Málakor 3 CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

De despedidas, dones y añoranzas

D arcy pasó un día más en Knegara, pero no dos más.

El bardo, Medora y yo fuimos a despedirlos a él y a Griselda bien temprano.

En el muelle, a la sombra de un majestuoso navío que se preparaba para zarpar, rodeados de otros que también se decían adiós, la costurera me abrazó con todas sus fuerzas.

Y yo a ella. No con todas mis fuerzas claro, la habría partido en dos.

Era delicada como una taza de porcelana, al menos por fuera.

—No sigas creciendo más, Málakor, o no tendré tela suficiente para hacerte camisas nuevas cuando te vea. —Se separó de mí. Con gesto risueño, dijo—: ¿Te acuerdas de lo bien que lo pasamos en esos meses en Ardacia, cuando te quedaste en casa de Hach?

—Me acuerdo del calvario que me hiciste pasar tomándome medidas, llevándome a fiestas…

—No seas gruñón —regañó—. Me quedaría un poco más para seguir ayudando, pero ya sabes.

Miró de reojo a Frederic, que se despedía de Hach; asentí comprensivo.

—Es mejor que nos vayamos —continuó—. Comprendo a los de Knegara, aunque me duela que sigan pensando que mi querido Frederic podría hacerles daño alguno. Así es la vida, ¿no? Gente peleando constantemente, en vez de quererse y ser felices.

Estaba convencido de que Griselda sabía de sobra que el problema con lo que Darcy o yo significábamos para las gentes de Knegara era mucho más complejo que eso; sin embargo, era su manera de expresarlo, y no iba a corregirla.

—Sí, Gri, así es la vida .

Sonrió, con un brillo lleno de cariño en la mirada.

—Mi querido amigo, volveremos a vernos y nos contaremos todo lo que hemos hecho.

Asentí, tragándome la amarga sensación que me producía saber que tardaría en verla. Quizá más que la última vez. Quizá… para siempre. Nuestro camino en los túneles era incierto y estaría lleno de peligros.

—Te echaré de menos, Griselda.

—Oh —dijo emocionada—, y yo a ti. Recuerda que tienes que cuidarte. No quieras salvar el mundo tú solo. Nada de locuras. Y cuida de Háchpirey, de Medora, de Leyla, de Chucho y de ti mismo. A veces te preocupas tanto de los demás que se te olvida cuidar de ti.

—Lo haré, y, por favor —levanté las cejas, con gesto aleccionador—, vayas donde vayas, deja siempre la verja cerrada.

—Seguramente no lo haga. —Le salió una risa desde lo más hondo de la garganta. Más seria, repuso—: Sé que le dijiste a Frederic que era mejor que nos quedásemos en un lugar seguro. Ardacia o Knegara, aunque ya ves que aquí no podrá ser. Además, tengo ganas de emprender nuestro viaje.

—Griselda…

Me puso el dedo en los labios, con suavidad.

—Te prometo que será un viaje corto, de un año. Luego regresaremos a Ardacia y haremos de ella nuestro hogar. Un hogar hermoso, seguro y lleno de cosas bonitas.

Y con una guerra civil gestándose, pensé, cayendo en la cuenta de eso. Sin embargo, me dije a mí mismo que, si eso llegaba, ya nos ocuparíamos del problema.

—Deseo tanto descubrir nuevos lugares, vivir aventuras —continuó ella—. Vosotros viviréis las vuestras, y eso me hace feliz, lo que pasa es que… quiero poder contar las mías a mis nietos el día de mañana.

—¿A tus nietos? —Darcy se acercó y la miró con una sonrisa pícara—. Dime que también serán los míos.

Ella le dio un beso corto, tímido. Al exledarita se le puso la cara de la mismísima felicidad.

Iba a meterme con ellos, pero no me salió.

Parecían tan felices juntos que habría sido como romper algo sagrado.

Estaba perdiendo facultades. Igual por lo bonito de la sonrisa de Griselda, que me secaba las malas ideas.

Medora y Hach se despidieron de la costurera. Aquello se alargó varios minutos, como sucede a menudo. Con lo fácil y rápido que es decir: «adiós», y largarte. Fácil, y menos doloroso. Entretanto, Darcy y yo, parados el uno junto al otro, nos miramos de reojo.

—Cuida de ella, eh —le dije, serio como un funeral—. Cuídala si no quieres que te ponga en mi mesita de noche como si fueras un candelabro después de haberte cubierto de aceite hirviendo.

—Sí, Arben —resopló—, ya sé que me matarías si le hiciera algo a Griselda, lo pillé hace tiempo. Me quedó claro como agua fresca.

Conforme, nos dimos la mano. Él tiró de mí para abrazarme. Me sentí bien al corresponderle. Darcy me había salvado la vida. Además, tenía el corazón y la seguridad de una de mis personas más queridas en sus manos.

Estaban a punto de subir al barco cuando Griselda me besó en la mejilla. Atesoraría aquel beso como un saco de diamantes bien gordos.

Los vimos partir, mezclados con la marea de gente que agitaba sus pañuelos para despedir a los suyos.

Darcy y la costurera nos dijeron adiós desde cubierta.

Medora soltó un suspiro. Entre Hach y yo, apoyó la cabeza en mi brazo y la mano en el hombro del bardo.

Me pregunté cómo sería vernos a los tres juntos, tan diferentes como éramos. Y esa idea me hizo sonreír.

—Odio las despedidas —dijo la maga—. ¿No sería maravilloso no tener nunca que decir adiós a las personas que queremos?

