Málakor 3 CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

De una maga sabelotodo

E ncontramos a Medora sentada en un tronco tendido, en aquella escuela improvisada, levantada con palos y telas. Sus alumnos ocupaban otros, dispuestos ante ella, y la escuchaban embobados. Chucho estaba tendido junto a una alumna, dormido.

Nos quedamos de pie tras ellos, en espera del momento para hablar con la maga. Al vernos, sonrió y nos pidió con un gesto que aguardásemos.

—Los planetas de nuestro sistema solar son catorce —le dijo después a los chiquillos—. Todos tienen nombres de dioses, ¿alguien me dice alguno?

—¡Damien! —dijo un niño muy entusiasmado.

—No, Damien ya no es un planeta —corrigió la maga—. Lo fue, pero los astrónomos de Téramo acordaron, en conjunto con los Maestros de la Ciencia de Ardacia, que no debía serlo.

—¿Y por qué? —dijeron con pena los chiquillos.

—Porque un planeta ha de tener una gran masa para poder deshacerse de otros objetos más pequeños que estén en su órbita, no puede tener competencia en ella, digámoslo así; sin embargo, haciendo cálculos descubrieron que, en la órbita de Damien, había muchos objetos.

—En realidad lo echaron porque era un abusón que obligaba a otros planetas a hacer pactos con él a cambio de futuras traiciones —dije.

Los alumnos se voltearon para mirarme asustados.

—¿Eso es verdad, señorita Medora? —preguntó uno de ellos.

Giraron la cabeza hacia ella, de golpe. Como una panda de mochuelos. La maga me regañó con la mirada. Muy tranquila, dijo :

—La única verdad fiel a la Ciencia es la que os he contado. Ahora, quiero que dibujéis cómo os imagináis vuestro planeta favorito. Iré a hablar con mis amigos un momento. Portaos bien.

Los niños asintieron y cogieron sus lápices y sus cuadernos. Los apoyaron en sus rodillas y se pusieron a dibujar. El silencio duró poco, porque pronto cuchichearon entre ellos a saber qué. Entretanto, Medora llegó junto a nosotros.

—¿Qué hacéis aquí? Y… —Me observó igual que el bardo minutos antes—. ¿Otra vez con esa capa?

—Eso da igual —dije atropellado—. Tengo que hablar con vosotros. Ahora.

Ella miró por encima del hombro a los alumnos.

—Tendrás que esperar a que termine la clase. Si dejo de prestarles atención más de dos minutos, inventarán algo con lo que liarla. Son como una panda de Damiens en miniatura.

El bardo se rio, mirándolos cariño.

—Si quieres los amordazo —dije.

—A ratos me gustaría —respondió ella, riéndose—. Sentaos. Solo quedan veinte minutos para acabar.

Me rendí a las circunstancias y tomé asiento junto al bardo. Durante una larga media hora, contemplé los planetas salidos de la imaginación de los niños, algunos con forma de vaca; otros, de perro; otros, un amasijo de trazos indefinidos que el niño dijo que eran un pastel de chocolate.

Cuando, por fortuna, la clase terminó, despertamos a Chucho y nos fuimos a buscar un sitio tranquilo donde hablarles del problema y tomar algo.

La zona de las tabernas, por llamarla de alguna forma, estaba en un claro del bosque, enclavada entre altos pinos.

El fuego no había llegado hasta allí y todo respiraba de un modo distinto.

Más alegre. Habían improvisado varios tenderetes igual que con el hospital, gracias a palos y lonas.

Se habían perdido ingentes cantidades de comida y bebida en el incendio, pero las ciudades vecinas pronto habían surtido a Knegara de lo esencial, así que no faltaba alimento.

La gente usaba cualquier cosa para sentarse: cajas, barriles, troncos… O tiraban una tela al suelo y se tendían en ella. Lo importante era tener algo que beber en una mano, algo que co mer en la otra y una buena compañía. Allí se permitían olvidarse de todo por un rato; hasta reír.

Llené los pulmones de aire fresco, de aquel agradable ambiente. Seguía pesándome la culpa, pero allí pesaba un poco menos.

—Me tienes en ascuas, Málakor —dijo Medora.

—Primero busquemos algún lugar apartado, porque esto no lo puede saber nadie más, y os lo cuento, desde el principio.

El perro se alejó de nosotros a toda prisa.

Apenas habíamos dado unos pasos, sus ladridos me llamaron la atención.

Lo busqué y lo vi en la linde de los árboles, junto a un par de troncos que estaban tendidos bajo un pino.

Eran los únicos que quedaban libres, bastante alejados del resto.

Nos dirigimos hacia allí y lo felicité por su hallazgo.

—Quiero una recompensa.

—No puedes estar zampando todo el día.

—Sí que puedo. —Levantó las orejas.

Suspiré rendido a las circunstancias. Después de conseguir algunas bebidas, bocadillos para nosotros y unas manzanas para Chucho, una de sus comidas favoritas, tomamos asiento. Tras hincarle el diente al almuerzo, y de asegurarme de que no había orejas ajenas que pudieran escucharme, les dije:

—Knegara se quemó por mi culpa.

—¿Quééé? —A Medora se le abrió la boca tanto que pensé que se le descolgaría la mandíbula.

—Málakor, por los dioses, ¿cómo dices eso? —Hach me miró espantado.

