CAPÍTULO 22
De la eterna guerra y de elegir la paz
M ientras recorría las calles grises de ceniza y hollín, entre edificios calcinados, la gente me miraba, me señalaba con disimulo, cuchicheaban entre ellos.
Pronto comprendí que era por la capa de explorador.
En Knegara, ya todos me conocían. Y sabían lo que había sido.
Y aunque una parte de ellos hubiera aceptado mi presencia allí, ver a un exasesino llevar aquel símbolo debía de provocarles sarpullidos.
Me sentí tentado de quitármela, pero no quería disgustar a la exploradora.
Cuando llegué a la vera del río, Darcy, Senris y otros veinte knegaritas cargaban los troncos en varias carretas.
El aire allí era más fresco, pues todo seguía revestido de verdor.
Los pulmones tenían un respiro de tanto polvo y cenizas.
El ambiente era animado. La mayoría eran muchachos jóvenes, pero había dos de mediana edad, que daban las órdenes.
En cuanto se percataron de mi presencia, se hizo el silencio.
Sus ceños se contrajeron. Darcy, que recogía un cabo suelto de la carreta, se incorporó y nos dedicó una mirada de extrañeza.
No hizo falta que preguntase qué sucedía, porque uno de los knegaritas, joven y con gesto desconfiado, se atrevió a decirme lo que otros callaban.
—¿Qué se supone que haces con una capa de Knegara, ledarita? —Clavó luego la mirada en Darcy—. No entiendo por qué tenemos que aguantar vuestra presencia aquí.
Todos detuvieron sus tareas y nos miraron atentos.
Hasta me pareció que los pájaros que andaban por los árboles lo hacían.
Frederic carraspeó y se cruzó de brazos, cabo en mano.
Por cómo me miró, esperaba que contestase yo.
Quizá porque, si lo hacia él, acabaría con el cabo anudado al cuello del explorador y el comehierbas colgando de un árbol .
—Mira, come… —Callé, apreté los párpados y me armé de paciencia para contestar.
No quería empeorar la situación—. Ya no tengo nada ver con Ledaria; tampoco mi amigo.
No tengo por qué darte explicaciones, pero lo haré, no quiero problemas.
Esta capa me la ha dado Leyla. La mía se quemó en el incendio, así que ha pensado que necesitaba una.
Se corrió un murmullo entre ellos, hasta que el mismo chico dijo:
—Podría haberte dado otra cualquiera, no una de explorador. —Apoyó las manos en las caderas y levantó la barbilla—. Es… un insulto que la lleves. Es un insulto que estéis aquí. Quítatela.
Escuché el crujido de la tierra. Miré a mi derecha. Darcy estaba ya a mi lado. El cabo crujió también entre sus manos crispadas.
—Déjalo, Darcy —le dije en voz baja—. Esto es justo lo que está buscando.
—Estoy arrimando el codo como el que más. Llevo diez días dejándome la vida para ayudarlos. Lo último que quiero oír son mierdas que tengan que ver con el maldito pasado —soltó para que todos lo oyeran—. Son unos putos desagradecidos.
Corrió otro murmullo; se inundó el claro de gestos de preocupación, ira o recelo.
Seis de ellos cogieron herramientas de aquí y de allá, y dieron un paso hacia nosotros, incluido el que había iniciado aquello.
Darcy enrolló las terminaciones del cabo en cada una y tensó la cuerda de un seco tirón.
Mi primera intención fue llevarme la mano a la daga, pero tomé aire y la puse sobre la cuerda de Darcy.
—Por favor —casi supliqué—. Esto no es necesario.
—No, no lo es —dijo Senris, que no se había movido.
Dos enormes gotas de sudor le cayeron por la frente—.
Málakor nos salvó a los Aderwyn de morir, salvó Knegara acabando con Pelnor.
Está trabajando en la reconstrucción de la ciudad como el que más, igual que Darcy.
No creo que no se merezca llevar esa capa, más aún si mi hermana, capitana del Primer Círculo —remarcó—, se la ha dado.
Y su amigo, como él mismo ha dicho, aunque no con las mejores palabras, también nos está ayudando en lo posible.
