CAPÍTULO 30
De rojo sobre negro
C uando giré la esquina, la vi parada en medio de una calle estrecha, en la que los esqueletos de las casas calcinadas quedaban a un lado y a otro, vacíos, oscuros.
El ánimo me cambió de golpe. De aquella zona habían sacado un sinfín de cadáveres.
Recordaba las hileras de cuerpos que la gente iba cubriendo con sábanas blancas manchadas de hollín.
Sentí un escalofrío. Leyla, como si lo sintiera también, miró a un lado y a otro.
—Mejor vamos por otro lado. —Me cogió del brazo y tiró de mí, haciendo que nos metiésemos por una callejuela adyacente, en igual estado—. Esta calle me trae malos recuerdos.
Pero no podía ser por lo mismo que para mí. Ella no lo había visto. Estaba en el hospital cuando sacaron todos los cuerpos.
—¿Por qué?
—Lúdric.
Miré alrededor, alerta. Aunque por un instante pensé que lo había visto, comprendí que algo había sucedido en esa calle con él. Creí que Leyla no diría nada más; sin embargo, tras caminar un poco, lo hizo.
—Al final de esa calle hay una plaza que, en primavera, se llena de jazmines.
Algunos son casi árboles. Crecen fuertes, trepan por la madera de las casas y, cuando florecen, las vuelven blancas como montañas nevadas.
Lúdric sabe que el invierno es mi estación favorita, que me gustan los bosques cuajados de nieve.
Sentí una punzada en el pecho. Él la conocía mejor que yo. A pesar de todo, ese villano sabía cosas de ella de las que yo no tenía ni la menor idea.
—Así que, cuando llegaba la primavera, me traía a esa plaza que parecía pintada de invierno, y me decía que lo había traído para mí.
—Su voz se ahogó en pesar—. Que me traería cualquier cosa que le pidiese.
Que, si en primavera quería el invierno, me bajaría la nieve de las cumbres; que si en verano quería otoño, teñiría con sus manos los árboles de color naranja.
Él me prometió tantas cosas, Málakor… —musitó, y detuvo sus pasos.
Clavó la mirada en el suelo oscuro, tan carente de expresión y vida como los ojos de ella en aquel momento.
Cuanto más la miraba yo, cuanto más veía ese dolor, más me ardía en las venas una rabia insondable.
Si era profundo su dolor, igual de profunda era mi rabia.
Y el dolor y la rabia son dos fuegos que se propagan ferozmente por el alma.
Sabía, con toda la seguridad que cabe en un pensamiento, que no se apagarían hasta que no acabásemos con ese canalla.
—Leyla… —Posé la mano sobre su hombro y lo apreté con suavidad.
No levantó la mirada. Pensé que jamás podría hacerlo. Que el dolor la paralizaría para siempre. No supe qué decirle. A menudo no tenía ni idea.
Parecíamos dos fantasmas condenados al silencio, parados en medio de un cementerio de madera quemada. El viento movió las cenizas y las hojas muertas, que rodaron calle abajo. Las seguí con la mirada, y entonces lo vi. Al fondo, entre los árboles negros. Un retoño verde que había quedado a salvo.
Cogí de la mano a Leyla y tiré de ella hasta llevarla al retoño. Una vez allí, la cara le cambió. Se arrodilló junto a él y acarició sus pequeñas hojas.
—Es de roble —dijo emocionada. Ahuecó las palmas de las manos y lo acunó en ellas.
—Ha sobrevivido al incendio, Leyla. —Me arrodillé a su lado.
Ella me miró al momento. Fue hermoso ver sus ojos más alegres—.
Y tú también sobrevivirás al incendio que Lúdric dejó tras de sí.
Ahora solo ves el bosque quemado, el suelo negro, los montones de cenizas.
Los esqueletos de los árboles calcinados.
Pero algún día verás en ti un retoño de roble, el bosque reverdecerá y estaré a tu lado para verlo.
Ya te lo dije, pase lo que pase entre nosotros, seré la llama de la vela.
Bueno… —me salió una risa nerviosa—, igual ahora eso suena muy desafortunado, pero… ya me entiendes.
Ella esbozó una cálida sonrisa. En sus ojos vi una chispa diferente a todo lo demás.
Sin mediar palabra, de un solo y rápido gesto, me agarró el rostro entre las manos y juntó sus labios con los míos.
La sorpresa me dejó ojiplático. Y el ímpetu con el que se echó sobre mí movió mi cuerpo un poco hacia atrás.
Tuve que apoyar la palma de las manos en el suelo.
Sin embargo, aunque el impulso fue fuerte, el beso fue suave.
Fácil. Como si sus labios, cálidos, fueran mantequilla a buena temperatura, y los míos, pan. Y fue correspondido.
Me entregué a ese beso y la tomé por la cintura para atraerla suavemente.
Era muy diferente a los que nos habíamos dado.
No había necesidad imperiosa, no había urgencia.
Solo… No supe lo que era, pero aunque me estaba gustando, me sentí extraño, pues me había convencido de que ya no habría nada más de eso entre nosotros.
Estaba seguro de que era lo mejor. Además, ella había estado hablando de Lúdric segundos atrás.
Yo había sido consciente de lo mucho que habían compartido y de lo mucho que la conocía.
