CAPÍTULO 32 #2
—Prefiero morir aquí que exponerte a un riesgo innecesario. Esperaremos a que mejores. Guarda un poco más tus ganas de matar a Azskar.
—¿Y quién eres tú para decidirlo? —Se puso en pie.
Desde mi perspectiva, y con las sombras de la hoguera en su rostro, imponía. Pero a mí eso de que la exploradora impusiera nunca me había resultado impedimento para ponerle las cosas claras.
—Azskar ha conjurado esa magia en mi contra. —Me levanté también. La hoguera mediaba entre nosotros, impidiéndonos dar un paso hacia el otro—. Seré yo quien decida en qué medida afecta eso a nuestros planes.
Medora y Hach, aún sentados, nos miraban apretando los labios. Incómodos seguro. Con muchas cosas que decir, también. Pero callados, quizá por temor a que alguno le soltase un exabrupto.
—¿Es que no lo entiendes? No podemos quedarnos de brazos cruzados.
—Podemos; no dejaré que camines sin descanso por unos túneles oscuros y de seguro húmedos, expuesta a lo que quiera que haya allí abajo. Así que, la que no lo entiendes, eres tú.
—La misión está por encima de todo.
—Ya estamos con eso… —Apoyé las manos en la cintura, negando con la cabeza—. Mira, puedes sacar tu arco y amenazar co n ensartarme; no vamos a ninguna parte hasta que no estés bien. Y deja de mirarme como si quisieras asesinarme, sabes que me gusta cuando lo haces.
Soltó un gruñido. A Medora se le escapó una risa boba.
—¿Sabéis una cosa? —dijo Hach, alzando otra vez el dedo índice.
—¿Qué? —preguntamos Leyla y yo mirándolo a la par.
—En realidad, quien tiene potestad para decidir cuándo parte esta compañía, soy yo.
El Secretario de Su Majestad Palas de Ardacia, quien financia y auspicia la expedición.
—Se puso en pie y se estiró la levita con brío—.
Y, como su Secretario y máximo representante de esta misión, soy quien decide cuándo nos vamos.
Espero que os quede claro a los dos, jovencitos.
—¿Jovencitos? —Medora pataleó entre carcajadas.
—Con los estudiantes de la universidad me funciona —dijo mi amigo.
—Por una vez estoy de acuerdo con el bardo, y a ti te encanta obedecer las reglas, Flechas, así que… has perdido.
Ella bufó con disgusto mientras se sentaba de una.
—Podríamos irnos mañana —soltó Medora, lo que hizo que la mirásemos todos con sorpresa—. Podría hacer que Leyla mejorase.
—No conjurarás otra vez esa clase de hechizo, Medora. No al menos mientras estemos aquí. —Hach la miró severo—. Puede que seas la Segunda Electa, pero lo que haces sigue estando prohibido y algún día los magos encontrarán algún resquicio legal con el que atarte.
—Los escuperrayos pueden irse a recolectar hierbas a la quinta puñeta y luego metérselas por donde les quepa —dije—. Y, de paso, que cojan setas venenosas y se las coman en tortilla.
—¡Eso! —apoyó Medora.
—Me parece que tengo algo que decir en todo esto, ¿no?
—Leyla carraspeó—. Medora, no dejaré que vuelvas a hacer eso.
En Ardacia, cuando me sanaste, no estaba consciente como para elegir.
Y, aunque te lo agradezco, no permitiré que te expongas más a la censura de Téramo.
—Palmeó el hombro de la maga, con cariño, y nos miró uno a uno, deteniéndose más en mí—. Buenas noches.
Se alejó de la hoguera y nos quedamos en silencio, viéndola marchar.
—Me hace sentir triste la manera en la que Leyla te mira, Málakor —dijo el bardo—. Veo culpa en sus ojos, pero también amor. Y un bardo no se equivoca en asuntos del amor.
—En realidad, no te equivocas nunca —anotó la maga.
El bardo hinchó el pecho como los palomos.
—Te va a explotar la levita —resoplé—. Y tú, Medora, deja de adularlo. Claro que se equivoca. Todos nos equivocamos.
—Unos más que otros —anotó ella.
—Entre nosotros no hay amor, solo problemas.
—Bueno, amores reñidos, amores queridos —dijo Hach.
—Bardos ahogados, bardos callados. ¿Quieres que te lleve a dar un paseo al pozo?
—No está bien amenazar a tus amigos.
—Ni inventarse palabrejas para llevar la razón.
—Esas «palabrejas» son un refrán bien antiguo, parte de la sabiduría popular —refunfuñó el bardo, cruzándose de brazos—, conocimiento del que careces y que fallas estrepitosamente en aprender.
—Es una soberana tontería. —Pegué un soplido que me levantó el flequillo—.
Reñir todo el rato es agotador. Más aún reñir con Leyla, que es más cabezona que una seta de esas que son así grandes y tienen el tallo muy fino.
—Ahuequé las palmas de las manos y las separé exageradamente—.
Esta es la extensión de la cabezonería de Flechas.
—Tú tampoco estás falto de tozudez —dijo Medora—. Y, finge lo que quieras, Leyla me ha dicho que os habéis besado.
—¿Te ha contado también que le he dicho que no volverá a suceder?
Asintió.
—Pues no tengo nada más que añadir al respecto. Y vosotros tampoco.
—Yo solo digo que el miedo a que te pase algo le apaga el brillo de los ojos —anotó el bardo, con pesar—. Ciertamente, pensé que Leyla haría lo que fuera con tal de salir de aquí mañana .
—Yo sabía que no se dejaría —dije—. Con lo recta que es… Y lo que le apaga la mirada es el brillo de la venganza. Cuanto antes salgamos de aquí, antes podrá encontrar a Azskar y matarlo.
—A ella le importa más salvarte a ti que matarlo a él —dijo Medora.
—Estáis muy equivocados. Lo que siente por mí nunca estará por encima de lo que siente por él.
Y, en caso de que le importase más salvarme que matarlo a él, quizá es que no se ha parado a pensar en que matarlo a él nos salva a todos.
A ella. A mí. A vosotros. Y a saber a cuántas más criaturas inocentes.
Azskar debe morir. Va a morir. Lo mataré con mis propias manos.
Medora y Hach se miraron entre ellos, turbados sus semblantes, pero luego asintieron con firmeza.