Málakor 3 CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

De aguijones que vuelan y días ajetreados

S in desayunar siquiera, al alba, redactamos las cartas.

Eso hablaba de lo imperante que era mi necesidad de que llegasen pronto a su destino.

A Háchpirey se le ocurrió pedirle ayuda a Iliana para que llegasen por los cauces más rápidos de los que Knegara dispusiese, así que fuimos a verla a su improvisado despacho.

Una caseta de tablones levantada a toda prisa en las inmediaciones del viejo árbol.

Fue parca en su saludo, y parca también en su respuesta cuando el bardo le pidió aquello.

—Por supuesto —dijo, con un tono firme pero amable, y extendió la mano hacia él para tomar las cartas.

Se me hizo raro estar tan cerca de ella.

La había visto de aquí para allá en Knegara, pero nunca así, frente a frente y en un espacio cerrado.

No obstante, a pesar de que jamás habíamos tenido una relación cercana; aunque hubieran sido muchos nuestros roces, me había salvado la vida.

Después de todo, y después de tanto, esa era una realidad inapelable.

Estábamos a punto de irnos, cuando le dije:

—Iliana, nunca te he dado las gracias por salvarme en Ledaria.

Se me quedó mirando con ese aire altivo tan suyo, solo que esa vez no me disgustó. Fue como si un águila real, con toda su majestuosidad, posase los ojos en mí. Y eso no pasaba todos los días.

—Y yo nunca te he dado las gracias por matar a Derian.

El Equilibrio en su máxima expresión. Ella me había salvado de la muerte y yo de tener que dar muerte al traidor.

Después de lo que Leyla me había contado, sabía que para ella no habría sido un trago fácil.

Por más odio que hubiera entre ambos, por mayores que fueran los agravios.

Matar a Derian habría sido como sacarse una espina largo tiempo clavada, sí, pero una que se clavó al coger su rosa favorita.

Una rosa que se marchitó ante sus ojos sin que nada pudiera hacer para preservarla.

Vale, esto me ha quedado muy Háchpirey. Ando demasiado con él. Tengo que ponerle remedio.

—No tienes por qué —dije—. Para mí fue un placer acabar con él.

El bardo nos miraba en silencio, sin perder puntada. Vernos hablar de eso constituiría para él más leña que echar a sus crónicas, si es que había escrito algún capítulo sobre Iliana o sobre mí. ¿Lo habría hecho?, pensé entonces. Sobre ella seguro que sí.

—Nunca es un placer matar a nadie, Málakor, pero viniendo de ti no me sorprende.

Voló el aguijón, pero resbaló sin clavarse; aunque el bardo me mirase como si me hubiera herido de gravedad. Sin embargo, siempre se ha dicho que no hace daño el que quiere sino el que puede. E Iliana ya no podía hacerme daño. Esbocé una sonrisa antes de decir:

—Te diré quién sí te sorprendió: Lúdric. ¿A que sería un placer matarlo?

Hach ahogó una exclamación de asombro.

Los ojos de Iliana seguían en los míos, con insistencia, como si fueran una gota que cae del techo de la cueva buscando horadar el suelo. El labio superior le tembló. Pensé que no saldría vivo de allí. O al menos no entero. Sin embargo, no me arrepentía: la cara de ella había merecido la pena.

—Bueno, bueno… —Hach tiró de mí con todas sus fuerzas—. Nosotros nos íbamos ya. Gracias por todo, Iliana. Gracias, gracias.

Hasta hizo inclinaciones de cabeza.

Una vez fuera, me zarandeó varias veces. Menos mal que no había desayunado, de lo contrario, habría dejado el suelo lleno de tropezones.

—¿Cómo se te ocurre decirle eso? ¿¡Cómo!? ¿Te has vuelto loco?

—Ha empezado ella. —Me crucé de brazos y solté un resoplido.

—No te comportes como un niño, no lo eres. Da igual quién empezase, los dos lo habéis hecho mal.

—¿Nos vas a castigar contra la pared? —me burlé.

—¡Pues sí! —Me puso la punta del dedo índice en la cara—. A ti contra la de los túneles. Y con respecto a ella, hablaré con su jefa. ¡Tu abuela! Te lavaría la boca con jabón si supiera lo que le has dicho a la maestra. Mira que echarle en cara lo de Lúdric…

—Bueno, ella estaba echándome en cara que yo hubiera sido un asesino, y tanto llamarme asesino, cuando tenían delante al matagente número uno del vertedero de Derian.

—Leyla te matará cuando se entere.

—Me da igual Leyla.

Cogió aire y lo soltó despacio, varias veces, poniendo las palmas de las manos hacia abajo y hacia arriba, como si siguiera el ritmo del diafragma.

Luego echó a andar a toda prisa. Los bajos de su levita gris, que olía a recién sacada de su casa de Ardacia, se agitaron.

Los mechones pelirrojos le bailaban también, de tan apurado como caminaba.

—¿Qué hay para desayunar? —le grité.

—Comida.

—¿Tienes más de esa panceta?

Alzó la mano y me enseñó el dedo corazón. Me reí con ganas.

No hubo más incidentes ese día, ni tampoco en los posteriores, aunque el bardo, cada vez que veía a Iliana cerca, trataba de esconderme en alguna parte: detrás de unas cajas, detrás de unos tablones, tras una cortina…

Bufaba y me resistía, porque no tenía intención de esconderme de ella.

