Málakor 3 CAPÍTULO 23 #2
28%

CAPÍTULO 23 #2

—Te juro que a veces parece que lo entiendas, Málakor —dijo Medora.

El perro le hizo fiestas a la maga y a Hach, y se llevó su ración de carantoñas correspondientes. Era un mimado. Entretanto, le di vueltas a cómo decírselo, pero no se me ocurría una manera mejor que otra, así que lo solté de una. Como cuando tienes una espina clavada y la sacas del tirón.

—Es que… hablo con él, literalmente. Entiendo lo que dice.

—Me entiende más que a vosotros cuando habláis de cosas raras.

Me aguanté la risa.

—Ah —dijo Hach, acordándose quizá del asunto de las piedras—, comprendo.

—Interesante. —Medora se acarició la barbilla.

Chucho ladró .

—¿Qué ha dicho? —preguntó la maga.

—Nada esta vez. ¿No me vas a decir que he perdido la chaveta o algo así?

—No eres la primera persona que conozco que entiende a los animales —dijo como si tal cosa—. En Téramo, uno de mis compañeros hablaba con ellos fluidamente. Lo aprendió de un viejo grimorio, de esos que guardan en los estantes prohibidos de la biblioteca. Esos que yo jamás he visto.

—Claro, jamás de los jamases —dijo el bardo con media sonrisa, que ella correspondió.

—No sabía que fuera algo común entre magos.

—No, común no es —indicó Medora—. Pero no es descabellado tampoco. Lo que me resulta curioso es que lo hagas tú, que no tienes el don de la magia.

—Eh… —titubeé.

Háchpirey, a toda prisa, salió al rescate.

—Hay leyendas de seres que se comunican con los animales aún sin tener el don de la magia. Relaté unas cuantas de ellas en el quinto volumen de las Crónicas de Luara .

—Las he leído, Hach, y todos esos seres tienen algún tipo de conexión con la magia. Como los druidas, los meurvor , los kily-senis … —dijo una decena más de nombrajos raros, así que me perdí a la mitad—. Las bolas de fuego no van por ahí. Intentáis despistarme de algo más importante.

—Desde luego que sí —dijo Chucho.

Lo mandé callar con la mirada.

Él replicó con un ladrido, pero un carro a rebosar de bollos llamó su atención, así que se largó. Yo estaba demasiado ocupado en el asunto que teníamos entre manos como para regañarle más.

—Ya me lo contaréis cuando os dé la gana, o, mejor aún, lo averiguaré yo. —Medora puso gesto avezado—. Me lo tomaré como un reto personal. Como esos que me lanzaba Verne. Echo de menos al maestro…

—Algún día podrás disfrutar de nuevo de su compañía.

Asentí, apoyando las palabras del bardo. Ella dio una palmada que sonó hueca a causa de sus mitones .

—¡Eso es verdad! —dijo.

Chucho regresó con nosotros, atrapó los bajos de la túnica de la maga entre los dientes y tiró de ella con suavidad.

—Me temo que debo marcharme a dar clases. Chucho —le acarició las orejas—, ya nos vamos. Le encantan las clases. Los niños lo tienen consentido.

El perro la soltó, ladró feliz y se sentó a esperarla.

—Siempre me dan galletas —dijo.

—Un día te empacharás —suspiré, negando con la cabeza—. Maga, antes de irte, ¿puedo hacerte una pregunta sobre eso de hablar con los animales?

—Las que quieras. Si no sé la respuesta, investigaré.

—Esa es la clave —anotó el bardo, orgulloso de ella.

Medora le dedicó un guiño.

—¿Cómo lidiaba ese mago con ello? Solo entiendo al perro, a ninguno más.

—A él le pasaba lo mismo al principio, pero aprendió que para escuchar la voz de un animal primero hay que ponerle un nombre. Eso es algo muy humano, los personifica, ¿entiendes?

Asentí, comprendiendo por qué entendía a Chucho, y sonreí, agradecido, con otro peso menos encima.

—Por cierto, si le huele el aliento, llévalo al veterinario —dijo el bardo—. Es experto en animales, te dirá si el aliento es normal y le hará una revisión, en general.

Chucho ladeó la cabeza.

—Mejor llévalo a él. Por cómo viste, le hace falta ir al médico.

Me callé una risa.

—Sí, y también deberías enseñarlo a comportarse —dijo Medora.

—¿Málakor enseñando a comportarse a alguien?, eso me gustaría verlo —soltó Hach entre carcajadas.

—¿Crees que no soy capaz?

—Los perros se parecen a los dueños —dijo mi amigo.

—Sí, y este se parece mucho a ti, Espadita. Comilón, escandaloso y de hacer lo que le da la gana .

—¿También me huele el aliento? —Solté un poco en la palma de la mano—. Pues no, no me huele. Y yo no soy su dueño. Solo su… acogedor temporal.

Chucho gimió con lástima.

—Qué manipulador eres —bufé, sacudiendo la cabeza.

Mis amigos se echaron a reír. Medora se despidió de nosotros, con la promesa de vernos a la hora de la comida. Chucho se fue con ella, moviendo feliz el rabo.

Los observé hasta que los perdí entre el gentío.

Luego, volví a apoyarme en la balaustrada, encarado hacia el mar.

El bardo se acomodó a mi lado. Contemplamos un poco más el paisaje, abrigados por el sonido de las gaviotas, del bullicio del puerto, de las olas.

Un soplo de reconfortante aire salado nos movió los cabellos.

Traté de aspirarlo con ganas, pero volvió la tos. Hach me palmeó la espalda con suavidad.

—Tienes una tos perruna.

Un pensamiento que me venía asaltando desde el incendio se conjuró en mis labios.

—No sé ni cómo no me ahogué ahí dentro. Supongo que porque Azani estaba allí, o porque había agua y… No sé, bardo.

—Eres un semidios, aunque a veces se te olvide. Tal vez sea la parte divina que hay en ti la que te salvó de morir asfixiado en la posada. En cualquier caso, no volverás a hacer nada parecido, jamás.

—Lo haré si es necesario.

—No lo harás. No te pondrás así en peligro. —Levantó las cejas con gesto aleccionador—. Prométemelo.

—Estuviste metido en un pozo a riesgo de congelarte —respondí con igual expresión—. No soy el único que fue imprudente, así que no pienso prometerte nada.

Chasqueó la lengua mientras sacudía la cabeza.

—Eres imposible…

—Lo sé. Voy a ver a Leyla. ¿Vienes conmigo?

—No, tengo que terminar de resolver unos asuntos aquí y luego estaré en la plaza, con los administrativos. He de escribirle a Valpuga y a Palas, hacerme cargo de …

—No me cuentes tus rollos diplomáticos, no tengo ganas de quedarme dormido. Pásatelo bien, nos vemos en la comida.

—Dale recuerdos a la exploradora.

Sin más, nos despedimos, aventurándonos hacia diferentes direcciones, en medio de la marea de gente del puerto.