Málakor 3 CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

De viejas canciones junto al fuego

L a noche cayó helada sobre Knegara. Como si el tiempo se hubiera dado la vuelta y en vez de estar más cerca del verano estuviéramos de nuevo cerca del invierno.

Tras resolver los asuntos veterinarios, cené algo con Senris y los chicos.

Fue un rato animado, pero mi mente estaba en todas partes menos allí.

Con el estómago lleno, y las dudas agujereándome las sienes, me reuní con Medora, Hach y Leyla.

Ocupamos asiento en dos troncos tumbados, dispuestos uno frente al otro, al calor de la lumbre.

—La visita al veterinario me ha costado seis malditas monedas —informé—. Pero al menos no tiene nada grave, solo los dientes muy sucios de tanto zampar. Hay que darle una pasta de raíz durante tres días, que me ha costado otra moneda más. No me sales rentable, eh, Chucho.

—Gof. ¿Y lo simpático que soy? ¿Y lo mucho que alegro tu vida?

Levanté una ceja, soltando un suspiro.

—Yo se la daré —dijo Leyla.

El perro le soltó un ladrido cariñoso; yo, el frasco con la pasta.

Después de obtener de la exploradora los cuidados veterinarios y una buena ración de carantoñas, se fue a suplicar comida a los knegaritas que, como nosotros, compartían un fuego.

Había varios grupos repartidos por la plaza, cada uno a lo suyo.

Calentándose las manos y el ánimo después de un día de duro trabajo.

—He estado dándole clases de flauta a unos niños. —El bardo, con imperiosa necesidad, acercó las manos al fuego—. Tengo los dedos entumecidos. Más vale que se arregle pronto la escuela o vamos a coger todos un catarro.

—¿La que estaba dando clases no era Medora? —pregunté.

—Toda ayuda es bien recibida —dijo él—. Y los niños tienen que estar entretenidos, les hace bien para no pensar en que lo han perdido todo .

La maga asintió.

—Y el maestro Háchpirey lleva muchos años dando clase —anotó—, así que es natural que aquí también lo haga.

—Que no sabe estarse quieto ni dos segundos, vamos —dije.

—Para que te voy a decir que no, si sí. —Se encogió de hombros—. La inactividad agosta el alma. Hay que darle a la cabeza siempre algo que pensar, y al cuerpo, movimiento. —Hizo un bailecito sin levantarse al que Medora se unió—. Eso es —añadió riendo a la par que ella.

—Vaya dos… —suspiré.

—A mí me parecen de lo más encantadores —dijo Leyla.

—A ti te gusta la lechuga, no cuentas.

—¡Oye! —Me regañó entre risas. Más seria, agregó—: ¿Me vas a decir qué has visto hoy en el bosque?

Medora y Hach dejaron de bailar y reír, llamados por el chismorreo.

—¿Ver? ¿Qué ha pasado? —preguntó este último.

Me mordí la mejilla mientras pensaba en cómo decírselo para que esa hoguera no se convirtiera, de repente, en la que fuera a parar la prudencia de Leyla y echase a correr en busca de él.

—En el bosque, vi a Lúdric, pero…

El rostro de la exploradora se crispó.

—¿Cómo que lo has visto? ¿Está aquí? —Apretó los puños y se puso en pie.

Levanté la mano para aclarar el punto más importante de la conversación, abrí la boca también; sin embargo, Leyla no me dejó hablar.

—¡Ese malnacido está aquí! —Sus gritos le provocaron una tos horrible, además de alertar a los knegaritas.

Hach, después de hacerles gestos para indicarles que nada malo sucedía, posó la mano delicadamente sobre el antebrazo de la exploradora.

—Leyla, por favor, tienes que calmarte, tal agitación no es buena para tu salud.

—Si ese traidor está en Knegara, no puedo quedarme de brazos cruzados.

—¡Es que no está en Knegara! —pude decir al fin.

Medora y Hach, que miraban a Leyla, viraron la mirada hacia mí. Ella la clavó en mis ojos con un firme interrogante.

—¿Y cómo lo has visto entonces?

—Magia. Azani me lo ha explicado.

Leyla soltó un gruñido de pura irritación y se sentó de nuevo.

Del rostro no se le fue la crispación ni la impaciencia mientras yo les explicaba lo que había sabido sobre Azskar, del lugar en el que se encontraba y sobre la magia que había conjurado en mi contra.

Quedaron pensativos unos instantes. No me hizo falta saber en qué estaba pensando cada uno.

Medora, en la forma de contrarrestar el hechizo y de protegerme de él; Leyla, en la manera de llegar hasta Lúdric y clavarle una flecha entre ceja y ceja.

El bardo, en lo increíble que era Azani protegiéndome así.

No fallé en los dos primeros, pues aunque el bardo, por lo que dijo después, había pensado en lo que yo creía, también se perdió unos instantes en hacerse la misma pregunta que yo me había hecho horas antes.

—¿Sería capaz de matarse a sí mismo solo por acabar contigo?

—Eso le he preguntado a la diosa. Y me ha dicho que piense en ello, que tendré la respuesta.

El bardo se frotó la barbilla mientras miraba al cielo estrellado. No tardó mucho en decir:

—Es porque él no va a morir. Aunque derrame su sangre y deje su cuerpo, algo más le está esperando después. Por eso es capaz de sacrificarse para matarte. Su sacrificio le traerá algo que anhela.

—¿Crees que ha hecho un pacto con ese Susurrador? —preguntó Medora.

