CAPÍTULO 28 #2
—Entonces, ¿tu respuesta es el amor? —le preguntó Hach.
—Sí —dijo la exploradora.
Todos miraron expectantes a uno y otro. El bardo dijo:
—Esa fue la respuesta que dio Sha, pero no es la acertada, aunque pudiera parecerlo.
Aunque hubo un montón de abucheos, un anciano los mandó callar con firmeza, porque quería saber cuál era la respuesta.
—La palabra —dijo Hach.
Se desató un debate sobre si esa respuesta era óptima o no. Yo no me metí, estaba muy ocupado comiéndome unas patatas aliñadas que Senris, que iba y venía por allí, había puesto en mi mano.
—En cualquier caso, para el gigante esa era la única respuesta acertada —zanjó el bardo—. Y … quiso comerse a Sha.
Se armó un griterío descomunal, que Hach apaciguó pronto.
—La historia no termina así, quedaos tranquilos. Sha le rebatió diciéndole que él no aceptaba esa respuesta porque no había sentido jamás lo que era el amor —explicó—. Que, si lo llegase a sentir, entonces admitiría esa respuesta.
—Esa chica es lista —anotó un muchacho, a lo que muchos asintieron.
Solté un gruñido. Chucho, salido de no sé dónde, me había robado una patata.
—¿Puedes dejar de zamparte mi comida? —regañé por lo bajo.
—No. Y ya que nadie quiere llevarle la contraria al bardo con su historia, lo haré yo: técnicamente, el enigma es tan vago que puede incluir múltiples respuestas y, por tanto, todas serían válidas.
Ese chucho ardaciano no solo me robaba la comida, también sonaba a veces como un bardo. Soltó un ladrido a modo de risa, que se mezcló con las palabras de Hach.
—Ella logró convencerlo para que le diera la oportunidad de demostrárselo —continuó mi amigo—.
Recorrieron los rincones del mundo en busca de ejemplos del amor más bello y absoluto, mas nada convencía al ermitaño.
Decía que eran tonterías. Sin embargo, viajaron tanto y pasaron tantos días juntos, que Sha le pareció cada vez más una criatura más interesante, que a veces decía cosas que le hacían reír, olvidar su naturaleza huraña.
Olvidar que había dejado a su familia allende del mar y que estaba atrapado en esta tierra desconocida hasta que otro evento estelar sin precedentes se sucediera.
La mirada de Hach recorría al público, con el verde brillándole intensamente por la emoción de estar contando una historia. Si tuviera que describir sin palabras un acto de amor por algo, habría descrito la mirada del bardo cuando narraba.
—Así que un día se descubrió a sí mismo mirando como un tonto su sonrisa, que era tan bonita como ver a las ballenas saltar en las Aguas Gélidas —siguió él—.
Mirando a sus ojos, del azul del hielo de los glaciares.
Esas canas que le clareaban las sienes, porque había sufrido mucho incluso siendo joven, y le habían salido de golpe.
Admiró su inteligencia, su forma de ver el mundo.
Entonces, comprendió que Sha tenía razón.
Lo que sentía por ella era de él, él lo había creado en su corazón, pero a la par podría dárselo a ella, y también a la vez, ella se lo había dado aún sin saberlo.
Lo atesoraría y lo valoraría para siempre. Sha, por su parte…
Hach detuvo la narración un instante, sonriente, mientras todos lo escuchábamos embobados. La gente no comía ni bebía, apenas respiraba, solo atendían a las palabras del bardo. Miré a Leyla, que bebía en silencio, y ella me sonrió.
—Sha entendió más que nunca que no estaba errada en la respuesta al enigma, porque ella también lo amaba —prosiguió mi amigo—.
Y como el amor es la puerta de las hazañas más grandes, el gigante le regaló a Sha una bolsa mágica que había llevado con él.
Se la dio para que encerrase en ella el crudo invierno, para que nadie muriese de frío nunca más, para que pudiera regresar con sus padres.
Cuando ella la tuvo en las manos, tomó también las de él y le dijo: «Volveré a mi aldea, pero tú lo harás conmigo».
Y él, resplandecientes sus ojos con la felicidad que llena los corazones de las personas cuando son amadas, asintió.
Luego, la besó delicadamente. Y así acabó el frío invierno, la preocupación de Sha y también la soledad del gigante.
Hubo un coro de enternecidos «Ohhh» y de aplausos que pareció sería interminable. Algunos hasta se secaron la lagrimilla. Las parejas se besaron.
Me rasqué el cogote. Era un final más azucarado de lo que podía soportar. Pero, cuando miré a Leyla de nuevo, me hizo feliz verla aplaudir aquella historia. Emocionada.
—¿Tienes esperanza aún en los finales felices? —le pregunté.
—Creo que todos nos merecemos uno. —Clavó la mirada en la mía—. Incluso tú y yo.
Abrí la boca para responder, sin saber qué decir. Senris me salvó de decir cualquier tontería.
—¡Hermanita! —La abrazó—. ¡Eres una listilla! ¡El amor, dice! Anda, tonta, con lo mal que te ha ido a ti en eso.
Le pensaba meter una docena de arañas en la cama esa misma noche.
—Senris, tú aprecias muy poco tu vida, ¿no? —le dije.
Leyla le pellizcó con ganas la pierna. Él se dobló, pero luego se echó a reír y se largó.
Sacudí la cabeza, y rumié la idea de hablar con Leyla de lo ocurrido.
De arrancarme aquella historia también como si fuera una espina: de cuajo.
Medora y Hach hablaban con unos y otros, pues se habían acercado muchos a felicitar al bardo por su gran historia.
Todo el mundo estaba ocupado comiendo o charlando. Era el momento.
—Leyla, tengo algo que decirte. ¿Podemos hablar a solas?
Tragué saliva mientras esperaba su respuesta. Cuando asintió, sonreí, más nervioso que otra cosa.