CAPÍTULO 24
De una historia de odio y de ser comido por las arañas
C omo de costumbre, Leyla se alegró mucho de verme. Me senté en el camastro a su lado, le di el saludo de Hach y le puse al corriente de cuánto sucedía en el exterior. Al saber que los trabajos de limpieza y reconstrucción iban viento en popa, se le dibujó una gran sonrisa.
—Me han dicho que pronto me dejarán salir a dar un paseo. Y espero que ese pronto sea ya, o me volveré loca. No sé estar encerrada. Lo mío es…
—Retozar entre lechugas, ya lo sé.
Rio con ganas, y volvió aquella espantosa tos. Estiré la mano para coger un vaso de agua que había sobre la mesita.
—Ten, bebe un poco. —Lo puse en sus manos.
Lo tomó a pequeños sorbos. Igual de pequeñas fueron sus aspiraciones posteriores, llenando apenas de aire sus afectados pulmones.
—¿No crees que hay algo que deberías de haberme contado? —Dejó el vaso en la mesita, con la vista clavada en la capa de la discordia. Me la había vuelto a poner, porque la mañana estaba helada.
—No sé de qué me estás hablando —dije en serio.
—Boric me lo ha dicho. —Me regañó con la mirada—.
No deberías callarte algo así, si los muchachos de mi Círculo se portan mal, debo saberlo.
Supongo que por eso se han marchado Darcy y Griselda tan pronto.
Hemos perdido su valiosa ayuda, a causa de…
—El resto de la frase se le quedó suspendida en los labios.
—Supongo que ibas a decir «una tontería», pero no lo es. Al menos no para la gente de Knegara —dije—. Moriremos, morirán nuestros descendientes y los que vengan después; morirá hasta la última hormiga de estos bosques, y las rencillas del pasado seguirán consumiendo a quienes las recuerden.
Asintió a mis palabras.
—Y todo por lo que pasó entre Iliana y Derian. —Pronunciar esos dos nombres en la misma frase era como conjurar al infortunio, y, al hacerlo, a Leyla se le avinagró la expresión—. Hay algo de ellos que no sabes, Málakor. Poca gente lo sabe.
—Y supongo que me lo vas a contar.
Me pidió ayuda para incorporarse un poco más en la cama. Le puse unos cojines tras la espalda. El lecho crujió bajo el movimiento, pero ella se acomodó. Intrigado, retomé el lugar a su lado y esperé a que hablase.
—Iliana rechazó a Derian, pero tiempo después de lo que sucedió, fue a buscarlo a Ledaria.
Trató de hacerlo entrar en razón. Le dijo que estaría con él si eso cambiaba las cosas.
Una parte de sí misma lo amaba. O al menos amaba al muchacho que Derian fue cuando estaba en Knegara.
Pero estaba dispuesta a aprender a amarlo, a sacrificarse por el bien de todos nosotros —relató, y a ratos le tembló la voz—.
Durante unos días, Iliana albergó esperanzas.
Yacieron juntos incluso. Sin embargo, para él…
ya era demasiado tarde. En su camino hacia el odio, no había punto de retorno.
Aunque sí un mínimo de luz, porque la dejó marcharse de la isla.
No le hizo ningún daño. Al menos no físicamente.
En todos estos años, Derian y ella podrían haberse matado el uno al otro, con sus propias manos, cuando se han enfrentado cara a cara. Nunca lo han hecho.
Tragué aquella información, atónito, con la misma angustia que tragaría obligado un plato que sabe mal.
Recordé el día en que los vi juntos en el puerto de Ledaria.
La memoria de lo sucedido me llegó con gran claridad.
Las palabras que se profirieron. El modo en que se miraron.
No hallé más que odio. Pensé que no habría otra cosa, hasta que recordé algo que ella dijo, y que me llegó entre estruendos y gritos. Un recuerdo que puse en voz alta:
—«No me puedo creer que nosotros…». Eso le dijo Iliana a Derian. En el puerto de Ledaria, cuando me salvó de él. Ahora sé por qué. Por esos días que estuvieron juntos. Esos días en los que tu jefa albergó algo de esperanza.
Hasta me pregunté si es que ella no le habría dejado escapar. Sin embargo, no se lo dije a Leyla, porque a nada bueno nos habría conducido.
