Málakor 3 CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

De bifurcaciones, asuntos de muerte y oscuros abismos

P ensé que, antes de dejar la ciudad, preguntaría a alguien sobre dónde estaba la entrada a los túneles, pero, como él iba siempre un paso por delante, había estado ya hablando con Iliana, visto los mapas y hasta memorizado el camino sobre ellos.

Se encontraba a unos kilómetros de Knegara, en lo profundo del bosque, a los pies de un conjunto de peñas.

No es que yo fuera el mejor andando por bosques tan espesos, donde el terreno es desigual y las raíces de los árboles, así como las rocas, entorpecen el paso; sin embargo, avancé, aunque fuera despacio.

Si era hijo del agua también era nieto de los bosques. En algo debía servirme.

—Seguro que Azani me está observando, riéndose por lo bajo cada vez que tropiezo —me quejé—. Tú, por lo contrario, andas demasiado bien por aquí, cantamañanas, como si tu hábitat natural fueran los bosques y no las calles de Ardacia.

—¿Has olvidado lo que te conté? Fui salteador de caminos. Asaltador, como dicen algunos. Aprendí a moverme en los bosques. Y, además, Azani me ha enseñado unas cuantas cosas. Como adivinar la posición del sol aunque lo cubran los árboles.

Miré al cielo. La bóveda de la floresta era tan densa que apenas se veían unas motas de azul. Aunque oír las cosas del bardo no fuera mi pasatiempo favorito, lo que aprendiera de él acerca de eso podría serme de utilidad.

—¿Y cómo se hace?

—Lo primero, por cómo crecen las plantas. —Se detuvo junto a un conjunto de flores blancas—. Como estas, por ejemplo. Se llaman amapolas del amanecer.

—Parecen un poco mustias.

—No es eso, es porque su tallo se yergue conforme pasa el día. Es como las agujas de un reloj. En el punto en el que está, deben de ser las diez .

Eché cuentas. No iba desencaminado.

—Otra cosa muy útil es conocer dónde está el norte. En esta clase de bosques tan densos se sabe por el musgo y las telarañas.

Avanzó hasta un conjunto de rocas, conmigo a la zaga. Un grupo de ellas me pareció una anciana sentada.

—Por lo general, el musgo crece orientado al norte.

O al menos es donde se desarrolla más frondoso.

¿Ves? —Acercó el dedo a un conjunto de musgo—.

Este es brillantemente hermoso. Y las telarañas…

—Caminó hasta un árbol y rebuscó algo en el tronco, rodeándolo—.

Las arañas hacen sus casas en el sur del tronco.

Me acerqué para verlas mejor. Estaban llenas de rocío y en ellas había pequeñas arañas de patas largas, rojas y negras.

Esperando quizá al desayuno. Senris saldría corriendo por más que dijera que ya no le daban miedo.

Para mí, las arañas no suponían un problema.

Eran una cosa muy común en Ledaria, así que estaba acostumbrado a ellas.

También me pregunté qué pasaría si le ponía nombre a alguna de esas. ¿La oiría?

—Te llamaré patilarga —musité.

—¡Apartaos de ahí, me espantáis a los mosquitos!

—Perdón —dije echándome a un lado.

—¿Con quién hablas?

—Pues con quién va a ser, con una maldita araña. Dicho en voz alta suena más ridículo si cabe.

—Ese nuevo don tuyo me proporcionará grandes y divertidos momentos —dijo tras reírse de lo lindo.

—Y a mí un colapso mental —bufé—. Gracias por tu lección de asuntos de la naturaleza, ¿seguimos?

—Seguimos. —Hach se agachó para coger una de esas amapolas y la prendió en su sombrero.

—¡Sí, largaos de una vez!

—Tienes peor humor que yo cuando tengo hambre… —Suspiré, y tiré del bardo para alejarnos de ella.

Unos pasos más adelante, señaló al este y dijo:

—Por cierto, Boric me contó que en aquella dirección no se puede ir a la caída de una noche sin luna, porque uno no vería bien los agujeros del suelo, que son muchos, por lo visto. Uno de sus exploradores desapareció así hace largos años. Un joven, el sobrino de Iliana.

—No sabía que la comehierbas mayor tuviera familia.

—Lo dices como si no fuera merecedora de ningún cariño, familiar o no.

—No, no es por eso. Es que… la imaginaba de esa clase de personas tan centradas en su profesión que no atienden a cuestiones familiares, igual que Derian.

Recordé lo que Leyla me había contado de ambos, y me puse tan nervioso que hasta Hach lo notó.

—¿Qué? —Entrecerró los ojos, mirándome bien atento.

—Leyla me contó algo sobre Iliana y Derian. Algo… complicado.

—Ya puedo imaginármelo, por la cara que estás poniendo. Palas me habló de esa parte de la historia hace años, pero es un secreto bien guardado, así que no se volvió a mencionar. —Me palmeó el hombro—. Y seguirá bien guardado, no te preocupes.

Por la forma en la que clavó la mirada en el suelo, supe que algo callaba. Lo que quiera que fuese, se moría por decírmelo.

—¿Qué? —pregunté yo entonces, inclinándome para poner mi rostro frente al suyo.

—Nada, es igual. Pensaba en ese pobre chico, en el que se perdió. —Me pareció una explicación genuina, así que no insistí—. Cuando lo buscaron, solo encontraron su arco encastrado en la garganta de un agujero que parecía extremadamente profundo.

