Málakor 3 CAPÍTULO 31 #3
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CAPÍTULO 31 #3

—Está bien. Sea lo que sea, lo arreglaré. Ese gusano que ahora se arrastra por Ítaro no va a dominarme con ningún conjuro. Soy más fuerte que él.

Posó un beso en mi mejilla que me infundió mayor ánimo. Luego, volvió a mirarme a los ojos. Su verde me dio la esperanza de que Knegara volvería a ser de igual color.

—Eres más fuerte que él, sí, porque a pesar de que a los dos os ha rodeado la Oscuridad, tú has elegido la Luz. Ya te lo dije un día, en las almenas de Ardacia. Es tu misión traer la luz. La luz de todas las luces, pues eres Luz, igual que lo fue tu madre.

Sonreí, como siempre que ella decía esas cosas. Azani volvió a abrazarme y estuve en sus brazos largo rato. Allí sentía que todas las cosas del mundo a las que tenía que enfrentarme serían tan fáciles como cabría desear.

—¿Mi padre está bien? ¿Le afectó el fuego?

—Se encuentra perfectamente. No obstante, como todas las criaturas mágicas de estos bosques, se ha retirado a un lugar tranquilo, desde el que ayudarlos a sanar. Anda, ve con mi querido Háchpirey —se separó de mí—, tienes cosas que contarle.

Háchpirey. Su amor. El Olvido.

—Abuela… —dije más triste de lo que me habría gustado—, Damien se llevó a mi madre cuando ella lloraba en la tumba de mi padre. ¿Él se encargó de enviarla al Olvido?

Me preparé para un sí, para rugir de pura rabia; sin embargo, la respuesta de Azani me descolocó.

—Las cosas no son siempre lo que parecen.

—Volvió a besarme, aquella vez en la frente, con apremio, como si el tiempo conmigo se le acabase—.

No demores tu partida a los túneles, es vital que emprendas el viaje lo antes posible.

Cuando estés allí, guárdate del Susurrador y del Usurpador, querido nieto, de ellos y de todas sus sombras.

Son heridas infectas y profundas en la piel del mundo; plagas voraces que todo lo consume n

—¿El Usurpador? —Sacudí la cabeza.

—Ella te lo dirá. Adiós, querido nieto. Volveremos a vernos.

Se desvaneció, como siempre, sin darme opción a réplica. De los destellos de su presencia se formó un majestuoso búho. Lo observé hasta que se perdió entre las ramas de los árboles.

—Conozco a muchas «ellas», Azani —me quejé.

Por cada verdad que me revelaba, me daba otros enigmas.

El estómago me rugió con fuerza recordándome que, aunque a veces me pareciera que todo eso era un sueño, estaba vivo.

Que todo era parte de mi realidad. Que tenía un hambre atroz.

A juzgar por cómo escuché rugir el estómago de Chucho, que salió de entre unos arbustos, él también.

Me acerqué hasta llegar a su lado y le di una palmadita en el lomo.

—¿Qué tal tu paseo por el bosque?

—Me he metido sin querer entre unas ortigas mientras perseguía a la mariposa —dijo rascándose tras la oreja—. Pero no ha ido tan mal, casi me como una ardilla.

—Será mejor que no hagas eso aquí en Knegara.

—Sus molestos gatos comen ratones, ¿por qué no iba a comerme yo una ardilla?

—Pues es verdad —me encogí de hombros—, no sé por qué había pensado que hasta los gatos aquí solo comían lechuga.

Chucho rio. Bueno, ladró, pero sonó como una risa, ya me entendéis. Ronca y profunda.

—Si cazo una ardilla, compartiré contigo la mitad.

—Las ardillas están correosas, mi peludo amigo.

—No sabes de lo que hablas —bufó.

—Vámonos, quiero llevarte a un veterinario antes de cenar.

—No estoy de acuerdo.

—Eso no es asunto mío. —Eché a andar.

Aunque soltó un gruñido, me siguió al punto.

—¿Qué te ha pasado en la mano?

—Es una larga historia.

—Me gustan las historias, ¿te recuerdo que me he criado en Ardacia? —Dio saltos a mi alrededor, casi haciéndome tropezar. Agitaba el rabo animadamente, y me dio en las piernas un latigazo—. Si me la cuentas, dejo que me lleves al mataperros.

—¡Estate quieto! Y no es un mataperros.

—Gof, que no. A mi amigo Tuly se lo llevaron al veterinario, y ya no regresó. Al bosque de encinas. Allí era donde estaba el veterinario.

Me paré en seco, con una punzada incómoda en el pecho. A Tuly no se lo habían llevado al veterinario. A Tuly… En fin.

—Este veterinario no es así, Chucho, no te preocupes, ¿vale?

Le sonreí, y él agitó la cabeza.

—Vale. ¿Me cuentas la historia?

—Te la cuento, aunque dime una cosa: ¿cómo te llamas en realidad? Te llamo Chucho, pero tendrías un nombre antes.

—Antes no tenía nombre. Solo era «perro», y siempre me llamaban a gritos. Chucho está bien.

Esa punzada incómoda se volvió dolorosa.

—No, Chucho no está bien. Ya pensaremos uno.

—¡La historia! ¡La historia!

—¿Te crees que soy el bardo? —dije riéndome.

—Ya te gustaría ser el bardo, muchacho. Venga, cuenta, y quiero todos los detalles.

Me reí aún más, sacudiendo la cabeza.

Y así fue cómo acabé hablándole a un perro de asuntos divinos, Azskar e historias de venganza.

Él me escuchó más que entretenido, entusiasmado con los detalles.

Entendí por qué al bardo le gustaba tanto contar historias: tenía su punto de diversión, aunque el público fuera un perro con tendencia a interrumpirme cada dos segundos para preguntarme si había algún gato asesino implicado en el asunto.