de los saludos, por favor, ve al grano.

—Es de mala educación no leer…

—Que te la saltes, bardo. Vamos.

Soltó un suspiro de agotamiento y posó los ojos en la carta. Fueron rápidos sobre ella a la par que de sus labios salía un murmullo, hasta que, por fin, empezó a leer en voz alta:

—«Acerca de la cuestión que me preguntáis, conozco del Loto Negro tanto como Málakor, me temo.

Pero sí que he trabajado con otros venenos, letales o no, y he aprendido algo: a menudo están relacionados con algún animal que mora en el mismo lugar que la planta de la que se extrae el veneno.

Suelen alimentarse de ella y desarrollar inmunidad, así que vuestra solución, si no encontráis otra antes, es estar atentos a la fauna de los túneles para hallar respuestas a esto» —leyó detenidamente—.

«Y, con respecto a si podríamos ser inmunes al efecto del Loto Negro, ni yo misma lo sé.

He visto a algunos asesinos morir a causa de él, pero también a otros sobrevivir a sus efectos.

Cabría la posibilidad de que Derian nos hubiera inmunizado…

aleatoriamente. O que solo lo hubiera hecho con las élites.

Si tú lo estás, Málakor, es algo que no puedo aseverar.

Tendrás que comprobarlo también en los túneles…

de alguna manera. Siento no haber sido de mayor utilidad.

Que tengáis mucha suerte. Carena os manda un fuerte abrazo».

—Carena… —musité—. Voy a marcharme a los túneles sin decirle quién soy.

—¿Sigues en esas? —Hach plegó la misiva a toda prisa.

—Élinor debe reinar. Está preparada para ello y será la mejor reina que Ardacia haya tenido jamás.

—Si su bando gana la guerra.

—Estamos poniendo la venda en la herida antes de que se provoque. —Chasqueé la lengua—. Además, tenemos otros problemas más inmediatos que ese.

—Siempre tenemos problemas más inmediatos, Málakor, pero mientras que nos ocupamos de ellos, en Ardacia se fragua el camino de su destrucción. Y tú podrías poner coto a eso, pero no quieres.

—Lo siento, Hach, es que… no estoy preparado. Dame tiempo, por favor.

El bardo pareció querer añadir algo más, pero encogió los hombros y miró la carta, aún en sus manos.

—Al menos Penumbra nos ha dado una respuesta que puede sernos útil. Tendremos que estar atentos a las criaturas que nos encontremos en los túneles. Aunque no tenemos la menor idea del aspecto que tiene el Loto Negro, así que tampoco vamos a saber qué especies le rondan para comérselo.

—Sí lo sabemos. Es como esos lotos de los estanques de los lechuguinos, verdes con esa flor tan bonita, pero de color negro. Es lo que entendí de lo que dijo la pelirroja.

—Bien entonces. —Hach sonrió más tranquilo—. Pues estaremos ojo avizor.

—Cuando era aún un chiquillo, escuchaba mucho esa palabra en Ledaria, y antes de verla escrita un día, pensaba que se decía «ojo a vizor», y siempre me pregunté qué demonios era vizor.

El bardo rio levemente, con un tono dulce.

—Vizor no se contempla en el RDALA, pero quizá sea el nombre de un monstruo muy antiguo.

—Me guiñó el ojo, siguiéndome el juego—.

Y, por si quieres saberlo, avizor quiere decir «atento», amigo mío.

También puedes decir mente avizora, aunque es una expresión que ya se emplea solo en ambientes académicos.

—Tras su despliegue de sabelotodo, me miró con cariño y agregó—: Se me hace extraño imaginarte de niño. Un niño de doscientos años.

—A mí también se me hace raro, Hach —dije nostálgico—.

Más que nada porque apenas recuerdo algunas cosas de esos años.

Pero seguro que mi infancia, antes de llegar a la isla, fue tremendamente feliz.

Con tardes de juegos en el jardín de una casa que siempre olía a pasteles y a huevos fritos con chorizo.

—Seguro que sí. —Apretó mi hombro suavemente.

De algún lugar de mi memoria, me llegó la imagen de Debra con un precioso vestido blanco ceñido por una cinta dorada.

Me esperaba de cuclillas en el suelo y yo corría hacia ella, con esos pasitos cortos y torpes que los niños dan.

Caía en sus brazos, sintiéndome el ser más feliz del universo.

No supe si era realmente un recuerdo o solo algo provocado por la necesidad de mi imaginación, pero me hizo sonreír.

—¿A qué jugabas de niño, Háchpirey?

—Nada me gustaba más que subirme a los árboles. Que correr de aquí para allá. —La mirada se le encendió de entusiasmo—. Y, por supuesto, ideaba ya grandes historias. Recuerdo una que me inventé acerca de un pimiento y un calabacín. ¿Nos tomamos otro granizado mientras te la cuento?

No es que yo tuviera mayor interés en saber la historia ficticia de unas verduras, seguramente adornada con hechos más que inverosímiles, pero mi amigo sería muy feliz contándomela, así que asentí.

En aquella mañana de sol abrasador, confirmé que había pocas cosas más poderosas que la imaginación de Hach, en la cual los pimientos volaban para encender las estrellas que un villano de nombre Zanahoria Vil había apagado; en la que los calabacines salvaban a una tal Princesa Tomate de las garras del malvado Dragón Pimentón.

Pocas veces me había reído tanto con las ocurrencias del bardo.

Como era de esperar, en cuanto se puso a contar su historia, todos los niños que andaban por la plaza se acercaron a escucharlo.

Y Panceta también, salivando cada vez que mencionaba a las verduras.

Pensé en lo maravilloso que sería si, algún día, sus hijos y los míos se sentasen así a atender sus relatos.

No recordaba mucho de mi infancia, pero esa habría sido la estampa perfecta de mi madurez.