—No lo sé —respondí—, pero es posible. Me habló de otro ser: El Usurpador. ¿Lo conocéis? —Miré a Leyla y a Medora.

—No, aunque obviamente ha usurpado algo —dijo la maga con gesto de guasa.

Me eché a reír.

—Medora, no pienses mucho, no sea que te canses —le dije.

Ella me sacó la lengua .

—Bromeaba, por si no te has dado cuenta. Sinceramente, su nombre no suena bien.

Leyla negó con la cabeza a modo de respuesta.

—¿Por qué les has preguntado a ellas y no a mí? —Hach arrugó la nariz.

—Porque la diosa ha dicho: «Ella te lo dirá».

—No sé quién es ella, pero Azani me ha lanzado un desafío —dijo con gesto… Era una mezcla entre «mira lo guapo que soy» y «mira lo listo que soy», pero sin pedantería—. Averiguaré quién es el Usurpador. —Puso los ojos en Medora—. Hechicera, necesito consultar las Crónicas de Luara .

—Toda tuya. —Colocó la bolsa de Sha en sus manos.

—Gracias, Háchpirey —dije más aliviado. Al bardo se le escapaban pocas cosas, y si estaba en su empeño averiguar más sobre ese asunto, lo haría—. Quizá así sepamos algo de más allá de los túneles. De más allá de las ciudades de roca, del pantano, de un campo de coles o de dónde sea.

—Nos vamos mañana mismo —soltó Leyla.

—No podemos irnos tal y como estás —regañó Hach, a lo que me sumé.

—Y sin ti no vamos a irnos —anotó Medora a toda prisa.

—No podemos estar aquí a expensas de que Lúdric conjure su hechizo de sangre sobre Málakor sin que sepamos cómo acabar con eso, sin conocer siquiera la magnitud de un asunto así. —Miró a la maga con cierta esperanza—. A no ser que digas que tienes idea de cómo funciona eso.

Conjuritos formó un cero con el índice y el pulgar.

—Cero patatero —añadió con cara de circunstancias—. Ni siquiera he escuchado hablar de eso en Téramo. Ni a Verne. Lo único que he oído que tenía que ver con la sangre y la magia era una canción que me cantaba mi padre para calmarme cuando estaba nerviosa.

—¿Una canción? —Al bardo se le pusieron los ojos como dos candiles—. Quizá la conozco.

—Soy muy mala cantando, perdonadme, pero lo intentaré. —Se aclaró la garganta y, con no tan mala voz como decía, entonó una melodía dulce, como la de una nana—: Seis despertarán a los que duermen. Seis con la sangre de seis. Sangre de siete Linajes. Sagrados. Unidos. Seis con la sangre de seis.

El bardo sacó su flauta y tocó suaves notas al ritmo de la canción. De aquí y de allá de la plaza llegaron algunas palmas, silbidos que entonaban también la melodía. Medora les sonrió y siguió cantando:

— Seis para honrar al Bien. Seis para traer la paz. En el viejo mar verde, entre ruina y sombra, seis honrarán la sangre de seis. Y sobre el rubí la verterán. Y… —atascada, torció el gesto.

El bardo separó los labios de la flauta y cantó:

— La sangre sanará la tierra que herida está.

—Eso es. —Medora sonrió mientras lo señalaba—. Así terminaba, ¿la has oído antes?

Hubo aplausos espaciados, hasta que la gente volvió a sus asuntos.

—Llegó a mis oídos hará unos años. —Háchpirey miró pensativo al cielo—.

¡El día en que conocí a Málakor, justamente!

Iba hacia la universidad cuando pasé al lado de un bardo que tocaba su música en la calle, a cambio de las pocas propinas que caían en su sombrero dorado.

Me paré a escucharlo y le dejé dos monedas, tenía una voz excepcional.

Incluso le dije que pasase por la universidad, pero ya nunca más lo vi.

—Se encogió de hombros—. Espero que encontrase su camino, ser músico callejero es muy sacrificado.

—Yo no la había oído nunca, la verdad —anotó Leyla—. ¿Creéis que tiene que ver con la magia de sangre?

—Bueno, ya sabéis que todas las canciones encierran algo importante, pero el tono de esta es esperanzador. De buenos augurios. Dudo que encierre algo tan horrible como lo que Azskar se trae entre manos. No obstante, escribiré un par de cartas. Por si alguien tiene respuestas.

—Sí, anda, escribe a tus amigos tocaflautas, a ver si alguno nos ayuda. ¿Crees que tu magia musical podrá hacer algo?

—Ya me gustaría. He aprendido a hacer algunas cosas, pero ¿magia de sangre? —Negó con la cabeza mientras chasqueaba la lengua—. Primero tendría que saber exactamente cómo funciona. Me temo que eso es algo inalcanzable para mis conocimientos .

—Vaya, bardo…

—Actuales —cortó a toda prisa mi intento de meterme con él—. Mis conocimientos actuales. —Remarcó cada palabra, mientras agitaba el dedo índice.

—Nos vamos mañana mismo —repitió Leyla.

—Eres más terca que… —Brianna. Iba a decir Brianna.

Suspiré profundamente, callándolo. Era lo mejor—.

Leyla, sigues pasando casi todo el día en cama y ahora quieres irte a esos túneles.

No sabemos qué vamos a encontrarnos. Además, ¿es que no te oyes toser?

Tus pulmones aún no están recuperados. Esperaremos a que mejores.

—Quizá nunca lo estén, Málakor. No podemos demorar más el viaje.