Además, ahora mismo tenemos cosas más importantes de las que ocuparnos que de viejas rencillas .
—¿Viejas rencillas? —gruñó uno de los del grupo—, cómo se nota que no has visto morir a tu padre agonizando por el veneno ledarita.
Senris se volvió hacia él, serio como si le hubieran clavado un puñal.
—A mi padre no, pero a mi abuelo sí. Y también a mi hermana. No por el veneno, pero sí por la ponzoña del hombre que la traicionó. ¿Es que pensáis mataros los unos a los otros? Lo último que necesita Knegara son más muertes.
—No si se trata de la muerte de dos ledaritas —respondió otro, aferrando la sierra de cortar madera como si se tratase de una espada—. A ese —me señaló con la cabeza—, aún puedo aceptarlo aquí, por ser quien es, pero al otro no. No me gusta que ande por Knegara.
—Vamos, vamos —intervino uno de los mayores—, esto es totalmente innecesario.
Los seis comehierbas se miraron entre ellos, pero no parecían dispuestos a dar su brazo a torcer.
—Si dan un paso… —me dijo Frederic.
—Piensa en Griselda —le recordé—. Piensa en lo que pasará si mueres.
Él aflojó la cuerda, aunque no bajó la guardia.
—La guerra de los exploradores y los asesinos ya no es nuestra guerra —me dirigí a los demás—. Solo queremos ayudar, vivir en paz. Nada más. Si esta capa supone un problema, me la quitaré. —Me llevé la mano al broche de enredaderas.
—Si lo haces, estarás cediendo a sus amenazas —dijo Darcy.
—Prefiero ceder a sus amenazas que un derramamiento de sangre.
Esta vez, elijo la paz. —Desprendí el broche de la capa y me la quité.
La doblé, mientras me acercaba al grupo de indignados—.
Eso sí, no seré yo quien le diga a Leyla Aderwyn por qué no la llevo —dije tendiéndosela—.
Quizá, si tenéis arrestos de poner esto en sus oídos, os deis cuenta de lo bochornoso de vuestro comportamiento y no sintáis más que vergüenza de vosotros mismos.
Una vez más, corrieron las miradas entre ellos. Los carraspeos incómodos. El más joven de todos soltó su improvisada arma, un martillo. Cayó al suelo a plomo, y el sonido atrajo la atención de los demás.
—Leyla es mi capitana —dijo—. No quiero que se sienta avergonzada de mí. ¿Quién me ayuda con ese tronco?
Avanzó hasta situarse junto a uno, tan grande que harían falta las fuerzas de todos para levantarlo.
—Yo —dijo el hombre que había hablado antes en nuestra defensa, y se acercó a él.
—Gracias, Boric. —El muchacho miró luego al resto de sus compañeros—. ¿Nadie más?
Darcy soltó un suspiro, luego, el cabo. Me dio una palmada en la espalda y se unió a ellos.
Al pasar junto al resto del grupo, ni siquiera los miró.
Los otros knegaritas que no se habían metido con nosotros se sumaron también al joven y a ese hombre llamado Boric.
Al igual que Senris. Poco a poco, lo hicieron los demás.
Me quedé clavado en el sitio, con la sensación de que el filo de una daga había estado en mi cuello y había esquivado su corte por unos milímetros.
—¿Málakor? —llamó Senris.
Sacudí la cabeza y enfoqué la vista en él. A juzgar por cómo me miraban todos, no era el único que esperaba mi llegada. Dejé la capa doblada al pie de un árbol, ya pensaría más tarde en si ponérmela o no, y me uní al grupo.
—¡Bien! —clamó Boric—, coged los cabos. Tal y como habéis aprendido. Más maña que fuerza y todos a una. ¡Por Knegara!
—¡Por Knegara! —respondieron los muchachos.
—Por Knegara —dije yo, y le di un codazo a Darcy para que lo hiciera.
—Sí, por Knegara. —Acercó los labios a mi oreja, para susurrarme—: No pienso pasar un día más aquí.
Asentí, lo comprendía. Nadie quiere estar allá donde no es bienvenido.