Málakor 3 CAPÍTULO 26 #2
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CAPÍTULO 26 #2

Si me hubiera enfadado con ella por saberlo, aun cuando yo no se lo había dicho, habría insultado a su inteligencia, y respetaba mucho lo lista que era como para amonestarla por ello. En cualquier caso, estaba al tanto. Y eso me quitaba el peso de tener que guardar más esos secretos con ella.

—No, no te dejas nada —respondí simplemente.

—¿Seguro que tu cerebro tiene los mismos años que tú? —dijo el bardo.

Ella se tocó la frente con un dedo.

—Sí, eso creo. A no ser que también sea hija de alguna diosa y mi cerebro tenga más años que mi cuerpo, de algún modo extraño que tendría que investigar si es posible.

—Dio un mordisco a su bocadillo de berenjenas fritas con mayonesa y esbozó una sonrisa mientras masticaba—.

Esto está buenísimo —anotó con la boca llena.

—No hables con la boca llena, Medora… —regañó Hach—. Es de mala educación y tú eres ahora maestra, tienes que dar ejemplo.

—Solo es temporal.

—Pues da ejemplo temporalmente —regañó, y ella soltó una risotada. El bardo, tras inspirar hasta lo más hondo de sus pulmones, dijo—: Pues nada, una cosa menos que callarme.

—Callarte tú, ¿eso qué es? —Reí, y di un trago a la cerveza.

Me sonrió con cariño, a pesar de la broma, y luego centró la atención en Medora.

—Ya que estamos con revelaciones, déjame decirte que… estoy enamorado de Azani. Y ella de mí. Estamos juntos.

La mandíbula de Medora habría pegado una leche contra el suelo de no ser porque la tenía sujeta al resto de la cabeza. Después de mirar al bardo ojiplática, puso la mirada en mí.

—Sí, es verdad —respondí, adivinando sus pensamientos—. Es como mi abuelo.

—E-esto… —Se frotó la mejilla con los dedos llenos de mayonesa, y su tez morena se llenó de la blanca salsa—. Eres un bardo, sabes de todas esas historias de dioses y mortales, de las consecuencias que eso tendría. ¿Te has vuelto loco? ¿Es que quieres irte a dar un paseíto al Olvido, Hach?

—Creo que le dije, más o menos, eso. Pero no atenderá a razones, así que desecha cualquier esperanza de disuadirlo. Ganarás tiempo y te dolerá menos la cabeza —suspiré.

El bardo se removió incómodo. Soltó el resto del bocadillo sobre el tronco y se frotó las manos. Aproveché para robárselo. Sí, desde luego que los dueños también se parecen a sus perros.

—La amo —dijo sin más.

—La has de amar mucho como para que no te importe tu propia destrucción. —En los ojos de Medora hubo una profunda tristeza, quizá ante la idea de perder a su amigo—. No estamos hablando de morir. Estamos hablando del Olvido. De desaparecer.

Resumiré, brevemente, qué es el Olvido, por si alguien no lo recuerda.

Según me dijo el bardo, es un plano en el que habita un ser que devora cuanto cae en él.

Cuando esa cosa te ha comido por completo, ya ni siquiera te recuerdan quienes te conocieron.

No sé cuánto tiempo tarda en hacerlo, ni si tarda lo mismo con todos.

En el caso de mi madre, la cosa iba poco a poco, porque aún había quien la recordaba, pero, con los años, no sería así.

Y debía sacarla de allí antes de que eso sucediese.

—¿De verdad pasa eso? —pregunté, tras dar un bocado, pues aún me resistía a creer que así fuera—. ¿Se desaparece por completo?

—Con el tiempo, sí. El Olvido lo engulle todo.

—La voz de Medora sonó tétrica—. Y de no ser porque La Tejedora tejió su Urdimbre para que el Olvido no escapase de donde está, terminaría por engullirnos a todos.

Mundo a mundo. Plano a plano. Las tierras de dioses y mortales desaparecerían para siempre, y el Olvido se volvería un poquito más orondo.

Las leyendas dicen que, un día, la Creadora deci­dirá que ha llegado el fin de este plano y le dejará la puerta abierta a ese ser, para mandarnos a criar malvas a todos, básicamente.

—Algo así me contó el bardo. —Él estaba cabizbajo. Estiré la mano libre y la puse en su espalda—. Anímate, Hach. Pienso sacar a mi madre de allí, y si osan enviarte a ese mismo lugar, también iré a buscarte.

—Lo sé. —Levantó la mirada y me sonrió fugazmente, antes de reparar en las viandas robadas—. Eres peor que Chucho. Cómetelo, anda, no quiero más.

—Hach —Medora lo llamó, muy seria—, estás como un cencerro por liarte con la diosa, y tú, Málakor, aún peor por decir eso de ir al Olvido.

Puse la mirada en ella, y abrí la boca para decir algo. Alzó un dedo, haciéndome callar.

—Voy a decirte una cosa más, Espadita. Si verdaderamente se te ocurre hacer algo así, como no me lleves contigo, te dejaré de hablar para siempre. —Estiró los labios hasta sonreír, y yo también lo hice.

—No me iré sin ti, Conjuritos.

—¡Así me gusta! —Con gesto entusiasmado, retomó el placer de seguir comiendo. Masticó con fruición, tragó y dijo—: Ahora, termina de hablarme del asunto que te preocupa.

Tras comprobar una vez más que no había nadie cerca, les hablé de lo que Leyla me había dicho, y ambos atendieron sin perder puntada.

—Pues me temo que la exploradora tiene razón —dijo Medora para mi disgusto—.

Activar las piedras requirió de toda la energía mágica contenida en Knegara, y eso menguó las protecciones.

Nadie imaginaría, desde luego, que se daría también un segundo evento a la par: Pelnor.

Que confluyeran ambas cosas fue una casualidad.

En términos normales, no debería de haber pasado nada, pero, ya sabes, las casualidades existen.

—Y ha sido una casualidad mortal para muchos. —Torcí el gesto.

—Lo ha sido, pero echarte la culpa es absurdo —dijo Hach—. Solo fue un cúmulo de casualidades, como ha dicho la maga. De existir un culpable, es Pelnor, y ya está muerto. De todos modos, tienes que decirle a Leyla que tuviste algo que ver.

—Se lo diré, sí, y si no me corta las piernas a la altura del cuello, en cuanto se recupere, nos largamos a los túneles.

—¡A los túneles! —Medora alzó el bocadillo con tanto entusiasmo que un chorretón de mayonesa cayó sobre los pantalones del bardo.

Silbé con sorpresa. Por mucho menos había empezado una guerra. Él sacó su impecable y ardaciano pañuelo de fina seda y encaje mientras refunfuñaba.

—Siempre puedes decir que te ha cagado un pájaro. —Me aguanté la risa, al igual que Medora—. Estamos en Knegara, nadie se asombraría.

—No tiene ninguna gracia. Mi equipaje entero ardió, te lo recuerdo. Me ha costado muchísimo encontrar unos pantalones decentes —siguió refunfuñando.

—Yo no llamaría decente a ese amarillo chillón.

—Ni yo, peeero ¡tengo la solución a tus problemas, maestro Háchpirey!

—Si vas a decirme que hable con una costurera, ya lo he hecho. El problema es que no hay telas suficientes, así que esa no es la solución. —El bardo chasqueó la lengua, mientras limpiaba afanosamente la mancha.

—No, no es eso.

Hach y yo la miramos ceñudos. Ella, quizá por darle algo de intríngulis, nos miró con gesto misterioso, alargando el momento de revelar qué callaba.