Málakor 3 CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

De sinónimos letales

N o sabía dónde meterme. Bueno, sí lo sabía, pero no había ningún agujero disponible en las inmediaciones.

O tal vez sí, y Knegara estuviera llena de madrigueras vacías ahora que sus animales habían perecido por mi culpa.

Caminé sin rumbo durante un rato, peleando conmigo mismo sobre si tomar dirección hacia mis responsabilidades en la ciudad o coger un camino que me llevase lejos de allí.

Pero ¿iba a huir sin más? ¿Iba a ser tan cobarde de largarme sin decirle la verdad?

No era justo. No después de haber quemado Knegara.

Haber.

Quemado.

Knegara.

Casi se me sale el alma por la boca al pensarlo de nuevo.

Me escurrí entre las gentes, tratando de poner la mente en blanco, como si pudieran llegar a leer mis pensamientos y saber lo que había hecho.

Ni Azani me salvaría de su furia si los knegaritas llegasen a saberlo.

Me quemarían vivo, igual que yo había quemado su ciudad.

Sería mi propia versión de la historia de mi padre.

Pero yo no tenía Eydrin alguno al que abrazarme hasta morir. Por suerte para él.

Mi padre…

No había vuelto a verlo desde aquella noche, aunque una parte de mi corazón me decía que estaba bien.

El incendio no había llegado hasta el cementerio y él corrió más allá.

Esa era mi esperanza. Tampoco había visto a la diosa o a la pelirroja.

Y, en esos momentos, habría agradecido que cualquiera se presentase ante mí, me diera un abrazo y un buen consejo.

Aunque mi abuela, seguramente, me soltaría algo enigmático que empeoraría la situación.

¿Sabría ella que la culpa de que se hubiera quemado la ciudad de sus protegidos la tenía yo? ¿Me desheredaría por ello? ¿Me… ?

Choqué de bruces con alguien, y eso cortó el hilo de mis pensamientos.

—¿Dónde vas tan aprisa, por todos los dioses? —El bardo se alisó la levita con la mano libre, en la otra llevaba una carpeta a rebosar de papeles.

—A… A… —Miré alrededor, no sabía ni dónde estaba.

Vi una plaza en la que, bajo varios tenderetes abiertos, había unas cuantas mesas.

Sus superficies estaban llenas de papeles, tinteros, pequeños baúles y otro sinfín de cosas.

En ellas, un montón de gente firmaba y sellaba documentos a toda prisa, para luego dispensárselos a otros que salían corriendo con ellos.

Otros contaban monedas y las ponían en saquillos que entregaban a este o aquel.

—Es igual, ¿qué estás haciendo aquí? —le pregunté.

—Ando con mis rollos diplomáticos, como tú los llamas.

—Soltó una leve risa—. Coordino con los administrativos el flujo de las cuentas de suministros de la ciudad.

El Administrador Jefe de Knegara ha muerto en el incendio, los dioses lo guarden, y soy bueno en esto de los balances.

Me encantan las sumas y las restas, son una cosa de lo más divertida.

Sé que no todos vais a estar de acuerdo con eso. Yo tampoco. Pero es el bardo, qué le vamos a hacer.

—Vale, pues pronto vas a sumar mi muerte a mi fallecimiento.

—Morir y fallecer son sinónimos. Si lees el RDALA, el Real Diccionario de la Academia de la Lengua de Ardacia, verás que….

—¡Bardo! No voy a mirar ningún diccionario de ninguna academia y menos de Ardacia —bufé—. Te hablo en serio.

—Y yo.

Se le fueron los ojos a un grupo de knegaritas que, apostados a unos pasos, me miraban ceñudos.

—Otra vez te has puesto esa capa.

—He hecho cosas peores en Knegara que llevar esta maldita capa de la discordia.

El bardo se rascó bajo la oreja, pensativo.

—Vamos a comer, anda, y me cuentas qué te pasa .

Eso era muy buena idea. Tanto a él como a Medora tenía que decirles lo que había sabido, hablar con alguien de eso y que me ayudase a racionalizarlo o acabaría huyendo solo a los túneles con tal de no enfrentarme a la ira de la exploradora cuando lo supiese.

—Sí, busquemos a la maga. También debe saberlo.

Hizo una señal con la mano a un muchacho que andaba en una mesa cercana, le dio la carpeta y le pidió que se hiciera cargo de su trabajo hasta su vuelta. El otro asintió al punto.

Dejamos atrás la plaza y nos adentramos en el bullicio de una calle.

Aún quedaban cosas que sacar de las casas.

Los ciudadanos, llenos de sudor y hollín, las apilaban en montones.

Uno para las calcinadas e inservibles; otro para aquellas que podían salvarse.

La calle parecía un desierto gris lleno de dunas.

Clavé la vista en el frente, intentando no fijarme en los estragos que mis acciones habían causado. Ni tampoco en las miradas de los comelechugas, que eran como dardos. La angustia me atenazaba el pecho.