Málakor 3 CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

De dudas como abismos

T enía un corte profundo en la palma de la mano izquierda, justo en la que Azskar se había herido.

Y no sabía qué pensar de aquello. Ni qué hacer.

Solo que él había sangrado y yo también.

Que en el momento no había sentido nada, pero que después me llegó aquella sensación de escozor, cuando fui consciente de que estaba sangrando.

Leyla sacó un pañuelo y me rodeó la mano con él. Pronto se empapó de sangre.

—Tiene que verte un médico, Málakor —dijo Leyla.

Supe que era uno de esos momentos en los que no valía la pena discutir con ella.

De camino al hospital, me preguntó varias veces cómo me lo había hecho.

En todas ellas solo pude decirle lo mismo: no lo sabía.

Lo que sospechaba que era… aún no podía creerlo.

Una vez allí, mientras aplicaban unas curas y me vendaban, ella miró su pañuelo, lleno de sangre, durante unos minutos.

Los sanadores lo habían dejado sobre una bandeja.

Sacudió la cabeza, tomó mi espada y la observó con detenimiento, pero estaba perfecta.

Ni un borde afilado ni una grieta. Nada que se hubiera deteriorado lo suficiente como para herirme.

Ya curado, con la mano vendada, me dispuse a dejar el lugar. Leyla tenía que quedarse allí, descansar, pero se resistió a hacerlo. Se excusó diciendo que no podía estar más días tumbada; sin embargo, sentí que no quería dejarme solo. De milagro, logré convencerla.

—¿Por qué te has apartado así cuando nos hemos besado? —dijo cuando ya iba a marcharme—. ¿Qué has visto en el bosque?

—No ha sido por el beso. Es lo único que te puedo decir ahora. —Con todo el dolor de mi corazón, agregué—: Pero no puede volver a suceder, ¿de acuerdo? No nos hace bien a ninguno de los dos. Esta noche, cuando podamos reunirnos con Hach y Medora, te contaré el resto. Duerme un poco, Flechas .

Pensé que me daría mil vueltas hasta que se lo soltase en ese momento; no obstante, terminó por asentir.

Dejé el hospital, en pos de hacer algo que me mantuviera ocupado.

El sol de media tarde bañaba el gris de las casas; las copas verdes de los árboles más lejanos que se habían salvado.

Bandadas de gorriones andaban de aquí para allá, supuse que buscando también restos de sus hogares, como los knegaritas.

Me fui a trabajar junto a Senris y a los muchachos.

Los que recelaban de mi presencia, parecían haberse acostumbrado ya a mí.

Chucho andaba con nosotros. A veces entorpeciendo el trabajo, metiéndose entre los tablones de madera o ladrando a cada rato al ver a alguno de los gatos pasar, pero los muchachos lo dejaban estar allí, pues les caía simpático.

Mientras cargaba troncos, resistiendo el dolor muscular, los pinchazos en el antebrazo izquierdo y la herida de la mano, me libré de mis malos pensamientos.

De esos que me llevaban una y otra vez hacia lo que había pasado con Lúdric; de aquellos en los que parte de la culpa sobre el incendio de Knegara me acuciaba.

—¿Qué te sucede? —me preguntó Senris mientras trasladábamos unas espuertas llenas de pequeños maderos hasta uno de los carros—. Tienes la cabeza en otra.

—Ha pasado una cosa que me está dando qué pensar.

—Mete la cabeza en agua fría —sugirió—. Se llevará tus preocupaciones. Te juro que funciona.

Miré al río. El agua cantaba entre las piedras, y los últimos rayos del día las teñían de oro en algunas partes.

—Te juro que funciona.

—Lo probaré más tarde.

—Muy bien, y si te encuentras incómodo por eso —llevó la mirada a mi mano vendada—, quédate descansando.

El hermano de Leyla me había parecido superficial cuando lo conocí, pero día tras día descubrí en él un fondo lleno de cosas buenas. Aunque seguía siendo un presumido redomado.

—Es… un rasguño. —Tosí. El esfuerzo siempre me recordaba que había tragado humo de más—. Ayudé a cargar unos tablones en la ciudad y me rajé con un clavo.

—Espero que no estuviera oxidado. Las heridas con clavos oxidados tienen mal arreglo. Un tío mío murió por culpa de una .

—Se lo clavó escalando a la ventana de su amante —contó Boric—. Así se enteró su mujer de que le era infiel. ¿Has escalado para colarte a ver a una moza, Málakor?

—Sí, a mi hermana —dijo Senris.

Los knegaritas se echaron a reír.

—Anda, ponte a trabajar —bufé—. Y tú también, Boric.

—Ya lo hago, ¡con más ganas que nadie! —respondió él—. Tengo que dejaros el trabajo hecho. Mañana vuelvo a vestir la capa verde. La jefa me manda de vuelta a mi puesto.

—¿Y cuál es tu puesto? —le pregunté.

—Vigilo la entrada de los túneles. Igual que Melias. —Señaló a otro de los exploradores, tan joven que casi parecía un niño.

Los túneles… Suspiré, preguntándome si algún día llegaríamos a cruzarlos. Lúdric me esperaba más allá de ellos.

Boric y él se pusieron a bromear con algo, pero no les presté demasiada atención, sumido en mis pensamientos, aunque sin dejar de trabajar.

