Málakor 3 CAPÍTULO 34 #2
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CAPÍTULO 34 #2

—Mucho. Estás allí, parado en medio de la oscuridad, porque ahí abajo todo está terriblemente oscuro, y hacen falta buenas antorchas para ver un ápice, pensando que, si esa roca se desprendiese, se quebrarían tus huesos en esa sima tan profunda, sin posibilidad de salvación.

—Boric torció el gesto, de seguro sintiendo repelús también—.

Tiramos piedras grandes para calcular la profundidad y no escuchamos nada.

—¿Y qué se ve al otro lado del abismo? —quiso saber Hach, que tenía los ojos bien abiertos, ansioso por saber.

—Hay una abertura en la roca y una luminiscencia adherida a las paredes que brilla como si estuviera hecha de estrellas —explicó Boric—. Gracias a ella puede advertirse que hay continuidad en el sendero. Es como si hubiera habido un puente que un gigante hubiera destruido con sus manos.

—Creemos que son hongos parecidos a los que crecen en una montaña de por aquí. Hay una especie de araña que se alimenta de ellos —anotó Melias—. Por eso, su abdomen y sus quelíceros son brillantes.

—Odio las arañas —dijo otro, para después dar un largo trago.

—Cosa absurda siendo de Knegara —se burló el explorador que estaba a su lado.

Su compañero arrugó la nariz y le lanzó una ramita. Se miraron tan bobamente que seguro que andaban liados. El otro se rio, y su risa se mezcló con la pregunta que Háchpirey hizo:

—¿Y hay un tercer camino?

—No —contestó Boric mientras los demás negaban con la cabeza—. Quizá lo hubo, pero no lo hemos encontrado. Los temblores de tierra son constantes y hay muchos derrumbamientos.

—¿Y cómo vamos a continuar entonces? —solté .

—Bueno, lleváis a una maga. Eso facilita las cosas.

—Medora no puede volar —repliqué.

—Tendréis que apañároslas. —Melias se encogió de hombros—. O dar la vuelta… Y entonces no habrá expedición posible, más allá de ir hasta Ardacia y toparos con otro abismo igual, una vez rebasada la zona del faro.

—Los asesinos tendrían modo de salvarlo —dije, crispado.

—Igual tenían otro mago. Nosotros probamos a lanzar cuerdas para asirlas a la pared, pero los ganchos no se clavaban.

La roca es demasiado dura —informó Boric.

Sus compañeros asintieron uno tras otro—.

Supongo que veréis a Iliana antes de partir.

Ella iba a daros esta información. También los mapas que hicimos. Quizá pueda deciros algo más.

—Sí, desde luego —anotó Hach, que tomó un poco de vino—. ¿Os cruzasteis con alguna señal de vida en los túneles, Boric?

—Excrementos y orines. Y algunas cáscaras de nueces y frutas. Los asesinos anduvieron por allí, eso seguro. Y Lúdric también.

—¿Y los elfos? Los elfos oscuros.

Se miraron unos a otros, con gesto temeroso, como si ninguno quisiera hablar. Boric le hizo un gesto a Melias y él dijo:

—Uno de los asesinos que capturamos los llamó así, sí.

Incluso el ledarita, Darcy, le habló de ellos a Iliana.

Pero nunca habíamos visto a ninguno, hasta…

poco antes del incendio. Estaba muy cerca.

A unos cinco kilómetros. Lo seguimos en una carrera frenética.

¡Cómo corría! —Silbó—. Todavía me duelen los músculos de pensarlo.

Fue a tomar la bifurcación que va hacia Ardacia, pero otros compañeros se toparon con él, así que cogió la que conduce al abismo.

Atrapado entre el vacío y nosotros, saltó.

Si su cuerpo dio contra algo allí abajo, no lo oímos. Pero ahí acabó todo.

Estaban demasiado cerca. Anamkha y Darcy me habían advertido sobre ellos. Sobre que eran atroces. Ella incluso había dicho que teníamos que tapiar las entradas a los túneles, porque si llegaban a Luara sería terrible para todos.

—Cuando crucemos esa entrada —la señalé con la cabeza—, tapiadla. Que no entre ni salga siquiera un rayo de luz.

—¿Y si tenéis que salir? —preguntó Boric, contrariado .

—Estableceremos una contraseña.

—¿Y si tenéis que salir con urgencia? —insistió el mismo.

—Entonces no podremos hacerlo. Pero es preferible que nosotros no podamos a que lo hagan ellos. Son muy peligrosos —advertí seriamente—. Conozco a gente que sabe mucho de esos seres. Y no cuentan historias gratas sobre ellos.

Hubo un silencio, cruces de miradas. Al final, Boric asintió.

—Decídselo a Iliana, nosotros lo haremos también.

Hach y yo nos mostramos conformes. Él preguntó:

—¿Hay algo más que nos podáis contar sobre él?

—Ya te he dicho que allí no se ve muy bien, pero sus ropas, aunque negras, me parecieron como las nuestras. Creo que era uno de sus exploradores. Y estaba solo, o al menos no hallamos señales de ningún otro en la parte de los túneles que conocemos.

—Si llegó hasta aquí…, me pregunto de dónde venía. ¿Del otro lado del abismo? Lo habría cruzado de alguna manera entonces —sopesó el bardo—. ¿De Ardacia? Decís que hay otro abismo en la zona del faro. El que habitaban los asesinos.

—Quizá haya otro camino, tampoco hemos tenido tiempo para rastrearlo todo. No obstante, si vais a entrar, y debemos tapiar la entrada, supongo que deberéis encontrarla por vosotros mismos —apreció Melias.

El resto de los exploradores asintió, ya fuera con la cabeza, con algún otro gesto o con un sonido sordo. Luego siguieron comiendo en silencio.

Hach y yo nos miramos. Tuve la impresión de que estaba pensando lo mismo que yo. Íbamos a cruzarnos con esos seres antes de lo que pensábamos. Y no sabía si estábamos preparados para ello. Tenía que saber más de esos elfos oscuros antes de aventurarnos en los túneles.

Estuve con ese pensamiento hasta que nos fuimos, aunque a ratos participaba en las triviales y animadas conversaciones que se dieron.

Tocando el pañuelo de Leyla de vez en cuando, rondándome la idea de que estaba ocultándome algo que bien podría ser un asunto necesariamente secreto o, tal vez, solo deliberadamente por su parte.