CAPÍTULO 29
De un guijarro y un perdón
E n busca de un lugar tranquilo, avanzamos por un sendero dibujado entre árboles muertos, en el que se apilaban, a cada tanto, pertenencias que los knegaritas habían conseguido salvar. Un poco de esperanza en aquel paisaje oscuro.
—¿Lo que quieres decirme tiene que ver con que te hayas marchado antes tan nervioso? —quiso saber.
—S-sí. —Miré al suelo ennegrecido en el que se dispersaban algunos restos de cenizas—. Es un asunto delicado.
—¿Quieres saber lo que dicen los cuadernos?
—No, no es por eso.
No sabía adónde íbamos, porque Leyla me guiaba, pero dejamos atrás varias calles llenas de gente afanada en su reconstrucción, donde la vida, aunque fuera un poco, todavía reinaba.
Nos detuvimos en un altozano pavimentado con guijarros en cuyo centro había una estatua de piedra de Azani, tan hermosa como siempre.
Los parterres de flores que lo rodeaban se habían salvado y brillaban en todo su esplendor sobre el fondo gris que pintaba casi toda Knegara.
El lugar estaba tranquilo, así que, a los pies de la estatua, nos detuvimos.
—¿Y bien? —Leyla se cruzó de brazos—. ¿Qué es?
Cerré los ojos, aspiré una profunda bocanada de aire y, cuando los abrí, solté la confesión de golpe.
—Si Knegara se ha quemado ha sido por mi culpa.
—¿Qué? —Pestañeó varias veces; luego le dio una risa floja que acabó en tos—. ¿Qué dices, Málakor? ¿Cómo va a ser tu culpa?
—No te rías más así. No es bueno para tus pulmones. Y… —Apreté los labios soltando el aire por la nariz—. Y sí, ha sido mi culpa. ¿Recuerdas lo del círculo de piedras? Fui yo. Yo lo activé.
—Venga ya… —resopló—, la magia y tú no tenéis nada que ver.
—Soy el hijo de una diosa, Leyla, claro que tenemos algo que ver.
Por más que me fastidie. —Apoyé las manos en las caderas, empezaba a sentir que iba a desplomarme, porque la verdad heriría a Leyla.
Y yo no quería herirla—. Fui yo. Activé esas piedras para poder hablar con mi padre.
Con Iarlath. Sionnach… es él. Él vive en el zorro.
Me observó tan recelosa que me sentí incómodo. Aunque lo esperaba, me trajo malos recuerdos de las veces en las que su gesto se volvía así cuando se trataba de mí.
—¿Lo dices en serio?
—Más que en toda mi vida.
Miró a nuestro alrededor, a los ecos de la destrucción del incendio. Tuve la certeza de que en su imaginación me veía sujetando una cerilla y prendiéndole fuego, una a una, a todas las casas y árboles calcinados que nos rodeaban.
—¡No! —Caminó arriba y abajo unos pasos mientras se mordía los labios con rabia infinita—. ¡No es verdad!
—Sí lo es, pero no lo sabía. Ni Sionnach ni yo podíamos saber que en medio de aquella casualidad se daría otra. Que Pelnor haría lo que hizo.
—Has destruido mi hogar, Málakor. ¡Lo has arrasado!
—Yo no prendí esa cerilla. —La miré ceñudo—. No la prendí, Leyla.
—Pues te he visto, te he visto quemando una a una todas las casas —las señaló—, ¡porque las has quemado! En cierto modo, lo has hecho.
—Lo sé. Lo he visto en tus ojos.
—¡Por todos los dioses! —clamó mirando al cielo—. ¿Es que tú y yo nunca vamos a poder estar en paz?
—Te he dicho que no lo sabía, fue una casualidad.
Activé la magia, Knegara quedó desprotegida y Pelnor conjuró la suya.
No sé si consciente o inconscientemente, si sabía o no de la magia druídica.
Si todo fue cosa del azar o de que él viese la oportunidad.
Pero… fue él quien prendió la llama, no yo.
Aunque no creas que no me siento culpable.
Mucho, desde que lo supe. —Caminé hacia ella y traté de cogerla de las manos, pero se soltó bruscamente—.
¿Quieres que te pida perdón de rodillas? Si ese gesto vale tu perdón, lo haré .
Y lo hice. Me planté, en medio de una Knegara sombría y gris, de rodillas ante Leyla.
Se me quedó mirando con las ascuas de su ira crepitando en las pupilas.
—Levántate, por favor.
—Pues dime que lo entiendes y que me perdonas. Nunca quise ser partícipe de la destrucción de tu hogar. Jamás haría nada parecido al lugar que tanto amas.
Frunció los labios.
—He perdido ya la cuenta de las veces que he deseado odiarte. Te juro que la he perdido. Y, cuando siento que te odio de nuevo, tú me miras así y ya no puedo volver a hacerlo. Aunque quisiera darte una paliza con toda la ira que siento.
Asentí, pensando en decir algo trascendental, al estilo del bardo, que cambiase el curso de las cosas, pero noté algo molestándome bajo la rodilla.
—Creo que me estoy clavando una piedra. —La levanté un poco y saqué un guijarro bien pequeño, aunque mientras estaba debajo de mí me pareciera enorme—. ¿Cómo puede algo tan enano fastidiar tanto? —Se lo enseñé.
Lo miró por unos segundos y volvió los ojos a mí. Cuando pensé que se quedaría mirándome así toda la vida, su expresión se tornó más amable.
—Las cosas que a simple vista parecen pequeñas son a veces las que más duelen —musitó.
Sonó como si ya lo hubiera dicho o escuchado antes.
—Ya, pues… aquí debajo tengo un montón de cosas pequeñas y puñeteras, ¿puedes decirme de una vez que lo entiendes y me perdonas? Te entrego un guijarro como muestra de buena voluntad. —Lo levanté ante ella.
Sus ojos revelaron sus ganas de reírse antes de que lo hiciera su garganta. Al final se echó a reír. Y tosió. Esa maldita tos no se le iba, pero la ignoró. Cogió el guijarro y lo guardó en su bolsillo.
—Está bien. Te entiendo y te perdono. Pelnor fue quien prendió la llama. Solo él quería hacer daño. Levántate de una vez, Málakor.
—Gracias a los dioses —dije con alivio, y me puse en pie—. Nunca pensé que una piedra te ablandaría el corazón .
—Será porque es una piedra dura y pequeña, como el tuyo.
—Me gusta cuando dices las cosas como son. Pasa poco, pero pasa.
—Yo siempre digo las cosas como son, pero tú no escuchas.
—¿Quieres que te diga lo que escucho cuando hablas?
Asintió mirándome con curiosidad.
—Música —dije.
—Pero… ¡si a ti no te gusta la música!
—Por eso mismo —respondí con gesto burlón.
Leyla resopló y echó a andar de nuevo.
—Te odio.
—¡Has dicho que no puedes odiarme!
—¡Me retracto!
Me reí a carcajadas mientras la perdía de vista tras una esquina.