—Si no tuviéramos nunca que decirles adiós, Medora, no valoraríamos tanto el tiempo que transcurre desde el «hola» —dijo el bardo.

—Puede ser… —musitó ella.

No dije nada, porque nada útil podía decir, pero las palabras del bardo se me clavaron hondo. Las comprendí, en toda su magnitud .

Medora señaló al frente, unos muelles más allá. En un asta, en la popa de un magnífico navío, ondeaba la bandera de Téramo. Púrpura, como sus tejados; gris, como sus callejas, y no sé qué más porque un golpe de aire me impidió verlo.

—Supongo que tendré que hacerme a la idea de que jamás regresaré a Téramo —dijo la maga.

—Quizá no regreses a Téramo, pero te queda por delante un mundo por descubrir. —El bardo le acarició el brazo para reconfortarla, mirándola con franqueza—. Ahora mismo es mejor que estés en cualquier parte menos ahí.

Ella y yo, sin más remedio, asentimos.

—A pesar de todo, amigos míos, lamento que las cosas hayan acabado así para Pelnor.

—Pues yo no. Mago bueno, mago muerto.

—Oye… —masculló—. ¿Y yo qué?

—Es que tú no eres una maga, eres Conjuritos.

Le eché el brazo sobre los hombros y la atraje hacia mí. Ella levantó la barbilla, yo la bajé. Nuestras miradas se encontraron. El violeta de los ojos de Medora me resultaba algo tan único que, cada vez que lo miraba, me sentía como si estuviera asomándome a las puertas de un lugar mágico.

—Me siento mal por lo que tuviste que hacer, Málakor.

—Pues no lo hagas, porque me cargaría a trescientos como él por ti.

Ella asintió, con los ojos vidriosos.

—Yo también lo haría por ti. Por vosotros. Es solo que… pienso en Carena. Casi matas a su esposa y ahora has matado a su ahijado. Temo que se enfade contigo, que no te perdone.

—Lo hecho, hecho está. No puedo cambiarlo. El perdón de Carena no depende de mí. Si quiere dármelo, lo recibiré. Si no, seguiré adelante, porque no puedo hacer otra cosa. Tampoco he matado a Pelnor por gusto. Lo hice porque era una amenaza para ti. Para todos.

—Seguro que lo entiende. —Hach nos miró con ternura—. Conociéndola, dirá que se lo buscó. Todo quedará zanjado. Lo importante es que ni Medora ni tú os vais a ver envueltos en más problemas con Téramo .

—Sí, eso atrasaría nuestra partida a los túneles —anoté.

—Me temo que tendremos que retrasarla igualmente, quizá un mes o dos.

—¿Tanto? —repliqué disgustado—. Eso significaría darle más ventaja a Azskar, si es que anda en ellos como la cucaracha que es, y más espacio a esos elfos oscuros de los que Anamkha y Darcy me han hablado, para hacer lo que quiera que estén haciendo.

—Pero no queda más remedio —dijo él con franqueza—. Tenemos que quedarnos, seguir ayudando a estas gentes. Arrimar el hombro en la reconstrucción. Sobre todo ahora, cuando el caos predomina sobre el orden. Ahora es cuando hace falta más ayuda.

—Además, Leyla no está en condiciones de ir a ninguna parte —anotó mi amiga—. Se negará en rotundo a que nos vayamos sin ella.

—¿Y desde cuándo le hago yo caso a la exploradora?

Medora y Hach me miraron con las cejas alzadas.

—Lo sé, lo sé. Corramos un tupido velo. Entiendo que nos tengamos que quedar un poco más.

El bardo me palmeó el hombro, mientras sonreía con gesto agradecido. Un ladrido de Chucho nos hizo mirar a nuestra espalda. El can, entre la gente, usaba su técnica de ver qué conseguía de unos y otros.

—Por los dioses, deja de molestar a todo el mundo.

Me miró, levantó las orejas y corrió alegre hacia mí. Como ya iba siendo costumbre en él, se me lanzó al pecho, a riesgo de tirarme de espaldas una vez más. Por fortuna, lo sujeté a tiempo, en el aire, o habríamos acabado los dos en el filo del muelle o dándonos un chapuzón.

—¡Chucho! —Lo sostuve bajo las patas delanteras, alzándolo ante mí—. Tienes que dejar de hacer esto.

—Porque tú lo mandes.

—Pues claro que yo lo mando.

Por si alguien lo ha olvidado, las piedras me dieron el don de escuchar la voz de algunos animales.

La parte buena es que no oigo lo que dice hasta la última hormiga que pasa junto a mi bota, eso sería un horror.

Ya tengo bastante con Hach parloteando todo el día.

La mala, en ese entonces, es que no sabía cómo hacer lo contrario: escucharlos.

Lo de Chucho surgió solo. De repente. Y era el único animal al que podía oír.

Aunque, a veces, más que un perro, pareciese un humano.

Un señor mayor que se pasaba el día haciendo bromas y llevándome la contraria.

No le había dicho nada aún a Hach (aunque él sabía lo de las piedras, no conocía el detalle de que ya escuchaba a Chucho) ni tampoco a Medora, porque tenían cosas más importantes de las que preocuparse. Todos las teníamos. No obstante, tendría que hacerlo pronto.

Chucho ladró con ganas. Su terrible aliento me pegó en la cara.

—Hueles peor que una letrina de Ledaria, ¿estás podrido por dentro?

—No huele peor que los pedos que te tiras.

Fruncí el ceño.

—Te voy a dar un sopapo, Chucho. —Lo dejé en el suelo, y le revolví el pelo entre las orejas.

—Deja de despeinarme.

—Ya estabas despeinado.