Málakor 3 CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

De meter una casa en una bolsa

M edora dejó su bocadillo a un lado, dio un trago a la zarzaparrilla, para apartarla después, y sacó la bolsa de marras de dentro de una de sus mangas.

—¡Es esto!

—¿La bolsa de la discordia es tu solución? —Alcé una ceja.

—No es mi solución, es la solución —dijo con mucho teatro—. Conecté la bolsa a casa de Hach en cuanto la recuperé de Pelnor. Necesitaba desconectarla del lugar al que estaba vinculada, para que fuera más difícil encontrarla, y se me ocurrió que tu casa era el lugar perfecto.

Ambos la miramos pestañeando muy aprisa. Él, seguramente por la sorpresa; yo, porque no tenía ni idea de cómo funcionaban esas cosas.

—¿Que has hecho qué con mi casa? —logró decir el bardo—. ¿Has metido mi casa ahí dentro?

—¡No! —La maga estalló en carcajadas—. Tu casa sigue en el mismo lugar, no le sucede nada malo ni está expuesta a ningún peligro, solo que esta bolsa actúa como un portal a ella, para que lo entendáis, y ahora podrías coger cualquier cosa que quisieras que esté en ella, simplemente metiendo la mano aquí.

—Desanudó la boca de la bolsa, atada con un cordón de terciopelo rojo, y la extendió ante Hach—. Prueba.

El bardo y yo nos asomamos: solo se veía un fondo negro.

—Vamos, mete la mano, no te va a picar.

Mi amigo guardó el pañuelo en el bolsillo interior de la levita mientras miraba con recelo la bolsa.

Poco a poco, como un gatito que aproxima la zarpa a algo que llama su curiosidad, acercó la mano a la abertura de la bolsa.

Hubo tanta tensión que me pareció que alguien tocaba un violín frenéticamente en alguna parte.

A punto estuvo de meter la mano cuando Medora la cerró de golpe .

—¡Cuidado, te muerde! —Se echó a reír otra vez—. ¡Vaya cara has puesto!

Pensé que el bardo le regañaría, pero rio también.

—Vaya par… —dije con media sonrisa—. Dejaos de juegos, anda.

—Vale, vale. —Medora recuperó el aliento y abrió la bolsa.

Háchpirey, más decididamente, metió la mano y luego el brazo hasta el codo.

—¡Por todos los dioses! ¡Es mi casa! Mi casa… ¡como si fuera una de muñecas! Puedo… —El brazo se le movía, así que debía de andar toqueteando aquí y allá. El asombro de su mirada no tenía igual—. ¡Puedo tocar mi querida butaca! ¡Y mi armario de laúdes! ¡Y mis libros!

—¿Puedes tocar la cocina a ver si hay panceta? Podría servirnos en los túneles, como fuente de suministro.

—No se puede sacar comida ni bebida. Lo siento —informó ella—. Pero no pasa nada, podremos sacar otras cosas que necesitemos.

—Sí, su casa está llena de cosas que podrían sernos útiles. Podemos comer teclas de piano si tenemos hambre —dije—. Yo me pido las blancas, si cierro los ojos pensaré que están hechas de azúcar.

La maga se rio mientras que el bardo sacaba la mano. Se la miró, por si se le había quedado algún trozo dentro, supongo

—A pesar de sus limitaciones es, sin duda, un invento asombroso. Me recuerda a la bolsa que llevaba una niñera de un cuento muy famoso.

—Yo lo inventé. —A Medora le brilló la expresión de puro orgullo—.

Yo solita, tras largas noches de estudio cuando todo el mundo dormía.

No diré que sin colarme a leer algunos libros prohibidos.

Jamás pensé que serviría para una misión así, tan importante.

Pensé que quedaría por siempre en alguna de las vitrinas de Téramo, cogiendo polvo, como tantas otras cosas mágicas que podrían cambiar el mundo, olvidada por el tiempo y encerrada por las normas.

¡Ahora formará parte de la historia de Ardacia!

—¿Tiene nombre? —Hach extendió la mano para que se la diera.

—No —dijo ella con la boca pequeña mientras se la tendía—. La he llamado, simplemente, bolsa mágica. Y Málakor la llama la bolsa de la discordia.

—Igual que a su capa. ¿Qué tienes con la discordia?

Me encogí de hombros. Él también, antes de decir:

—Lo primero tiene poquísimo encanto. Lo segundo podría llevar a equívocos sobre su propósito. —Se frotó la barbilla, mirando la bolsa pensativo, mientras que con la otra mano la sujetaba—. No, hay que ponerle otro nombre.

Me pregunté si en su cabeza vivirían unos pequeños seres que moverían los engranajes de su mente a una velocidad pasmosa.

El bardo se quedó pensando mientras Medora y yo seguimos bebiendo, observando en silencio, de forma alterna, a nuestro amigo y al bullicio de alrededor. Aquello se estaba llenando. Estaba a punto de darle el último trago a la cerveza, cuando noté una palmada fuerte en la espalda.

—No te escaquees esta tarde, quedan troncos que transportar. El novio de mi hermana tiene que arrimar el hombro más que nadie.

Miré por encima del mío. Senris tapaba el sol con el ancho de los suyos, que no era poco.

—No soy el novio de tu hermana.

—El capullo de Lúdric no se habría jugado la vida para salvarla. Eso demuestra que te importa. Si no eres su novio lo serás pronto, a las mujeres les gustan los hombres que las salvan. Les van los héroes.

—Ya estás hablando de más otra vez de lo que les gusta a las mujeres —le dije, tras resoplar.

Él miró a Medora, esperando su intervención. Hach seguía tan concentrado, que solo agitó la cabeza a modo de saludo.

La maga nos miró a uno y a otro.

—A ver… Ciertamente, no puedo hablar por todas las mujeres, pero tengo debilidad por los hombres que se enfrentarían a cualquier peligro con tal de sacarte de él. Y, sobre todo, por aquellos capaces de quemar el mundo si con ello garantizasen tu salvación .

—No hables de quemar cosas —dije entre dientes, muy bajito.

Ella puso cara de circunstancias.

—¿Ves, Málakor? —dijo Senris, ajeno a mis palabras.

Soplé, moviéndome el flequillo.

—Vosotros sabréis, aunque…, Medora, ¿para qué quieres un héroe si puedes salvarte a ti misma?

—Esa es la gracia. Puedo salvarme a mí misma, pero tampoco me importaría que alguien me salvase.

Senris, con aire teatral, se secó el sudor de la frente y movió el pelo a un lado y a otro.

—Yo te salvaré del peligro si es necesario, maga —dijo.

A Conjuritos le subieron los colores.

—Madre mía… —musité.

—Qué mala es la envidia. —Senris me dio otra palmada—. Nos vemos luego, voy a comer.

A su paso, se robó unas cuantas miradas. Incluida la de la maga.

—Tiene algo que llama la atención, la verdad. —Ladeó la cabeza hasta recostarla en el hombro, y agregó—: Y un buen trasero.

—Tú también no, por favor. —Entorné los ojos.

—¡Bolsa de Sha! —soltó el bardo de repente—. ¡Eso es! ¡Bolsa de Sha!

Sin que tuviéramos que preguntarle, él se lanzó, como era de esperar, a contar una historia. Me agencié otra cerveza para bebérmela mientras lo escuchaba, porque los cuentos del bardo había que tragarlos de alguna manera.