Casi se le cayó de la mano el bocadillo de pasta de alubias y tomate. Lo mismo que comía yo, y que estaba más bueno de lo que esperaba.

—Bardo, ¿te acuerdas de que me dijiste que protegía esta tierra un ancestral rito de los druidas?

Él asintió al punto.

—He leído sobre eso en Téramo —anotó la maga—. ¿Por qué lo mencionas?

Mientras me miraban entre la preocupación y el asombro, y sin mediar palabra, les hice un resumen. Omití algunos detalles, pues Medora aún no tenía idea de quién era yo y el bardo había estado conmigo en parte de esa historia.

El sonido de Chucho masticando la manzana se coló en el silencio que se hizo cuando terminé de hablar.

—¿Os vais a quedar callados todo el día? —pregunté, con la incomodidad del momento atenazándome el estómago.

—Estoy… procesando —comentó Hach, rascándose una ceja.

—O sea que tú, accidental y misteriosamente, y teniendo en cuenta que de magia no entiendes una patata, has activado el poder de las piedras para hablar con un zorro.

—La maga negó con la cabeza y dio un trago a su zarzaparrilla—.

Me estás contando la mitad de la historia. Ya puedes largar lo que falta.

—No falta nada, Conjuritos. La historia es la que es.

—¿Y para qué ibas a hablar con un zorro? —dijo.

—Porque es un zorro… ¿mágico? Y tenía ganas de saber de él.

—Claro, porque tooodos los asuntos de la magia te interesan profundamente.

—Bueno, ¿y si me interesan ahora? —Carraspeé.

—Prrrf. No me lo creo, Málakor. Algo te traes entre manos que el bardo sabe y yo no, y seguro que tiene que ver también con que entiendas a Chucho.

Te he dicho que pensaba averiguarlo por mí misma, pero me parece que necesitas soltarlo de una.

Así que, si vas a buscar mi comprensión en este asunto, dame los detalles de una vez.

Miré a Hach, esperando su permiso. El tiempo y los hechos habían demostrado que era el más juicioso de los dos. Él asintió, dándome pie.

—Muy bien. ¿Sabes eso que has dicho de los planetas? Eso de que todos tienen nombre de dioses, ¿no? —Cogí aire profundamente en tanto que Medora cabeceaba. Lo solté y dije—: Pues imagínate que uno de esos planetas se enamora de un… —Chasqueé los dedos, buscando la palabra.

—Una estrella —anotó el bardo.

—Eso, una estrella. —Di un trago a la cerveza.

Medora nos miraba a uno y a otro con gesto confuso—.

Pues un planeta se enamora de una estrella, y está prohibido que los planetas se enamoren de las estrellas.

Al saberlo, otras le quitan la vida a esa estrella.

Pero el planeta y la estrella ya han tenido un hijo, que vive en la tierra y…

Callé, porque me di cuenta de que la maga estaba a punto de explotar de risa. Y lo hizo.

—¿Se puede saber de qué te ríes? —gruñí—. Estoy hablando en serio.

—Uno: eres malísimo contando historias. Y dos: ya sé que eres hijo de Even y el mortal. Conozco la historia, he investigado las señales y he sido lo suficientemente lista como para interpretarlas. Solo estaba esperando a que fueras tú quien me lo dijera.

—¿Qué señales? —Crucé los brazos como pude, para expresar mis reservas, porque no fue fácil hacerlo sujetando una cerveza en la mano y un bocadillo en la otra—. ¡Seguro que te lo ha dicho el bardo!

—¿Yooo? —Hach se señaló el pecho—. No he guardado mejor un secreto que ese.

—No me quites mérito, Espadita —replicó ofendida—. Para empezar, sé que Verne sabía que solo tú podías enfrentarte a Drálagor, no solo por la piedra, que investigando después, supe que, aunque a simple vista pareciera una piedra de azani, es algo más.

—¿Algo más? —Háchpirey se acercó más a ella, muy interesado.

—Sí, algo que aún no sé, pero que averiguaré.

—Pues espero que lo averigües pronto, porque la llevo al cuello.

—Como ese collar que el bardo quiere ponerme, ¡por encima de todos mis huesos y pulgas!, no dejaré que me vista como un cantamañanas.

Era un perro ardaciano, cantamañanas había visto unos pocos.

—Confía en mí, Malakorito, lo haré —dijo la maga con mucha pompa.

Iba a regañarle por llamarme así, pero no me dio tiempo, porque siguió hablando—: Aparte de este asunto, y siguiendo con lo dicho, Verne sospechaba que no eras como el común de los mortales, que tu energía era diferente, y sus sospechas nunca pueden ser tomadas a la ligera.

Por otro lado, cuando hablaste con la pelirroja, estando yo presente, te llamó « hijo de la diosa», por tu nombre, pero le preguntaste confuso si es que lo sabía —levantó el dedo índice y me señaló con él—, ya que pensabas que estaba aludiendo a tu procedencia.

Tan despistado estaba en escucharla, que Chucho me robó el bocadillo y se largó con él. Tenía suerte de ser el único al que permitiría algo así. Sacudí la cabeza y volví a atender a la maga.

—Y una cosa más —continuó—, también sospecho que si Griselda se salvó fue por algún tipo de intervención divina de la que tú fuiste partícipe. Era imposible que se curase de una enfermedad de la cual no conocíamos la cura. Y… creo que no me dejo nada.