Y eso estaba muy lejos de lo que era mi relación con ella.
Tan llena de idas y venidas. De prejuicios.
De ausencias y rencores. De distancia. De cobardía.
Solo éramos dos hojas mecidas por el viento que a veces se juntaban y a veces se separaban, que iban juntas en tanto que el viento les era favorable, pero que terminaban en lugares opuestos cuando el viento arreciaba o cambiaba de dirección.
Lúdric y ella se habían unido, me parecía, de una forma más fácil.
Caminando siempre en el mismo sentido. Si él no hubiera sido el traidor que resultó ser, serían sus labios los que estarían en los de ella en ese momento.
Y, aunque ya no lo estuvieran, él seguía siendo la sombra perenne de los árboles muertos del bosque de los recuerdos de Leyla.
Aquel pensamiento fue mi peor enemigo.
Abrí los ojos. Los había cerrado entregado a aquel beso. A las caricias de la exploradora en mi cuello, en mi mentón, en mi espalda. A mis caricias en su piel. Había aferrado sus muslos y la había sentado sobre mí. En medio de los restos del incendio, estábamos a punto de prenderlo todo otra vez.
Al abrir los ojos, vi a Lúdric entre los árboles muertos.
Sus ropajes eran negros y rojos, elegantes. Una luz plateada brillaba en el centro de su pecho. Sentí que la piedra de mi colgante ardía.
—Por más que la beses, siempre será mía. —Esbozó una sonrisa triunfal—. Estás tocando algo que no te pertenece.
Aparté a Leyla de mí y me puse en pie. Desenvainé la espada, con el corazón al borde de salírseme del pecho, y corrí en busca de Lúdric.
—¡Málakor!, ¿qué haces? —gritó la exploradora, desde el suelo.
Apenas la escuchaba. Solo oía el retumbar de mi corazón en los tímpanos y en las sienes, mientras iba en busca de él, con la espada en alto, dispuesto a despedazarlo con ella.
Él seguía ahí, entre los árboles, mirándome sin moverse.
Sin perder esa estúpida sonrisa. Sin desenvainar su espada.
Comprendí entonces que solo era una visión.
Sin embargo, lo que dijo a continuación me hizo pensar que era algo más que un efecto de mi imaginación.
—Te estoy esperando, Málakor. Más allá de los túneles. Más allá de las rocas más profundas. De las ciudades ocultas bajo tierra. Más allá del pantano. Ven a buscarme, te…
Calló de golpe. La presencia de Azani, entre ambos, cercenó la expresión triunfal de su rostro.
—No lo atormentarás. ¡No tienes ese derecho!
—¿Azani? —musité.
Si me hubiera caído un piano en la cabeza no me habría sentido tan confuso. Escuché unos pasos tras de mí, que se detuvieron de golpe.
—¿Con quién hablas? —preguntó Leyla—. ¿Qué ocurre?
—Con nadie. —Clavé los ojos en Lúdric. Mis pupilas eran puñales—. No hablo con nadie.
Él miró a la diosa por un instante. Había en sus ojos el mismo miedo que en los de Derian cuando la vio en la playa de Ledaria.
—Vete, Málakor —me pidió mi abuela.
Como en aquel día que todo lo cambió, le hice caso por más que quisiera quedarme. Dirigí otra mirada de advertencia a Lúdric, cogí a Leyla de la mano y la saqué de allí. No miré atrás. Aunque los oía hablar.
—Eres escoria, diosa. Te odio.
—Y tú eres veneno. ¡Tan venenoso como él!
—¡Y la culpa es tuya! —bramó él.
Me detuve en seco. ¿Por qué le echaba la culpa a Azani? ¿Qué estaba pasando? Giré la cabeza para mirarlos, con los ojos bien abiertos.
—¿Qué miras así? ¿Qué hay en el bosque? —dijo ella entre toses. Probablemente a causa de los nervios.
—Nada, Leyla. —Hasta que yo mismo no fuera capaz de gestionar lo que estaba viendo, no me sentía capaz de decirle la verdad—. Creía haber visto un… jabalí. No podemos dejar que entren a robarnos la comida.
—Los jabalís nunca vienen por esta zona.
Frunció el ceño. Solo la vi por el rabillo del ojo, porque presté más atención a Lúdric, que sacó una extraña daga, de hoja sinuosa, con la mano derecha. Extendió la palma de la mano izquierda ante él, hizo un corte en ella y dijo:
—Sangre de mi sangre. Que cada gota que yo derrame, deje tus venas también. Que cada gota de mi sangre…
—¡Azskar! ¡No! —gritó Azani, tapando su voz, y lo tomó de la muñeca con fuerza.
Al hacerlo, desaparecieron de golpe, como engullidos por una energía invisible.
Me quedé mirando al vacío que habían dejado, con la duda y la rabia quemándome la piel. Sentí algo húmedo en mis manos, así como un leve escozor.
—Málakor —musitó Leyla—, estás sangrando.
Miré a mis pies. Sendas gotas de sangre caían de la palma de mi mano y golpeaban contra el suelo ennegrecido. Rojo sobre negro. Como el pendón de un ejército oscuro. Como las ropas de Lúdric. Como los ojos de Damien y su oscuro cabello. Mi sangre sobre ese suelo… era un mal augurio.
Y Azskar lo había conjurado.