A Panceta, aquello le resultaba tan gracioso, que reía con ganas y se iba tras la maestra de los exploradores, imitando sus andares.

Mientras esperábamos a que Leyla regresase, Háchpirey revisó sus Crónicas de Luara .

En ellas no halló más que unos cuantos casos históricos de usurpadores, los más comunes, aquellos que querían ocupar tronos que no les correspondían, pero ninguno que pudiera relacionarse con la cuestión que nos preocupaba.

Tampoco de El Susurrador, del que solo sabíamos por Verne. Le escribió, pero él no pudo darnos más información de la que ya nos había dado tiempo atrás. Y entre eso, las clases de música y los asuntos de contabilidad, estuvo más que ocupado .

Medora estuvo centrada en sus clases la mayor parte del tiempo, en un estado de paz casi inalterable, salvo cuando le invadía los pensamientos el asunto sobre el abismo que había en los túneles.

Entonces, entraba en pánico. Un día, cuando íbamos a reunirnos con Háchpirey a la hora de la comida, me dijo:

—Tengo miedo a las alturas, ya lo sabes. ¿Cómo voy a ir a esos túneles si hay abismos tan profundos como esos?

Panceta iba a nuestro lado, sin perder puntada de los knegaritas. Sobre todo de esos que llevaban una cesta acomodada en el brazo repleta de bollos. Con su cara de pena consiguió uno. Mientras se lo zampaba, regresó con nosotros.

—Conjuritos, ¿de verdad pensabas que las entrañas de la tierra iban a ser lisitas como mantequilla bien untada?

—Pues no, pero tampoco con esas cosas horribles. —Hizo un puchero—. ¿Cómo vamos a cruzar al otro lado?

Le di un golpecito en la frente en el dedo índice.

—Piensa con esa cabeza de lameazufres que tienes. Eres nuestra única esperanza.

—Yo pienso, yo pienso. —Se frotó las sienes—. Pero es que no me puedo sacar un puente de debajo de la túnica, ¡¿sabes?!

—Eso sería digno de ver —dije entre risas—. Sea lo que sea lo que hagas al final, procura no llamar la atención de nadie. Que no llegue a oídos de los de Téramo. No es que le tenga miedo a esa panda de escupehechizos, pero no quiero que te metas en problemas de los que tenga que sacarte.

Puso los brazos en jarras.

—Eres tú el que siempre está metiéndose en problemas, Espadita —soltó muy redicha—. Y con respecto a Téramo… —Llevó los dedos a los labios e hizo una pedorreta.

Negué con la cabeza mientras me reía de nuevo.

—Hazme caso, ¿vale?

—Vaaale —resopló—. He encontrado un lugar tranquilo donde practicar mi magia.

Ni molesto a nadie ni nadie me molesta. Por la zona hay, además, hierbas y raíces bastante útiles.

Aunque necesitaré mucho más para poder hacer algo con lo que cruzar ese abismo.

¿Sabes dónde podría conseguir algunos artilugios…

—miró a un lado y a otro con aire enigmático— mágicos?

—Sí, claro, todos los que uso los compro en la tienda de Hechicitos el Maguito.

—No te burles, te estoy preguntando en serio. Sé que el bardo te ha conseguido panceta y un equipo nuevo.

—No es lo mismo la panceta, armas y unas piezas de armadura que unos cacharros mágicos.

—Teniendo en cuenta que estamos en Knegara, lo de la panceta es todavía más difícil.

—Eso es verdad. Pregúntale al bardo, él sabe dónde está todo en esta ciudad; si no, sabe dónde conseguirlo.

Respondió con un grito entusiasmado y se fue dando palmadas.

El bardo se las ingenió para que le trajesen lo que pedía, aunque fuera de estraperlo, porque, a los pocos días, Medora me buscó para decirme que estaba trabajando en un nuevo invento.

Entretanto, seguí ayudando en la reconstrucción de la ciudad, más concretamente en la de la posada de los padres de Leyla.

Cuando no estaba allí, practicaba con las armas o entrenaba cuanto me daban las fuerzas, que no era tanto como me gustaría dado el desgaste de los trabajos físicos.

Pero quería llegar a los túneles con mis capacidades físicas bien despiertas. Al máximo. Iba a necesitarlas.

Aunque la herida de la mano ya había sanado, quedaba la cicatriz como testigo de la jugarreta de Azskar. Como aviso de que volvería a intentarlo.

Estaba enfangado poniendo los ladrillos de la chimenea, junto a Senris, cuando Medora vino a vernos acompañada de Panceta.

El perro había cogido la costumbre de ir al bosque con ella, mientras la maga practicaba sus hechizos, y se habían hecho buenos amigos.

Conjuritos lo dejaba perseguir tantas mariposas como quisiera.

—¡Málakor! —dijo animada—. Qué estupendo está quedando.

Al tiempo en que Panceta olisqueaba todo, ella paseó la mirada por el lugar. Aún había solo paredes, suelo y techo en bruto, pero al menos ya no era ese amasijo carbonizado que fue unos días antes.

—Sí. Tenemos bastantes manos. Todos piensan que si la posada es una de las cosas que se arregla antes, levantará los ánimos, porque la gente tendrá un lugar donde tomar una buena cena bajo un confortable techo.