CAPÍTULO 33
De una mentira
E n los días posteriores, y sin más señales de Azskar, ayudé a Senris, a su padre y a unos amigos de los Aderwyn a colocar un tejado a una casa de dos plantas.
Antes de llegar a Knegara, no tenía la menor idea de carpintería, arquitectura y albañilería; sin embargo, ya podía presumir de ciertos conocimientos al respecto.
No era un experto, pero sabría defenderme.
Estaba subido en la larga viga que soportaría la cumbrera, porque había que asegurar unos tablones con clavos, cuando oí la voz de Leyla. Saludaba a unos y a otros, con especial cariño hacia sus familiares, y parecía de buen humor. Al poco, llamó mi atención:
—Málakor, ¿puedes bajar un momento? Tengo que decirte una cosa.
Era muy temprano y los primeros rayos del sol hacían más brillante el dorado de los cabellos de Leyla. Aunque podría haberme deslumbrado su belleza, lo que llamó mi atención fue que llevaba un macuto colgado al hombro.
—¿Vas a alguna parte?
—Baja, por Azani, no voy a hablarte a voces.
Unos y otros nos miraron con guasa. Sacudí la cabeza, caminé como un gato por la viga hasta el borde lateral del hastial, llegué a la zona más baja y salté. Leyla miró arriba, a donde yo había estado, y volvió la vista a mí, con gesto preocupado.
—Hay al menos tres metros desde ahí.
—¿Has venido para regañarme por dar un saltito de nada?
Entrecerró los ojos.
—¿Y si te rompes un tobillo por una tontería?
—Entonces me quedaré en cama y así vienes a leerme cuentos de knegaritas .
Negó con la cabeza y me recolocó el cuello de la blusa en un gesto cercano. Luego miró a su padre y a su hermano de reojo. Al ver que estaban pendientes de nosotros, apartó la mano.
—¿Te da vergüenza que el arañas y tu padre te vean tocándome? Menos mal que no estaban cuando me plantaste ese beso.
—Calla, Málakor —dijo sonrojándose—. Me voy unos días. A Kneria.
—¿Kneria? ¿Dónde está eso?
—Al sur. En uno de los brazos de la bahía. No está muy lejos.
La noté incluso más seria que de costumbre.
—¿Ha pasado algo? ¿Es una misión? No creo que en tu estado…
—No —cortó—, tienen mejores sanadores y menos heridos a los que tratar. Creo que allí podré recuperarme antes.
—Iré contigo entonces.
—No —dijo apresurada, como si quisiera, a toda costa, que me mantuviese lejos—. Prefiero que te quedes ayudando a los demás. Serás más útil en Knegara que conmigo.
—¿Seguro?
—Seguro. —Llevó la mirada de nuevo hacia su padre y su hermano y les dirigió un saludo con la cabeza—. Si no me voy ya, perderé el barco.
—Te acompaño a puerto.
—No hace falta. Mi madre viene conmigo. Nos vemos pronto. —Fue a darse la vuelta, pero la retuve cogiéndola del brazo. Extrañada, preguntó—: ¿Qué pasa?
—No, qué te pasa a ti. ¿Estás enfadada aún por la discusión que tuvimos sobre tu idea de salir corriendo a los túneles?
—No me pasa nada, Málakor. Solo que los viajes me ponen nerviosa.
—¿A una exploradora? Sí, claro, y yo soy el lameazufres número uno de mi promoción.
—No me conoces lo bastante como para aseverar si los viajes me ponen nerviosa o no, independientemente de que sea una exploradora .
Sonó enfadada. Ya no estaba seria, estaba enfadada.
Tomé aire y dije:
—Ahora que lo recuerdo, cuando fuimos a Ledaria, dijiste que te ponía nerviosa el viaje, perdóname.
Su mirada se perdió en la nada, perdida quizá en los recuerdos de aquel viaje ya tan lejano.
Ese mismo día le había dicho que no podría soportar que nada le sucediese, que ella me importaba, y tras un poco de tregua volvieron las discusiones, y así, siempre.
Una espiral infinita de idas y venidas. Eso éramos, después de todo.
—No importa.
—Sí importa. Estás así… ¿por lo que te dije del beso?
—No es por eso. No eres el centro del universo, Málakor.
Ya me quitaría más tarde el puñal que me había lanzado.
