CAPÍTULO 36
De un mar de posibilidades
E n cuanto regresé a Knegara, saqué al bardo de la cama para contarle lo que había sabido, porque, obviamente, no podía irme a dormir con ese terrible runrún en la cabeza.
—Escribe a Penny ahora mismo. Y nos vamos a Terhacress de inmediato. ¡Hay que avisar a Medora!
—Medora está de verbena —susurré, mirando a un lado y a otro. Estábamos fuera de la gran tienda donde dormíamos—. Y baja la voz, despertarás a todo el mundo. ¿Por qué quieres que vayamos a Terhacress? ¿Te han dado ganas de fumar hierba?
Se cruzó la bata sobre el pecho, con gesto indignado. Llevaba uno de sus estudiados pijamas, de color rojo, con un gorrito con borla a juego.
—No —contestó bajito—. Es por lo que has dicho. Por ese lagarto. Hay una especie parecida en Terhacress, cerca de las dunas, en un lugar de hermosura sin parangón.
—Mira que te gusta esa palabra, eh.
Él siguió a lo suyo.
—De la misma arena surgen grandes bocas de agua hirviendo que se expanden en nubes de vapor. —Hizo aspavientos con las manos; la borla del gorrito se agitó—. ¡Pum!
Me froté la frente. Estaba agotado a todos los niveles, y la energía del bardo me estaba abrumando.
—¿Cómo de parecido es ese lagarto de Terhacress? —dije armándome de paciencia.
—Gris oscuro, con la panza naranja.
—No es que yo sea un experto en colores, pero ¿acaso el naranja es igual que el rojo?
—Los dos son colores cálidos.
—¡¿Es el mismo color?! —Alcé un poco la voz de pura irritación.
Hach apretó los labios y negó con la cabeza.
—Pues no hay más que hablar —zanjé—. Ese lagarto no existe en Luara. Es una cosa extraña de ese sitio en el que vive la pelirroja. Yo te tengo a ti y ella tiene lagartos raros.
El bardo sacó el aire de la boca con los labios semicerrados, lo que provocó un ruido bastante gracioso. Ojalá hubiera estado con ánimo de reírme.
—Deja que al menos envíe una carta a algún experto en la materia de la Universidad de Ardacia.
—Sí, escríbele a uno de tus colegas sabelotodo, a ver si solucionamos algo. —Volví a frotarme la frente, humedecida por un sudor frío.
—¿Qué te pasa, Málakor? —preguntó Hach con cariño.
—Que estoy harto, bardo. Tengo la impresión de que no iremos nunca a los malditos túneles. De que estoy otra vez dando vueltas para no llegar a ninguna parte. Entrar en los túneles era una prioridad, pero seguimos aquí, en Knegara, dándole cada vez más ventaja a los que están allí dentro.
—Tú no quieres marcharte sin Leyla y ella no está en condiciones de hacerlo.
—No me hables de Leyla, que me voy a poner a romper cosas.
—Eso sería muy irresponsable emocionalmente por tu parte.
Lo miré como no se debe mirar nunca a un amigo: con la palabra muerte en las pupilas.
—Vamos, Málakor, cálmate. —Me echó el brazo por encima de los hombros y me empujó a caminar un poco—. Tenemos que afrontar las cosas como vienen. Y esta nos ha venido…
—Jodidamente torcida.
—Dicho de alguna manera, sí. ¿Quieres entrar en los túneles sin una red de seguridad?, ¿eh? ¿Quieres que uno de esos elfos nos pinche y nos deje tiesos como la mojama?
—No hables de mojama, que tengo hambre.
Mi estómago rugió para darme la razón.
—¡¿Y de qué te hablo entonces?! —Más tranquilo, mientras yo lo miraba ceñudo, agregó—: Además, tú mismo dijiste que solo íbamos a echar un vistazo, eso no se me olvida.
Sin embargo, ya tienes la mente puesta en llegar incluso más allá de los túneles.
Y es algo con lo que estoy absolutamente de acuerdo, no le diría jamás que no a una buena aventura, pero tendremos que tomar ciertas precauciones, ¿no?
—Mira, Háchpirey… —me rasqué la mejilla—, soy el primero que ha pensado que teníamos que buscar el antídoto, que escribir a Penélope y mil cosas, pero, por todos los dioses, tengo la impresión de que no saldremos nunca de este sitio.
He convivido con el Loto Negro muchos años y siempre he pensado que no tenía antídoto.
He estado cerca de la muerte, sin más, y no me ha rozado. Ni siquiera con la punta de los dedos.
—Quizá sí te ha rozado, pero… —Algo grande le pasó por la cabeza, porque le costó verbalizarlo—. Recuerdo que cuando Derian te hirió en Ledaria, su arma estaba impregnada de la Raíz de la…
—Anhídora.
—¡Exacto! —Chasqueó los dedos en el aire—. Dijiste que no te había matado porque habías desarrollado la inmunidad. Que te habían obligado a tomar el veneno desde niño. ¿Hacían eso mismo con todos los venenos?
—No con todos. Los asesinos de la élite usaban algunos para quitarse de en medio si la cosa se ponía fea.
Como la noche en la que Leyla me salvó, en Ardacia.
Y esos estaban reservados a ellos. E imagino que, en el caso del Loto Negro, también será así.
O quizá ninguno de nosotros esté inmunizado. Era una gran baza en manos de Derian.
—Entonces solo es una posibilidad de tantas.
Torcí el morro. Una posibilidad de tantas. Una entre mil. O entre un millón.
—Lo único que sé, y recordarás lo que hicieron con Leyla, es que ese veneno no es letal en pequeñas cantidades, pero excedida cierta dosis… mata en un pestañeo. —Resoplé largamente—. ¿Qué hacemos, Háchpirey? La exploradora tardará en regresar unos días, supongo.
—No nos iremos sin ella. No vamos a hacerle eso. La esperaremos, y mientras escribiremos a Penny y a mi colega de la universidad. Rezaremos para que las respuestas lleguen pronto, ¿vale? —Palmeó mi espalda con suavidad—. Vamos a dormir. Mañana será otro día.
—No creo que pueda dormir. La pelirroja conoce a los asesinos.
—Eso me lo he imaginado cuando me has contado lo que te ha dicho, siendo que es probable que Derian obtuviera el Loto Negro de las tierras que ella habita, por mediación de los elfos oscuros.
—Si ya sé que eres muy listo, pero no lo digo por eso. Lo digo porque tendré que hablarle de que fui uno de ellos. Cuando lo sepa, probablemente, no querrá hablarme más.
—Ay, querido amigo —me dijo con suma ternura—, no pongas la venda antes de hacerte la herida. En vez de pensar en el factor catastrofista de ese dato, piensa en que eso significa que habrá alguna manera de llegar a ella.
Aquello rebajó un poco el pesar que me angustiaba.
—Gracias, Hach.
—A su servicio, Su Alteza.
—Si me vuelves a llamar eso, te pongo el laúd por sombrero, bien encajado en la cabeza.
Se rio por lo bajo y me acompañó a la cama. Ya en el lecho, antes de cerrar los ojos, solté un suspiro a la noche a la par que un pensamiento me hacía sonreír.
Había manera de llegar a Hérenthor y los asesinos la conocían. Ahora solo necesitaba a un asesino al que sacarle la información amablemente. Y, con amablemente, ya sabéis a qué me refiero, que me conocéis de sobra.