CAPÍTULO 35
De los elfos del Odio y pulpos que engullen cangrejos
C uando regresamos a Knegara, el bardo se fue a cumplir con sus deseadas obligaciones y yo seguí echando una mano con el tejado. Pregunté a Senris adónde había ido su hermana y él me contestó, bien tranquilo, que había ido a Izara.
—No ha ido a Izara ni a Kneria, ha ido a Astis —dije seriamente—. Y si sigues engañándome te meteré un enjambre de arañas en la cama esta noche.
Estuvo a punto de caerse de la viga en la que estaba subido.
—La mayoría de las arañas se mueven en solitario, así que un enjambre no es lo más habitual para...
—Me has entendido perfectamente. —Caminé hacia él con la habilidad de un gato por la estrecha viga y me paré a dos pasos—. A qué ha ido tu hermana a Astis.
Senris resopló. El aire también. Corrió una cálida ráfaga entre nosotros.
—A un asunto familiar, Málakor. Cosas de ella y mi madre. Yo qué sé.
Tristemente, me quedaría sin meterle arañas. Sonaba más que sincero.
—¿Y por qué me ha mentido? Me dijo que iba a Kneria.
—Porque está más cerca. Te inquietarías menos que si tuviera que hacer un viaje más largo. No te preocupes tanto por mi hermanita, sabe cuidarse sola. —Me dio con el puño en el hombro, suavemente, sin que peligrase mi equilibrio.
—Está bien. —Tenía que conformarme—. Ya hablaré con ella.
—Sí. Ahora concéntrate, vamos a asegurar esa viga aquí arriba. —Señaló con la cabeza a un grupo de muchachos que la amarraba a una cuerda—. Y no será tarea fácil .
No lo fue. No había sudado tanto en mi vida.
No obstante, luego tuve recompensa. El bardo había hablado días antes con unos comerciantes de Puerto Faer y, además de unas piezas nuevas de armadura, les había encargado panceta para mí.
Venía ahumada, lista para ser consumida.
En cuanto Chucho la olió, se pegó a mí, salivando.
Me senté con él en un lugar apartado para no molestar a ningún knegarita comiendo aquello.
A aquellas alturas, a pesar de mis bromas, comprendía ya lo que el asunto de no comer carne significaba para ellos.
—Panceta… Nunca la he probado.
—Anda, ten, pero come despacio.
Le di la mitad, que él comió con fruición.
Tomé la mía con calma, pensando en mis cosas, viendo a la gente de aquí para allá.
Muchos de ellos en camino hacia las improvisadas tabernas, en busca de comida, un poco de charla y unas jarras de cerveza.
Otros, hacia sus improvisadas casas: tiendas de campaña al amparo de los árboles que habían sobrevivido.
A pesar de todo, el ambiente estaba animado.
Había sabido por los muchachos que esa noche se celebraba en una aldea cercana una fiesta local.
Y un montón de gente la visitaría. Me alegré de que tuvieran algún tipo de entretenimiento.
Chucho se sentó sobre sus patas traseras y me pidió más panceta.
—Es la cosa más rica del mundo. Me gusta tanto que me zamparía ocho pancetas más.
¿Ese perro era yo?
—Estoy de acuerdo.
—Podría ser el rey de la panceta. ¡El adalid de la panceta! ¡El…!
—Vale, vale, para. Ya me he dado por enterado.
Pocas veces en mi vida había renunciado a la comida en pos de nadie, y esa fue una de ellas. Le tendí lo que me quedaba. Él se lo zampó y soltó un ladrido de satisfacción.
—De nada —dije negando con la cabeza.
—Gof.
—¿Qué significa eso? Lo dices a menudo.
—Es una expresión perruna. Sirve para todo. Para sorprenderse, para enfadarse. Esas cosas .
—¿Como «joder»?
—Sí, como eso, pero más elegante. Más de Ardacia y menos de Paltia, mercenario.
—No sabía que a los perros os importase la elegancia.
Se pavoneó de aquí para allá, alzando la cola, con andares de señorito estirado de Ardacia.
—¡Mírame! ¡Soy elegantísimo!
—No tienes remedio —dije entre risas—. ¿Sabes una cosa? Creo que ya tengo un nombre para ti.
Vino corriendo y se plantó delante de mí, con las orejas bien levantadas y los ojillos brillándole.
—¿Y cuál es?
—Panceta.
—¡El mejor nombre del mundo!
Se fue dando saltos, aullando, ladrando de felicidad. Supuse que para contarle a «esos malditos gatos de Knegara» que tenía un nombre nuevo.
—Este perro…
Dejé aquel rincón y busqué a Medora para que me ayudase a contactar con la pelirroja.
Podría haber pasado horas haciéndolo, de no ser porque un knegarita me dijo que se había ido con Senris y otros chicos a la aldea vecina.
No podía quedarme sin hablar con Anamkha ese día, porque las preguntas que tenía que hacerle me tenían intranquilo, así que pensé que podría tratar de conseguirlo por mí mismo.
En Knegara había demasiado bullicio y necesitaba un lugar donde estar a solas.
Le pedí a un mercader que iba hacia la costa que me acercase en su carro.
Fue muy amable, ni siquiera me cobró. Una vez me dejó allí, encontré unas piedras planas al pie de una pequeña playa.
El mar estaba tranquilo y las olas apenas eran significativas.
Me gustaba el ruido que hacían. El olor que desprendían.
Cerca del mar, me sentía en un hogar. Escuché el borboteo del agua al colarse entre las piedras y miré hacia abajo.