—Pero es por algo.
Tiré de ella y la llevé hasta un pequeño recodo entre dos casas. Estaban reconstruidas parcialmente y los muros ofrecían cierta intimidad.
—Voy a perder el barco.
—Dime qué te pasa, Leyla, y me iré.
—Mira… —Cogió aire, abrumada—. Eres tan pesado que si te dejasen caer desde la luna abrirías un boquete en la tierra. No me pasa nada. Déjame, que mi madre me está esperando.
La solté, a la par que un suspiro, y me froté la frente.
—Está bien. Me preocupas, eso es todo.
—Lo siento —dijo después, mirándome a los ojos—. De verdad que los viajes me ponen nerviosa, aun siendo una exploradora. Lúdric decía exactamente lo mismo que tú. —Fue ella quien suspiró entonces. Profunda y largamente.
—Siento habértelo recordado.
Y también sentía no saber tantas cosas de ella como él.
—No pasa nada. —Sonrió. Por fin una sonrisa amable en aquella mañana extraña. Luego me dio un beso en la mejilla. Furtivo casi. Como si no quisiera y, a la par, no pudiera evitarlo—. Adiós, Málakor .
Sabía que no me había dicho la verdad. Que algo le pasaba más allá de ese viaje. Pero no debía forzarla a decírmelo si no quería o no podía. En asuntos como ese ya tenía experiencia con Azani.
—Adiós, Flechas.
Echó a andar a toda prisa y, a los pocos pasos, se aseguró el macuto al hombro y se puso a correr.
Llevaba anudado un pañuelo al asa, que se desasió un poco, hasta caerse del todo.
Corrí para recogerlo. Cuando lo tuve en la mano, vi que tenía bordadas sus iniciales.
Pensé que quizá lo necesitaría y levanté la mirada: ya no la veía entre la multitud.
En el camino, no dejé de cruzarme con carros y más carros.
Llenos de paja, de barriles, de cestos con comida.
Algún barco debía de haber atracado esa misma mañana con víveres.
Tuve que esquivar unos cuantos en mi carrera.
Cuando llegué al puerto, estaba a rebosar.
Había tres navíos, prestos a zarpar. Busqué a Leyla o a su madre con la mirada; sin embargo, no las encontré en el mar de cabezas.
Tampoco cuando me subí a unas cajas. Al final, me acerqué a uno de los marineros, que amontonaba unas cuerdas, para preguntarle cuál era el barco que partía a Kneria.
—¿A Kneria? El próximo barco a esa ciudad no parte hasta mañana. Esos tres van a Ardacia, a Izara y a Téramo. —Los señaló, de mayor a menor envergadura—. Si quieres un pasaje, tendrás que darte prisa, muchacho.
Ceñudo, me rasqué el cuello. ¿Por qué me había mentido la exploradora?
Él me observó como si quisiera aprenderse de memoria hasta el último de mis lunares.
—¿Tú no eres el amigo de la capitana Aderwyn? —me preguntó, y puso los ojos en mi capa—. Sí, eres tú. El chico de Ledaria.
—Soy su amigo, pero no soy el chico de Ledaria. Ya no.
—Ya, ya lo sé. Es una forma de hablar.
Lo dejé pasar, porque no parecía tener malas intenciones.
—¿La ha visto por aquí?
—Oh, claro que sí. —Al buen hombre, de rostro amable y quemado por el sol, se le iluminó el gesto—. Hace nada. Siempre que la veo, se me encoge el alma. —Su faz se volvió apenada—. Me entristece pensar en su sufrimiento. Lo de Lúdric Éberon nos cogió a todos por sorpresa.
—¿Adónde ha ido?
—Ha subido en aquel barco, el que va a Izara. —Indicó con el índice uno que se alejaba ya de la costa—. Casi lo pierde. Ha saltado a la pasarela en el último minuto. Si tenías algo que decirle, vas a tener que esperar.
Observé el navío, lejos de mi alcance a no ser que me salieran alas para volar o me convirtiera en un delfín, dos cosas altamente improbables. Y digo improbables y no imposibles, porque, con mi vida, nunca se sabe.
—¿Su madre estaba con ella? —Quería saber si me había mentido en eso también.
—Oh, sí, la amable señora Nadina ha llegado antes que ella.
