CAPÍTULO 37 #2
—¡Desde luego! —dijo ella mientras asentía—. Sé que están dándole prioridad a las casas de sanación, a la Sala del Gremio, al templo y a las tabernas y posadas.
—Una ciudad son sus tabernas y posadas —dijo Senris—.
Y esta era la más importante de todas. Me siento muy desdichado cuando pienso en lo que pasó, pero también agradecido por la ayuda que la gente está prestando a Knegara de forma desinteresada.
Esta posada se levantó con años de esfuerzo de mi familia y habría sido duro perderla.
—Las lágrimas se le agolparon en los ojos.
Medora se acercó a él y le palmeó la espalda.
—No estés triste, pronto la verás en pie de nuevo, tal y como estaba.
—¿Y los retratos de mis abuelos? ¿Y los dibujos de mi hermana? ¿Y mi colección de hojas de los árboles?
Me quedé a medio camino de colocar un ladrillo, porque la sensación de pérdida que transmitía su voz me caló los huesos.
Era una pena perder todo aquello y, de un modo egoísta, agradecí no tener cosas materiales a las que aferrarme.
Vinculamos nuestros recuerdos a un objeto, olvidando que estos se deterioran, se pierden o se destruyen fácilmente.
Ni la memoria es tampoco un lugar seguro.
Los mejores recuerdos hay que guardarlos en el corazón, para que, con cada latido, la sangre los lleve de un lado a otro y nos impregnemos de ellos hasta tal punto que ni el tiempo ni nuestro deterioro puedan robárnoslos.
—¿Coleccionabas hojas de árboles? —le dijo Medora, ilusionada—. Yo coleccionaba ramitas de pequeña. Leí que un viejo mago se hizo un gran bastón a base de ramitas. Algo que le confería gran poder.
A Senris se le pasó un poco el disgusto.
—¿Y es verdad?
—Pues no sé, porque unos abusones quemaron todas mis ramitas y ya no quise coleccionar más.
El hermano de Leyla sonrió fugazmente.
—Bueno, seguro que algún día vuelves a coleccionarlas .
—Y tú encontrarás otro montón de hojas nuevas.
La sonrisa de él se hizo más grande y ella le correspondió. Después, la maga le deseó un buen día de trabajo y se acercó más a mí.
—Tienes masa gris hasta en las cejas. —Trató de quitármela, pero estaba bien pegada—. Tendrás que frotarte a conciencia.
—Es masilla. Pega unos ladrillos a otros para que se queden bien quietos.
—Yo creía que se comía, menuda decepción… —Panceta se acercó a Senris, buscando alguna carantoña por su parte.
Me reí, mientras el perro recibía lo pedido y Medora miraba al techo, pensativa. No sé qué se le pasó por la cabeza, pero no lo verbalizó. Sacó del bolsillo un trozo de cuerda, muy fina y de color blanco, que apenas ocupaba un dedo, y nos la mostró.
—Es una cuerda mágica.
—¿Seguro que es una cuerda y no una lombriz? —le dije.
Sacó la lengua, a modo de respuesta, y me dio un extremo de la cuerda, que cogí con dos dedos.
—¿Preparados? —preguntó sujetando el otro extremo.
Senris y yo asentimos. Medora caminó hacia atrás. A medida que lo hacía, la cuerda se extendía, como si no fuera más que un moco bien elástico y grande. El resto de los muchachos que trabajaban en la obra nos prestó atención, y recorrió la posada un murmullo de asombro.
—¿Has visto? ¡Es increíble! —Medora agitó la larga cuerda, gritando aquello desde el otro extremo de la sala—. Y podría extenderse hasta los cien metros.
—¡¿Cien?! —dijo Senris—. Eso es alucinante.
Los muchachos, tras comentar lo asombroso de la cuerda, regresaron a sus quehaceres. Medora se acercó a mí y el invento se acortó hasta volver a su tamaño original. Senris le pidió que lo dejara cogerla.
—Se podrían hacer muchas cosas útiles con ella —dijo cuando la tuvo en la mano.
—Sí, como atar a cien knegaritas a un árbol lleno de hormigas rojas y luego salir corriendo —dije .
—Qué gracioso… —Entrecerró los ojos.
—Si esa forma de mirarme es un intento de exterminarme con la mirada, déjame decirte que necesitas más práctica. Dile a tu hermana que te enseñe.
Levantó una ceja, fue a decir algo, pero Medora reclamó su atención.
—¿Qué te parece entonces mi cuerda? Más allá de algo asombroso.
Volví a prestar atención a la pila de ladrillos que tenía pendiente mientras ellos dos seguían hablando.
—Creo que deberías darle la longitud de una cuerda normal.
—¿Por qué? Así es más práctico llevarla.
—Sí, pero podría perderse más fácil, incluso en un bolsillo.
—Tienes razón —dijo entusiasmada—. Haré que parezca una cuerda más normal, gracias.
—No tienes por qué darlas. —Senris, tras devolverle la cuerda, siguió a sus cosas.
Medora se pegó a mí y me miró fijamente, como si estuviera contándome los pelos de la nariz.
—¿Qué quieres, Conjuritos? —pregunté, en tanto que dejaba caer un pegote de masilla de la paleta sobre uno de los ladrillos.
—No me has dicho nada de mi cuerda. Aunque he visto tu cara de asombro.
—No me has dicho nada de mi cuerda. Aunque he visto tu cara de asombro.
—De asombro es poco, me ha fascinado, te felicito por ello y estoy muy orgulloso de ti, pero…
—¿Pero? —Torció el gesto.
—Sé que eres capaz de mucho más. —La conocía lo suficiente como para saber que si algo le gustaba era que la empujasen a llevar a cabo grandes retos—. Así que, sigue trabajando.
Cerró el puño y lo levantó a la altura del pecho, con un gesto de férrea determinación.
—¡Seguiré trabajando!
—Eso es. —Sonreí—. ¿Qué hay de ese gran puente que vas a hacer?
—Será el puente más increíble que nadie haya visto jamás —declaró—. ¡Vamos, Panceta! Tenemos un puente que inventar .
El perro soltó un ladrido feliz, se sentó sobre sus patas traseras y luego ladeó la cabeza, mirándola.
—¿Podemos inventarlo después de comernos uno de esos picados de hielo con sabor a fruta? Me sudan las almohadillas del calor que tengo.
Los knegaritas tenían neveros en el bosque de los que extraían el hielo. Ese invento del granizado no era barato, porque el transporte y la conservación no era fácil, pero merecía la pena pagar por ello, porque estaban riquísimos.
—Panceta quiere comerse un granizado, Conjuritos.
—Qué gran idea. Nos refrescará la garganta y los áni… —Se quedó con las palabras suspendidas, en tanto que su expresión se tornaba seria. De golpe, abrió los ojos muchísimo—. ¡Eso es, Panceta! ¡Hielo! ¡Necesitamos hielo!
Fui a preguntarle a qué venía aquello, pero me dio un rápido beso en la mejilla y se largó por patas, con Chucho a la zaga. Los dos muy felices.