Málakor 3 CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

Del bardo, el amor y sus historias

M i querido amigo nos miró con una chispa entusiasmada en los ojos, se puso en pie y, tras aclararse la garganta, alzó la voz para narrar con toda su rimbombancia:

—Sha era una muchacha de gran inteligencia, hija de un herrero y de una costurera, que vivía en una pequeña aldea de Izenia cuando aún ese lugar ni se llamaba así.

—Ya me siento identificada con ella —dijo Medora.

—Tú no eres de Izenia; además, eres hija de un pescador.

—Pero soy inteligente. —Sonrió de oreja a oreja—. Continúa, Hach, por favor.

Resoplé, casi echándome a reír.

—Bien, pues se vivió en aquella vieja Izenia un invierno más crudo de lo normal, que es decir mucho, porque las temperaturas allí son terriblemente frías siempre. Málakor lo sabe, ha vivido cerca.

—Se te queda el culo congelado a menudo, sí —dije.

Medora rio por lo bajo; Hach siguió hablando:

—Sha veía a su familia morir de hambre; a sus amigos, a su pueblo. Y subió a lo más alto de la montaña, aun a riesgo de perder la vida por los vientos gélidos de las cumbres. Había escuchado que vivía allí un ermitaño que tenía el favor de los dioses.

Para cuando dijo esto, ya teníamos alrededor a unos treinta curiosos, que se acercaron para escucharlo

—Sin embargo; no dio con él, y cayó sobre las nieves, con los labios cerúleos, al borde de la muerte.

En los que creía serían sus últimos minutos de vida, el ermitaño apareció.

La cargó al hombro, sin esfuerzo, y a Sha le pareció que estaba sobre el de un gigante de tan lejos como veía la nieve.

Quedó tan profundamente dormida que, cuando despertó, estaba ya en una cueva, donde un gran fuego calentaba su cuerpo.

Se dio cuenta entonces de que el ermitaño ¡era en realidad un gigante!

Se levantó un murmullo que recorrió a los espectadores, que eran cada vez más, todos con su comida y su bebida.

—¡Todo el mundo sabe que los gigantes no existieron! —dijo alguien.

—¿Quién es todo el mundo? ¿Tú? —respondió otro con voz ofendida—. Los gigantes fueron los primeros moradores del este. Eran tan grandes que, para sentarse, formaron las cordilleras. Apostados en sus cumbres admiraban el ir y venir de las ballenas en Aguas Gélidas.

—Y se las comían de un solo bocado —rio otro.

Por la forma en la que todos lo miraron, hablar de comerse un animal en Knegara pareció que estuviera penado con la muerte. El tipo casi escondió la cara en su jarra de cerveza.

—¡Dejad hablar al maestro Háchpirey! —gritó un chiquillo, subido a los hombros de un hombre, tal vez su padre.

Todos callaron, así que el bardo lo miró agradecido.

—Está bien —prosiguió Hach—. En realidad, no eran gigantes como tal.

Solo bastante más altos que los oriundos del pueblo de Sha.

Más de dos metros y medio. Así lo atestiguan restos arqueológicos hallados en las montañas.

Se cree que llegaron de lugares allende del mar por un camino de tierra que se abría entre los mares una vez cada muchos años, en un evento estelar sin parangón.

—¿Qué es sin parangón? —preguntó un niño de ojos curiosos y mofletes llenos de migas de pan que estaba en primera fila, junto a su madre.

Le di las gracias mentalmente.

—Incomparable. Y los de Sha no medían más de esto. —Hach se puso la mano a la altura de la cadera—. Cosa de un metro, como mucho.

—¡Como yo! —Otro crío se puso a saltar—. ¡Zoy uno de elloz!

Su madre, entre risas, lo cogió en brazos y le espachurró un beso en la mejilla. Observé la escena, pensando en las muchas veces que, siendo niño, Debra me habría cogido así, cuando aún no sabía ni hablar bien y diría, seguramente, una tontería detrás de otra. Tal estampa me hizo sonreír.

—Sha tuvo un poco de miedo —retomó Hach—, porque se decía que los gigantes comían ballenas, ¿por qué no iban a comerse también a una muchachita menuda como ella?

Los knegaritas asintieron; los más pequeños, con cara de susto.

—Sin embargo, tenía que ser valiente —continuó Hach—, porque debía hacer lo posible por salvar a su pueblo, por pedirle ayuda al gigante. Y así lo hizo.

—¿No tuvo miedo? —dijo un muchacho.

—Lo tuvo —contestó el bardo—. Pero no es más valiente quien tiene menos miedo, sino quien encuentra la forma de enfrentarse a él.

—Eso es verdad —anotaron unos y otros.

Por un momento, me sentí transportado a aquel día en el que contó la historia de Iarlath y Even, cuando yo estaba muy lejos aún de saber que, en realidad, estaba contando también la mía. Aunque esos días eran ya lejanos, seguían siendo parte importante de mí. De nosotros.

—El gigante era bastante huraño. Algo normal cuando has pasado casi toda tu vida solo, en una cueva, y no quería escuchar a Sha.

Siempre que ella le pedía ayuda, él contestaba: «Si no te callas, serás mi cena».

Pero luego nunca le hacía nada. «¿Y por qué me habrías salvado de morir en la nieve si pensabas comerme?

», le dijo ella un día. «Porque me gusta la carne caliente», respondió él.

—A mí también —dije para mí, pero en voz alta.

Se extendió un carraspeo lleno de miradas incómodas.

