Málakor 3 CAPÍTULO 35 #2
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CAPÍTULO 35 #2

Asentí, y Anamkha miró la suya. Pareció que fuera a decirme algo; sin embargo, pegó los labios con fuerza.

Llevé despacio los dedos hacia su colgante y posé las yemas en él.

Al hacerlo, la piedra refulgió liberando un brillo esmeralda y una energía infinita que recorrió mi cuerpo.

Fue tan fuerte que, por un momento, hasta dolió.

Sin embargo, luego se hizo reposada, como si alguien me meciera en sus brazos.

En el rostro de mi amiga hubo mayor sorpresa si cabe.

—¿Lo has sentido? —me preguntó.

—Sí. Lo he sentido.

—Déjame tocar la tuya —dijo ella.

Aparté la mano de su piedra y ella llevó los dedos a la mía. Desprendió una energía fuerte y plateada que nos recorrió a ambos por entero. Y vi tal sonrisa en los labios de Anamkha que supe que estaba sintiendo lo mismo que yo. La paz y la fuerza más infinitas.

—Es increíble. Nunca había sentido esto. —Retiró la mano del colgante y la apoyó en su rodilla—. Come, o tendrás que irte.

Di un bocado a la manzana. Cuando se la devolví, ella tomó otro. Con los mofletes llenos, nos miramos con curiosidad. Había algo en Anamkha que me hacía sentir como si estuviera mirándome a mí mismo. Y eso me intrigaba.

—Los elfos oscuros… —le di pie.

—Sí. ¿Por dónde iba? —Hizo memoria, supongo, porque al momento añadió—: Haciendo un resumen, se corrompieron.

El Odio más absoluto a cuanto los rodeaba anidó en ellos.

Desde entonces, el único pulso que guía sus corazones es convertir cuanto tocan en lo que ellos son.

Si no lo consiguen, lo exterminan sin piedad.

A veces, ni siquiera dan opción a lo primero.

Odian todo lo que no es como ellos. Tanto es así, que en algunos lugares los conocen como Elfos del Odio.

—¿Qué es no ser como ellos? ¿Ser buena gente?

—Aparte. Según las historias de la creación, los dioses dieron forma primero a los humanos.

Entre los humanos hay diferencias físicas, rasgos que cambian, dependiendo del lugar en el que vivan.

Aquí, por ejemplo, los habitantes de Urien tienen la piel más oscura; los norteños, cerca de las Montañas Boreales, como el alabastro.

Pero, en esencia, somos lo mismo. Sin embargo, luego crearon a los elfos.

Y, aunque compartimos algunas características, somos diferentes.

Traté de seguir su explicación, atentamente, como si fuera una de las historias del bardo. Bueno, eso quizá lo ignoraría.

—Los elfos oscuros odian su origen en la Luz, y también a los humanos. Y aún más a los semielfos. Mitad elfos mitad humanos.

—No entiendo eso último. ¿Cómo vas a ser la mitad de una cosa y la mitad de otra? Ni que uno estuviera hecho por partes. Explícamelo, anda, pero para tontos.

—Málakor… —regañó—, no eres tonto. Solo son cosas que no conoces. Te lo explicaré. Tú has sacado rasgos de tu madre y de tu padre, eres una mezcla de ambos, ¿verdad? —Asentí, y ella continuó—: Pues con los semielfos sucede que son una mezcla de elfos y humanos. Tienen cosas de ambos.

—¿Como qué?

—Los elfos tienen orejas picudas; las de los semielfos también lo son, pero menos.

Los semielfos desarrollan su inteligencia a una velocidad mayor, crecen más rápido en sus primeros años de vida; sin embargo, su crecimiento se ralentiza a los veintiún años, cuando pasan el ésdary , cosa a la que algunos no sobreviven.

Aunque no viven tanto como los elfos, también son longevos.

Si no los quiebra la espada o la enfermedad, pueden vivir cientos de años.

Yo había vivido más de doscientos, pero no me acordaba de todos.

—Vivir tantos años, conscientemente, me parece demasiado —comenté—.

La mayoría de la gente que conozco acabaría muriendo, sobre todo si no son tan longevos como yo, y eso podría ser bueno en algunos casos, porque me libraría de bardos, familiares o vecinos molestos, y dramático en otros, porque perdería pronto a amigos que significan mucho para mí.

En sus ojos brilló la congoja de la pérdida. Tragó saliva y llevó la mirada al mar, quizá esquivando la mía.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Sí. —Esbozó una leve sonrisa—. Es que también me parece una vida inconvenientemente larga. Y, volviendo al asunto de los elfos oscuros, insisto en que son muy peligrosos, Málakor, su odio los lleva a cometer horribles atrocidades.

—Pues, para odiar tanto a los humanos, han estado haciendo tratos con los asesinos, que son todos… humanos.

—Sé que no hablas de unos asesinos corrientes —dijo muy seria—. Los elfos oscuros tienen tratos con gentes de fuera que se hacen llamar así. Asesinos. Como si fueran una congregación. Viven en el Odio, como ellos.

—Son un gremio, Anamkha, y… —Me tragué las palabras, porque no era capaz de decirle que estaba ligado a ellos más profundamente de lo que se imaginaba—. Son de este continente. Si ellos han llegado hasta allí, tiene que haber alguna forma de llegar a Hérenthor entonces .

—A veces aparecen, igual que los elfos oscuros, pero siempre tapamos sus malditos agujeros. Que es lo que tenéis que hacer vosotros. Taponad las entrañas de la tierra, aunque tengáis que derrumbar montañas enteras.