Vi a un pequeño pulpo metiéndose en su guarida.
Unos metros más allá, había dos cangrejos.
No sabía si se los comería, pero yo lo habría hecho .
Dejé de observar la vida marina y me fijé en la espuma que dejaban las olas, pensando en si llamar a Anamkha sosteniendo el colgante.
Ella había acudido a mí en momentos difíciles y hasta se me pasó por la cabeza tirarme al agua y fingir que me ahogaba para ver si venía.
Pero luego se reiría de mí. Hasta yo me reiría de mí mismo.
Al final, opté por cerrar los ojos, concentrarme en mi deseo y pronunciar su nombre con la necesidad de hablar con ella haciéndome latir el corazón. Y funcionó.
—¿Málakor? —escuché de golpe.
Sacudí la cabeza y abrí los ojos. Ya no estaba sentado en aquellas piedras planas, sino sobre una grande, al borde de un acantilado, con los pies colgando al vacío.
Ante mí, la extensión de un mar que brillaba en tonos de plata bajo un sol que comenzaba a tenderse en un hermoso atardecer.
Anamkha estaba a mi lado, en igual postura.
—¿Se puede saber qué haces aquí sentada? —Miré bajo mis pies. Había una caída letal de muchos metros y un montón de olas batiendo con furia un sinfín de puntiagudas rocas.
—Espero la llegada de un barco. —Escudriñó el horizonte.
—¿Y tienes que esperarlo sentada al borde de un maldito acantilado?
—Es desde donde se ve mejor. Además, nunca me han dado miedo las alturas. ¿A ti sí?
—No; pero una cosa es que no me den miedo y otra que quiera ver quién de los dos puede más. —Arrastré el culo, pegado al suelo, hasta que mis pies estuvieron sobre la piedra.
Anamkha rio a carcajadas, echando hacia atrás la cabeza.
—Pareces un perro cuando algo se le queda en el trasero —dijo, imitando mi gesto. Llevaba un elegante vestido negro, pero no parecía que le importase estropeárselo.
Reí con ganas también.
—Debe de dar mucho gusto arrastrar el culo por la hierba, ¿no crees?
—Pues no lo he probado nunca, pero a mi caballo también le gusta, así que tan mal no debe estar.
Escuché un relincho a nuestra espalda y giré la cabeza. Un caballo de pelaje azabache, el más bonito que hubiera visto jamás, estaba pastando en el extenso prado que comenzaba más allá de la roca.
—Se llama Málakor —me dijo ella.
—¿Le has puesto a tu caballo mi nombre? —Levanté una ceja.
—Sí. No sabía qué nombre ponerle y ese me gustaba.
—Pues si algún día tengo una yegua, la llamaré como tú.
—Me parece bien —dijo con una amplia sonrisa—. Los caballos son muy queridos para mí.
—Entonces, que le hayas puesto mi nombre es una buena señal.
—Claro que lo es. ¿Tú no eres amigo de ninguno?
Negué con la cabeza. Y pensé en Eydrin. Lo cierto es que el caballo de Anamkha me lo recordaba.
Ella se puso en pie, fue hasta él, le hizo un par de gestos cariñosos, que el equino recibió de buen grado, y cogió dos manzanas de las alforjas.
—Pues deberías serlo. No hay animales más nobles y leales. —Me lanzó una y la cacé al vuelo—. La comeremos mientras hablamos —dijo mientras le daba la otra al caballo—. ¿Qué te pasa esta vez?
Le di un bocado a la manzana, que me supo más jugosa que ninguna otra, y esperé a que Anamkha se sentase a mi lado. Lo hizo ágilmente, encogió las piernas y se rodeó las rodillas con los brazos.
—Necesito que me cuentes lo que sabes de los elfos oscuros. Uno de ellos llegó casi hasta Knegara. El lugar en el que me encuentro ahora.
Anamkha apoyó la barbilla en una de las rodillas y miró al cielo por un instante. Luego clavó los ojos en mí. Me vi reflejado en sus iris castaños como si fueran el más claro de los espejos.
—¿Y has emparedado la salida como te advertí?
—No. Aún no. Todavía tengo que entrar yo.
—Te dije que no lo hicieras.
—Bueno, es que no pienso hacerte caso, señorita que llama a su caballo como yo.
Soltó una risa con los labios cerrados .
—Como quieras. Te contaré lo que sé.
Extendió la mano y le di la manzana. Eligió otro lugar por el que empezar a morderla. Cuando tragó, dijo:
—Cuando lleguemos al centro, sabremos que tenemos que separarnos.
—Me parece bien.
Tras devolverme la manzana, empezó a hablar:
—Son seres corrompidos por las tretas del Ynsheran.
Uno de ellos cayó en las garras de la Oscuridad y arrastró a los demás.
Lo cual es terrible, porque todos creíamos que no podían ser corrompidos.
Fueron creados por Yssal, al amparo de la Luz más pura.
Su sola presencia hiere a las criaturas del Ynsheran. Aunque ya no la de todos, claro.
—Yssal. Nunca he escuchado ese nombre.
—Es la señora de los bosques, protectora de los arqueros y los exploradores.
Mi abuela. No tenía la menor idea de que hubiera creado a esos seres.
—Aquí la llamamos Azani.
—Azani… —murmuró meditabunda, con los ojos en ella—. Así llamaste a tu piedra.
—Mi amiga cree que esta piedra es algo más de lo que todos pensábamos.
—¿Algo más?