Entrada la tarde, nos dispusimos a asearnos al río.

Chucho saltó como un loco por el agua y las piedras, hasta que, después de salpicarnos a todos, se perdió entre los árboles persiguiendo una mariposa.

Con el sonido de fondo del chapoteo, las risas y las conversaciones, y después de quitarme la venda de la herida para no empaparla, metí un rato la cabeza bajo el agua, como me había dicho el hermano de Leyla.

Sentí alivio; paz incluso. Deseé quedarme allí el resto del día.

Sin embargo, los exploradores terminaron su baño y me instaron a acabar el mío.

—Es pronto aún —me quejé.

—Va a caer la noche, Málakor, uno no debe estar en este río más allá del anochecer —señaló Boric.

—Seguro que me irás a contar que vive en él una aterradora criatura que devora a quienes se bañan de noche —dije, y di unas brazadas—. En Paltia hay muchas leyendas así, y jamás nos pasó nada. Incluso nos bañábamos de madrugada.

Los exploradores se miraron unos a otros. Melias, que llevaba una canasta y recolectaba las prendas sucias, dijo:

—Esto no es Paltia, es Knegara, y sus bosques encierran más magia que los de ningún otro lugar .

Me acordé del asunto de las piedras, de Sionnach y de todo lo demás. Tenía que hacerles caso, quisiera o no.

—Está bien, saldré antes de que anochezca. Id tranquilos, quiero estar un rato a solas.

Asintieron, y Melias señaló un montón de ropa limpia y doblada sobre una piedra, para que me cambiase después.

Les di las gracias y, al poco, obtuve la soledad deseada.

Nadé un buen rato, me dejé mecer por las aguas, contemplé el cielo mientras flotaba como una hoja, sintiéndome mejor que en mucho tiempo.

No obstante, la luz menguó anunciando la caída de la noche.

Empezó a correr un aire frío que rizó el agua y la volvió helada.

Pensé en una buena cena al calor del fuego, en las advertencias de los exploradores, y salí del río.

Ya en la orilla, con ropa limpia puesta y la herida bien vendada de nuevo, noté que algo se movía entre los árboles, a mi espalda.

Con todos los sentidos alerta, me di la vuelta.

El bosque estaba extrañamente silencioso, y ya no me preocupaba tanto alguna criatura, pensaba más bien en Azskar.

Una parte de mí, de hecho, esperaba ansiosa que fuera él para zanjar cuentas.

Más allá, la maraña de árboles estaba sumida en la penumbra.

Una rama crujió, algo más lo hizo. Un silbido resonó entre unos arbustos.

Un búho ululó en las cercanías. Todas las sombras me parecieron una amenaza.

Tratando de racionalizar aquello, pensé en qué quizá sería Chucho.

Pero entonces recorrió la espesura un susurro casi fantasmal, que se extendió hasta el río.

Miré hacia el agua: estaba inquietantemente tranquila.

Me incliné para coger la espada, sin quitar la vista del río.

Escuché entonces otro crujido a mi espalda.

La empuñé y me giré de una, esperando espectral aparición o criatura misteriosa; sin embargo, fue Azani quien surgió de entre los árboles.

—Menos mal que eres tú, abuela… —Suspiré aliviado—. Pensaba que iba a tener que matar a alguna criatura extraña knegarita con cuerpo verde, cabeza de lechuga y muchos ojos.

—Te he notado asustado, sí.

Entrecerré los ojos, adivinando lo que había pasado.

—Ah, ¿que ha sido cosa tuya? ¡Qué graciosa! —gruñí.

—Ya te han dicho los exploradores que no te quedases aquí hasta la caída de la noche, solo quería darte una lección—dijo con una mirada guasona—.

Tienes que hacer caso a lo que te digan las gentes que habitan en los lugares a los que vayas, Málakor.

Verdaderamente, en este río hay criaturas que podrían darte un buen disgusto; que salen de sus profundidades cuando la oscuridad las domina.

—Está bien, lección aprendida. —Envainé el arma—. Ya que estás aquí, y que te has burlado de tu amado nieto, aprovecharé para sacar tajada y preguntarte qué ha pasado antes con Azskar.

La diosa esquivó mi mirada interrogante.

—Ah, no. Vas a hablar. Vas a decirme qué significa esto. —Fui hacia ella y le mostré la mano vendada—. Vas a explicarme por qué Azskar se ha cortado la mano, y la mía ha sangrado también.

Negó con la cabeza, lo que alteró mis nervios más si cabe.

—¡Dímelo! —grité.

Ella plegó los párpados, asustada por mi exabrupto.

—Es que no puedo, sabes que no. —Abrió los ojos, y vi en ellos el dolor de cien eras—. Ya he intervenido bastante.

—Estoy cansado, Azani. Cansado de que todo contigo sea a veces sí, a veces no.

De que a veces parezca que te dan igual las normas y otras las sigas a rajatabla.

Muy cansado. O me dices qué está pasando o te juro que voy a perder la maldita cabeza.

—Le di la espalda y me alejé unos pasos.

Me di cuenta de que había sido demasiado brusco, de que mi irritación o mis ansias por saber no justificaban aquella forma de tratarla—. Lo siento.

—No pasa nada. Entiendo tu frustración.

—Pues si la entiendes, ayúdame.