No podía asentir, ni prometerle que lo haría. Simplemente, no podía.

—Ya veremos. Dime, no son inmortales ni nada de eso, ¿no?

—No. Mueren igual que nosotros. A punta de flecha o espada. A golpe de magia. Pero son muy fieros y no les importa nada. Se matarían ellos mismos si con eso garantizasen la muerte del otro.

Sentí un profundo escalofrío.

Azskar y sus propósitos retumbaron en mi cabeza.

—¿Qué pasa? —preguntó acercándose un poco más a mí.

—Hay alguien que haría eso mismo con tal de destruirme.

—¿Uno de esos elfos? —Su ceño se contrajo.

—No, pero también vive en el Odio, como ellos.

Volvimos a comer, en silencio. Un bocado pequeño. Necesitábamos alargar la conversación.

—¿Sabes dónde están exactamente? —le pregunté.

—En una ciudad llamada Narqania. En un punto entre un sinfín de túneles oscuros y plagados de peligros.

Darcy había dicho aquel mismo nombre. Quedaba claro que los elfos con los que tenían, o tuvieron, trato los asesinos eran esos mismos.

—Su dirigente se llama Darleoth. Y es uno de los peores seres que ha dado este mundo. —Apretó los dientes, con inquina. A ese elfo parecía tenerlo clavado como una espina en la garganta.

—Lo mataré entonces.

Soltó otra risa muda.

—O te matará él.

—Vaya —silbé—, eso ha dolido, eh. Ten un poco de confianza en mí, pelirroja.

—P-perdona, es que… —Agachó la mirada y la cabeza; los ojos se le velaron por las lágrimas.

—Anamkha —puse los dedos en su barbilla y la levanté despacio hasta que sus ojos encontraron los míos—, sé que temes por mí, pero iré a esos túneles, y si tengo la ocasión de hacerme unas botas con la piel de ese Darleoth, que imagino te ha hecho sufrir, lo haré.

Luego te llevaré su cabeza para que la pongas en tu bonita habitación y veas cómo los gusanos se lo comen lentamente.

Nadie hace daño a la mitad de mi destino sin que yo se lo haga pagar.

—Te puedes ahorrar lo de la cabeza, es asqueroso, pero… —poco a poco, volvió a ella la sonrisa— gracias por lo demás.

—De nada, pelirroja.

Estiró un poco más la sonrisa, se secó las incipientes lágrimas y luego dio un bocado a la manzana. Me la tendió y tomé otro. Volvimos a mirarnos en silencio y con la misma curiosidad de siempre.

Pasados unos instantes, ella dijo:

—Han perfeccionado el conocimiento de los venenos hasta unos límites difícilmente superables. Sus armas están impregnadas de ellos. Si una os hiere, y no tenéis el antídoto, seguramente no duréis mucho. Sobre todo si se trata del Loto Negro.

Todo mi ser se estremeció, pues recordé lo que le habían hecho a Leyla.

Pensé en que su existencia era el mayor secreto de los asesinos, ese por el que se habían arriesgado con Drálagor incluso.

Hasta hacía nada me habría resultado imposible sospechar de dónde lo sacaban, pero entonces tuve casi la certeza de que estaba en manos de los asesinos porque los elfos oscuros se lo habían dado.

Teniendo en cuenta que dejé Ledaria hacía más de tres años, y que entonces ya se hablaba de él, Derian llevaba más tiempo comerciando con ellos de lo que yo pensaba.

—Lo conozco. —Esbocé una sonrisa torcida—. Lo que no sé es de dónde sacarlo. No tengo la más mínima idea. Era el secreto mejor guardado de los asesinos. ¿Lo sabes tú?

—De las profundidades de la tierra. De una planta.

Recordé eso que Darcy había dicho de que conocía el antídoto.

—Sabes si… ¿si tiene antídoto?

—Dos, pero uno de ellos es casi imposible de encontrar .

—¿Y el otro?

—El Loto Rojo. Es otro veneno.

—Un veneno para acabar con otro veneno. —Asentí varias veces—. Y ¿de dónde se extrae?

—Aquí se halla en las regiones de Tormenthor.

Es un lugar inhóspito y sombrío. Hay volcanes que despertaron en él.

Los gases que desprenden intoxican la atmósfera e impiden que nada sano crezca en sus páramos.

Sus tierras hace mucho que no ven el sol, y, si lo hacen, es un sol mortecino y agostado que, más que brillar, perece.

Si uno se aventura a pisarlo es con la certeza en el corazón de que, quizá, no saldrá jamás.

El bardo no lo habría descrito más intensamente.

—Y dentro de ese sitio tan chungo…, ¿dónde está exactamente? ¿Es una plantita que crece, aunque sea en la tierra seca?, no sé.

—El Loto Rojo se extrae de las glándulas de una criatura.

—¿Y por qué narices lo llaman igual? —dije ofuscado—. ¡¿El loto no es esa planta que está en los estanques de los lechuguinos de Ardacia?! Pensé que era una cosa así.

Aquella vez sí se rio. Y a carcajadas. Y su risa me gustó.

—El Loto Negro sí es como dices, pero el nombre de Loto Rojo es el diminuto de Lotorrim Rojo. Un lagarto de piel negra. Tanto que si lo vieras sobre una mancha de brea no lo distinguirías. Pero su vientre es de color rojo. Si se le da la vuelta, parece sangre sobre cenizas.

Sangre sobre cenizas. Rojo sobre negro. El conjuro de Azskar.