—Mi amigo estaba bromeando. —El bardo esbozó una sonrisa de circunstancias.

Tomó un trago de una jarra que le tendieron, y siguió con la historia—.

Sha insistía, hasta que él se enfadó y le dijo: «Eres muy pequeña para comerte, apenas das para un aperitivo, pero si sigues molestándome lo haré.

Vuelve a tu aldea». Ella tenía miedo de que, al regresar, todos hubieran perecido por el hambre y el frío, así que le dijo: «Sé que tienes el favor de los dioses.

Además, podrías barrer el invierno de un soplido.

No me iré hasta que no digas que vas a ayudarme».

El gigante contempló a Sha, tan diminuta a sus ojos pero tan valiente a la par, y se sintió conmovido.

Sin embargo, no iba a darle algo sin más.

Si Sha lo quería, tenía que ganárselo. «Muy bien», le dijo entonces.

«Si quieres que te ayude, tendrás que resolver estos tres acertijos».

El murmullo que se levantó fue mayúsculo. Hasta escuché un ladrido de Chucho, que apareció y desapareció entre la gente.

—¡Me encantan los acertijos! —dijeron varios al unísono.

—¡A mí me habría comido! —exclamó un chiquillo.

—Y a mí. Soy malísima adivinándolos —dijo Medora con la boca llena. No sé en qué punto se había hecho con otro bocadillo, pero lo engullía con fruición. Y tampoco cuándo había conseguido otra cerveza, pero la puso en mis manos. Cosa que agradecí.

—¿Con lo lista que eres, Conjuritos?

—Sí, pero los acertijos no son lo mío.

Volvimos a prestar atención a Hach, que ya decía el primero:

—«¿Qué es lo que camina todo el día sobre su cabeza?».

Se hizo un silencio profundo, roto solo por los sonidos que llegaban de un lado u otro de Knegara, de gente que aún no había parado a comer y seguía en sus tareas.

Un martillo golpeando un clavo; una sierra cortando madera.

Y el sonido de los arroyos, que nunca cesaba.

Luego, poco a poco se alzó un murmullo, hasta que alguien dijo:

—¡Un hombre tumbado de frente!

Algunos se rieron, y también se llevó unos cuantos regaños.

—¡Una araña colgando! —soltó otro.

Hach negó con la cabeza. Y aunque se dijeron mil cosas más, ninguna era. Anduve pensando, pero todo lo que se me ocurría era absurdo.

—A Sha también le costó acertarlo, es complicado. Pero lo acertó —indicó Hach—. Y al principio os he dado una pista de cómo lo supo.

Me pareció que a la gente iba a salirle tanto humo de la cabeza, que parecería de nuevo que Knegara estaba en llamas .

—Una pista… —Medora masticaba con ganas, tratando de resolverlo.

—Maestro Hach, has dicho que la chica era hija de un herrero, ¿no? —preguntó alguien entonces, a lo que él asintió. El hombre, que tenía pinta de serlo también, añadió con gesto orgulloso—: ¡La cabeza de un clavo de una herradura!

Todos miraron al bardo. Cuando él cabeceó de nuevo, rompieron en vítores y felicitaciones. Incluso un grupo se llevó al herrero a invitarlo a una cerveza. Hach no tardó en soltar el segundo acertijo:

—«Tiene un solo ojo y una cola movediza que no para de volar».

—¡Una cometa! —dijo un chiquillo, subido en la rama de un árbol.

—No, pero sería bonito ver una cometa con un gran ojo —respondió Hach, a lo que el niño sonrió.

De nuevo todos elucubraron, hasta que escuché la vocecilla de una mujer.

—Es una aguja y un hilo.

Pensé en Griselda, en cómo lo habría adivinado también. No sabía cuándo volvería a verla, pero me bastaba con que fuera feliz.

—¡Bravo por la señorita! —Hach aplaudió.

—¡¿Y cuál es el último?! —preguntaron las gentes, emocionadas.

—El gigante lanzó el último, muy enfadado, ya que Sha había adivinado los otros dos, no sin esfuerzo, y estaba a punto de ganar.

Así que decidió que el tercero sería mucho más difícil que los demás.

—Sonrió misteriosamente—. Es tuyo. Tú lo creas.

Se lo das a otro, que lo atesora y lo guarda.

Tú lo sigues conservando, ya que también lo valoras.

El silencio entonces fue sepulcral. Las gentes se miraron unas a otras.

Arrugué la nariz. Me rasqué la cabeza. ¿Cuál era la maldita respuesta? Di un trago. Pensar siempre me ha dado sed.

—Y así el gigante se nos comió a todos —dijo una anciana, provocando las risas del resto.

Llegaron los cuchicheos y las elucubraciones que no iban a ninguna parte.

—El amor —dijo entonces una voz en la parte trasera del gentío.

—¿Quién ha dicho eso? —preguntó Hach tratando de verlo.

Se abrió un pasillo, y miré hacia la zona del movimiento.

—¿Leyla? —Guiñé los ojos al verla, mientras me ponía en pie—. ¿Qué haces fuera de la cama?

—Me han dejado salir un poco. —Tosió—. Solo un rato. Quería saber qué se cocía aquí con tanto jaleo.

La gente celebró su mejoría y le dieron un gran recibimiento. Corrí hacia ella, para ayudarla a caminar hasta donde yo había estado sentado. Leyla tomó asiento y ocupé el espacio a su lado. Un knegarita le puso en la mano un vaso de mosto que ella bebió luego de darle las gracias.