—Pues ya podría haberse tragado a Derian cuando aún andaba por aquí. Las cosas habrían sido muy diferentes.

—Tal vez no nos conoceríamos.

—Eso habría sido, indudablemente, ¡una alegría!

—Pero si no puedes vivir sin mí.

Me miró con una sonrisa fraternal, a la que correspondí.

Seguimos la marcha mientras él canturreaba alegre y yo no quitaba ojo de la espesura.

Los bosques eran bonitos, sí, pero también vivían en ellos criaturas peligrosas y mucho más grandes que las arañas.

No obstante, a cada rato, pensaba en las veces que Leyla habría recorrido aquel lugar, familiarizándose con cada árbol, cada helecho, raíz y piedra. Y eso me hizo sonreír.

Después de otro trecho a través del mar de árboles, llegamos a la entrada de los túneles.

Habría pasado más que desapercibida de no ser porque la custodiaban dos docenas de exploradores, todos armados con sus arcos y sus espadas.

Vestidos con sus ropajes verdes. Con esa cara de haber estado oliendo cajones apolillados.

Entre ellos, advertí a Boric. Su expresión cambió en cuanto nos reconoció:

—¡Maestro Háchpirey! ¡Málakor!

—Querido Boric —dijo Hach yendo hacia él.

Se dieron un abrazo, como si fueran amigos de toda la vida. Al resto de exploradores les cambió la expresión, ya sonreían. Al menos algunos, otros me miraban con esa cara de «para mí sigues siendo un ledarita». Los ignoré y esperé, pacientemente, a que acabasen los saludos de rigor.

—Leyla no habrá venido por aquí, ¿no? —pregunté después.

—No. —Boric contestó tan rápido, tan seguro, que supe que no mentía. Y tampoco vi atisbo de ocultar algo en la mirada de los demás. Sus auras eran tan limpias que podrían blanquear una camisa.

—¿Para qué iba a venir? —repuso al momento—. No tenemos noticia de que vayáis a partir aún.

Hach salió al paso.

—Es que no la hemos visto y estábamos preocupados por ella.

—Se iba hoy a Astis, con su madre —dijo uno de los exploradores—. Me lo dijo anoche su hermano.

Giré la cabeza hacia él con la rapidez de un gato montés dispuesto a cazar una liebre. Su cara me sonaba. Era otro de los chicos que habían estado conmigo sacando troncos del río. Melias. Boric había dicho que guardaba la entrada con él.

—¿Astis? —dije extrañado—. ¿Dónde está eso?

—Entre Kneria y Ardacia —respondió el mismo.

El bardo me miró preocupado e igual de confuso que yo. Él también sabía qué barco había cogido, y Astis quedaba lejos de Izara. En zonas opuestas de la península de Knegara, literalmente .

—¿Por qué os miráis así? —preguntó Boric.

—Porque la han visto subirse en un barco a Izara —dije.

—Ah, sí. El Correolas. Tiene parada en una aldea costera de por aquí —explicó el hombre—. Y desde allí se puede tomar otro barco a la zona oeste. Si tenían prisa, era más rápido que aguardar al que va a Astis.

—Es un viaje incómodo, la verdad —anotó Melias—. Le pregunté a Senris por qué haría una travesía así en su estado y él me contestó que iba a solucionar un asunto familiar. Aunque supongo que, de paso, verá a los sanadores de allí. Tienen buena reputación.

—No todos —dijo otro explorador, con voz seca—. Algunos intervienen en asuntos divinos más de lo que deberían.

—¿Asuntos divinos? —pregunté con curiosidad.

—Es igual. Debería haber ido a Kneria. Allí no juegan con la muerte.

—Eso son rumores, Melias. Solo rumores —dijo Boric con amabilidad—. Y asuntos con los que nuestra querida Leyla no tiene nada que ver, desde luego.

No estaba entendiendo nada. Sin embargo, Boric zanjó la conversación y nos invitó a sentarnos un rato con ellos y comer algo.

Era su rato de descanso en la mañana. El bardo, muy comprometido con sus amistades, dijo que sí, y ocupamos junto a ellos un lugar en el círculo de troncos tendidos que había alrededor de una fogata.

Algunos exploradores quedaron custodiando la entrada, a la derecha, a apenas cincuenta pasos; el resto se unió a nosotros.

Mientras compartíamos un pellejo con vino, así como pan y queso, Boric le contó a Háchpirey que su primo había sido quien había encontrado la entrada, y que él mismo había formado parte de la pequeña expedición que había recorrido los túneles hasta averiguar que conectaban con Ardacia.

—Hay cincuenta kilómetros hasta la primera bifurcación —contó después de comer un trozo de queso—.

Una vez allí, una de las ramas del camino, la que está a la derecha, parte hacia la zona que conecta con Ardacia, y la otra continúa y esboza un amplio giro a la izquierda.

—Lo ilustró con un gesto de mano—. Recorrimos diez kilómetros de ese camino, pero no pudimos avanzar más.

Hay un abismo de una negrura insondable que corta el sendero.

Un corte en las entrañas de la tierra. Quedas a un lado, después de salir por una abertura, y das con un escarpado y estrecho saliente de roca que pende al vacío.

Por la forma en la que Boric lo dijo, sentí un estremecimiento.

—Da miedo —dijo otro explorador, y todos asintieron.