—Sí, seguro que sí. Dicen que él jamás estuvo con nadie, ¿es eso cierto?
—Lo es. No hubo mujer u hombre en su cama. Ni siquiera la diosa Emer, si es que esa leyenda es cierta.
—No la olvidó. —La exploradora clavó la mirada en sus manos—. Una parte de él se arrepintió para siempre, pero el odio no lo dejaba ver.
—Mira, Flechas, me da igual que el negro corazón de Derian fuera capaz de sentir algo remotamente parecido al amor, por llamarlo de alguna forma. Eso no quita que fuera un gusano. No hace menos crueles sus crímenes.
—Lo sé, no lo digo por eso. Es solo que entiendo que, aunque odiándose, pudieran amarse. —Su expresión vibró entre la duda y la esperanza—. ¿Crees que Lúdric se arrepentirá algún día?
No imaginé que la conversación llegaría a ese punto, pero, allí estaba, delante de mi cara. Ya no sabía si es que ella la había iniciado con ese propósito o solo había sido casualidad.
—No lo sé. Quizá no le dé tiempo a arrepentirse, porque le cortaré la cabeza antes —respondí con disgusto. Me levanté de una, tan abruptamente que el lecho se agitó—. Pide otra cama. Tantos árboles para luego armar una cosa con cuatro palos contados.
En cuanto lo dije, me arrepentí. Había pronunciado el más desafortunado de los comentarios. Knegara estaba herida, sin parte de esos árboles.
—Lo siento —repuse aprisa.
Su semblante estaba triste. No supe discernir por cuál de mis comentarios.
—No pasa nada. —Apretó los labios, aún con la mirada gacha, y soltó el aire de una por la nariz—. Málakor, ni los bosques ni la ciudad tendrían que haber ardido.
—No, desde luego que no.
—No me estás entendiendo.
Levantó la mirada hacia mí. Sus pupilas reflejaban la advertencia de que algo grande estaba por venir. Apoyé las manos en las caderas, como si pudieran sostenerme ante una mala noticia.
—¿A qué te refieres, Leyla?
—Cuando digo que no tenían que haber ardido, hablo de un modo literal. Se supone que no podían arder. Toda Knegara estaba protegida por un ritual de los druidas. No sabes la de veces que los de Ledaria intentaron prenderle fuego.
Recordé que Háchpirey me había hablado de ese ritual.
—Y… —Tragué saliva fatigosamente; sentía la garganta más seca que si llevase días sin beber—. Y ¿por qué ha ardido entonces?
—Alguien activó uno de los círculos de piedras.
—¿Cómo dices? —La voz me tembló.
Me miró extrañada, pero se lanzó a explicármelo al momento.
—Alguien canalizó un hechizo tan poderoso, que el que protegía la ciudad menguó en demasía, y la magia de Pelnor pudo con él.
El hechizo volvió a su ser, pero… muchas horas después.
Nadie activa esos círculos desde hace siglos, porque, aunque su magia perdure, los últimos druidas que protegían Knegara murieron, y hay que tener un gran poder para conseguirlo.
No entiendo qué pudo pasar, de verdad que no. Cómo Pelnor fue capaz de hacerlo.
Yo sí lo entendía, pero, si lo decía en voz alta, firmaba mi sentencia de muerte. Knegara había ardido por mi culpa. Knegara había pagado el precio para que yo pudiera conocer la verdad.
Ni siquiera pestañeé. Temía que cualquiera de mis gestos me delatase.
Si la exploradora se enteraba de que había sido mi culpa, no le harían falta flechas ni arco para asesinarme.
Lo haría con sus propias manos. Luego me haría cachitos y me echaría en telarañas de aquí y de allí.
Se pararía a ver cómo me comían las arañas, con una sonrisa feliz.
Una vez las patilargas me hubieran devorado, se las daría a comer a otros bichos más grandes, así hasta que yo hubiera pasado por los aparatos digestivos de toda la fauna de Knegara.
—¿Por qué me miras así? —Se removió incómoda.
—Por nada. —Me rasqué la cabeza. Los nervios me habían levantado picores—. He recordado algo de repente. Una cosa urgente que debo hacer. Tengo… Tengo que irme. Cu-cuídate, por favor. Vendré a verte.
O no.
Sin darle opción a réplica, salí de allí como si estuviera a punto de abrirse un agujero bajo mis pies si no los movía.