Hemos conversado un poco, porque siempre tomo mi cena en su posada, o lo hacía antes de la catástrofe.
Me ha dicho que estaba muy contenta por el viaje.
—Se agachó para acomodar un montón de cuerdas—.
Aunque la he notado un poco nerviosa, la verdad.
Si mal no recordaba, de alguno de mis viajes como mercenario, Izara estaba al norte de Knegara, pero al sur de la bahía de Téramo. No era muy distinta a otras ciudades de la zona, con muchos árboles, casas de madera y otro montón de exploradores.
—Oye —levantó la cabeza y frunció el ceño—, ¿a qué viene este interrogatorio?
—Es que… tenía algo que darle a Leyla y a su madre.
—Pues ya se lo darás cuando regresen. —Se encogió de hombros—. Tengo cosas que hacer, muchacho.
Me despidió con la mano y siguió a lo suyo.
Apreté el pañuelo entre la mía, disgustado a más no poder.
Leyla me había mentido y no sabía por qué.
Solo esperaba que no hiciera alguna tontería como, no sé, jugar al despiste para irse sola en busca de Lúdric.
Aunque tuviera que emplear a su madre para reforzar su coartada.
Conforme regresaba al núcleo de la ciudad, pensé que quizá eran tonterías mías.
Que igual tenía algo que hacer allí que no podía contarme.
Asuntos del Gremio. Cuestiones familiares.
Nada por lo que tuviera que molestarme. Yo mismo le había guardado secretos sobre mí.
Pero como no podía quitarme de la cabeza la posible idea de un intento de avanzadilla, porque Leyla era así de impulsiva y en asuntos de Lúdric medía aún menos sus acciones, fui a buscar al bardo para hablarle de ello.
—Nos encontramos en una situación de emergencia, Hach —dije, apostado al otro lado de aquella mesa que ocupaba en medio de la plaza.
—Eres un exagerado. —Levantó la mirada de sus papeles—. Serán asuntos familiares. O una misión de la que no puede hablarte. ¿Recuerdas que es la capitana de su Círculo? No creo que haga ninguna estupidez en su estado.
—¿Es que no la conoces?
—Menos que a ti, pero lo bastante como para saber que no hará nada de eso.
—Deja tus papeluchos y vamos a la entrada de los túneles, a comprobar que no ha pasado por allí.
—Papeluchos… —chasqueó la lengua—. Son asuntos importantes y…
Antes de que terminase de hablar, me lo cargué al hombro.
—¡Málakor!, ¡por todos los dioses! ¡No soy un saco de patatas! —gritó mientras todos nos miraban. Algunos con estupor, otros aguantándose la risa.
—Ya me doy cuenta. Los sacos de patatas no gritan. —Eché a andar—. Bardo, no tengo tímpanos de repuesto.
—Bájame.
—No. Necesito que vengas conmigo.
—¡Que me bajes, leñe!
—Está bien —me detuve—, te bajo, pero ¿me acompañarás?
Giró la cabeza para mirarme a la cara.
—No. Es una tonte…
Eché a andar de nuevo.
—¡¡¡Málakooor!!! —Pataleó—. Te juro que pienso cantarte hasta la última canción que me sepa hasta que me sueltes.
—Y empezó a cumplir su amenaza—. La mano de la dama la besa el caballero, porque su amor espera, que sea bien sincero.
Que sea bien sincero y que llegue certero.
Y que llegue certero el beso del caballero…
En otra ocasión me habría molestado más, pero tenía un objetivo y pensaba cumplirlo.
—Tus chantajes de cantamañanas no servirán conmigo. Canta todo el camino si quieres, vamos a la entrada de los túneles.
Resopló vencido, dejándose caer.
—Está bien. Déjame que dé unas órdenes antes de irnos. No puedo abandonar mi puesto así como así, bueno, abandonar… ¡No puedo ser secuestrado de mi puesto!
Me reí mientras lo dejaba en el suelo. Él se estiró las ropas y se recompuso el peinado. Luego dio media vuelta, refunfuñando, y regresó a su puesto. Ordenó sus asuntos mientras lo esperaba impaciente; cogió su sombrero, verde y elegante con una gran pluma, y se plantó delante de mí.
—Ya está. Ya podemos irnos —dijo muy digno, calándoselo.
—Usted primero, señor secretario.
Soltó un bufido y echó a andar.