CAPÍTULO 35 #3
—Es bonito… a su manera —añadió ella—. Otra vez te has quedado con esa mirada perdida. ¿En qué piensas?
Centré la atención en ella, que me miraba con preocupación.
—En que no sé dónde viven esos malditos lagartos aquí. Si es que viven. No sé mucho de bichos, pero, por ejemplo, en Paltia hay animales que en Knegara no, como los ciervos de las nieves.
—Sí, hay animales autóctonos.
—Eso. Y dado que los elfos conocen el Loto Negro, y que son probablemente los que se lo dieron a los asesinos, estaríamos arriesgando mucho yendo a esos túneles sin antídoto. Es letal en la dosis adecuada .
—No creo que estuvieras pensando en eso, pero bueno —se encogió de hombros—, también es una cuestión útil. Los Lotorrim viven en la oscuridad de las cavernas, cerca de fuentes de calor naturales y extremas. Depósitos de lava, géiseres, por ejemplo.
—¿Y no les sirve una buena chimenea? Eso lo encontraría fácilmente.
—No. —Rio—. No les sirve. Las temperaturas que buscan son difícilmente soportables para nosotros.
No obstante, en primavera salen a la superficie a desovar, porque sus crías, fuera del vientre, no son inmunes al calor hasta que no cumplen unos días.
Y, antes de que preguntes, son de un rojo brillante y los depositan en los arenales más próximos a esas fuentes de calor, aunque lo suficientemente lejos como para que no les afecte.
Me rasqué el cogote. Me sentía como en una de esas historias del bardo llenas de detalles que tenía que procesar y guardar en la memoria por si algún día me servían.
La diferencia era que, en esta ocasión, era vital que me acordase de todo.
Los asesinos jugaban a ser dioses con el Loto Negro, porque era el veneno más letal, había oído muchas veces.
Siempre había pensado que no tenía antídoto, hasta lo de Drálagor.
¿Quizá incluso Derian pensó que no lo tenía, hasta que Drálagor supo más de él que ellos mismos?
Me empezaba a doler la cabeza. ¿Existía solo en Hérenthor o cabría la posibilidad de encontrarlo en Luara?
Habría tenido que interrogar al mismísimo Derian para saberlo. O a Azskar. O a… Penny.
Penumbra había estado más cerca de ellos y de sus hondos tejemanejes de lo que yo había estado jamás. Igual que Darcy, ya puestos. Debía preguntarles a ambos, aunque sospechaba que las respuestas me las daría ella. Al menos rezaba a los dioses para que así fuera.
—El último bocado. —Anamkha me tendió la manzana, apenas quedaba pulpa, ya eran visibles las semillas del corazón.
Me lo metí en la boca entero y ella abrió mucho los ojos.
—Ni el Málakor de cuatro patas devora las manzanas así.
—Hay que aprovecharlo todo —dije con la boca llena.
Ella rio un poco más mientras echaba un vistazo al equino, que seguía pastando feliz .
—¿Has oído hablar de la magia de sangre? —le pregunté.
Se puso tan seria de golpe que tragué saliva. A la par, tragué el último trozo de manzana.
—Es una de las más terribles tretas del Ynsheran, Málakor, si me dices que alguien ha conjurado un hechizo en tu contra…
—A medias. Aún no lo ha finalizado.
—Necesitas un Méistari. Con urgencia.
—¿Otra vez con eso? ¡No tenemos de eso aquí!
—Pues necesitas uno.
—¿Por qué son tan importantes?
—Los Méistari son… Su linaje es ancestral.
Ellos comprenden el Ynsheran, lo estudian para perseguirlo.
Conocí a uno hace tiempo. Andric. Era… alguien muy especial.
—Sonrió—. La primera vez que lo vi, me quedé pasmada al ver sus marcas.
Sus tatuajes. Se movían, ¿sabes? Cambiaban de lugar y de forma en función de…
—Sacudió la cabeza esbozando un gesto nostálgico—. Es igual, solo hablo de recuerdos.
—No —dije con apremio—, me interesa. ¿Qué son tatuajes?
—Tinta que penetra con una aguja en la capa superficial de la piel —explicó y, entre risas, añadió—: ¡No pongas esa cara!
Debía de tener la misma que un comehierbas mirando un filete.
—Dejemos el asunto de las agujas tranquilo. ¿Cómo eran esas marcas?
—Una de ellas era como un cielo lleno de estrellas en el que la luna fuese el centro de todo. La luna en todas sus fases. La…
Su voz empezaba a desvanecerse, igual que su imagen, a la par que el sol comenzaba a dormirse entre las sombras del atardecer.
—Tenemos que despedirnos, Anamkha —me apresuré a decir.
Ella asintió aprisa y extendió la mano hacia mí. Pero no llegó a tocarme, pues su imagen se esfumó.
Ya en la costa de Knegara, me pregunté por qué demonios cuando estaba con ella me sentía más en paz que en toda mi vida. A pesar de lo difícil de nuestras conversaciones, de lo fugaz de nuestros encuentros, de las incógnitas. A pesar de que, quizá, jamás la vería en carne y hueso.
Escuché un chapoteo a mi derecha y llevé la mirada hacia el hueco entre las rocas, aún un poco descolocado por aquel viaje extraño entre lugares, espacio o tiempo. Y allí estaba el pulpo, comiéndose un cangrejo; porque un abrazo no le estaba dando.
—Tentáculos, tú no sabrás dónde hay Lotorrims en Luara, ¿no?
—No. No hay Lotorrims en el mar.
El pulpo tenía un acento refinado. Hablaba como si tuviera una patata en la boca. Bueno, más bien un cangrejo.
—Ya sé que los Lotorrim no viven en el mar, pero ¿sabes dónde viven?
—No viven en el mar. Este cangrejo está bien sabroso.
Exquisito, exquisito. Y es un cangrejo solitario, ¿sabes?
, siempre tengo en alta consideración a la comida que ingiero.
Pienso en lo que su pérdida supone. En lo que conlleva para el equilibrio de la naturaleza.
Y para el equilibrio de mi dieta, claro. ¡Ah! ¡Otro sabroso cangrejo a la vista!
Tenía que volver a la ciudad. Si me quedaba allí, hablando con un pulpo, perdería la poca cordura que me quedaba.