CAPÍTULO 21 #2
—Y gracias también al bendito de Verne por no cejar en el empeño de rastrear la esencia de Pelnor en los hechizos que había conjurado. Me alegro de que el lumbreras del lameazufres no pensase en eso cuando ideó su plan de echarle la culpa de su imbecilidad. Medora y yo no tendremos más problemas.
—¿No? —alzó una ceja—, yo no estaría tan seguro. Vigilaría mi espalda si un mago anda cerca. Los habrá que estén resentidos. Esto generará tensiones diplomáticas de esas que se enquistan. —Suspiró con gesto cansado—. Te juro que no quiero volver a saber nada de la magia, en mi vida.
—Vamos, Leyla —le dije con ánimo—, no seré yo quien te quite la razón en lo que has dicho, ya sabes que detesto a los chupamandrágoras, pero ya se han largado, y el cadáver del abusón se fue con ellos. Si alguno viene a tocarme las narices, hago carne picada de mago en menos que canta un gallo.
Me miró en silencio por unos instantes, con el semblante turbado, tal vez a causa de algún pensamiento doloroso. No me equivoqué, porque dijo:
—Si llego a ser yo quien me hubiera encontrado a Pelnor, no me habría bastado con romperle el cuello.
Le habría arrancado las tripas con mis propias manos y se las habría hecho tragar.
—La ira que refulgió en los ojos de la exploradora fue tan intensa que hasta la sentí.
Soltó un gruñido, apretando las manos—. Por su culpa, ha ardido Knegara.
Mi hogar. Aunque no… —Rompió a toser de un modo violento.
Llamé a voces a un sanador, que llegó al punto. Atendió a Leyla, bajo mi nerviosa mirada. Le puso paños en el pecho, que olían a menta; le dio a tomar una infusión. Me quedé a un lado, con el corazón encogido, preguntándome si la exploradora volvería a respirar con normalidad.
—La capitana tiene que descansar —dijo el sanador después, cuando ella mostró mejoría—. No la entretenga más de lo necesario, muchacho. Ella no debe hablar demasiado. Ha de dormir y reponerse.
—No se preocupe, solo serán unos minutos —dijo ella.
Le habría dicho que hablaría con la exploradora tanto como me saliera de las narices, pero no le faltaba razón. Antes de irse, se acercó a comprobar mis vendajes y me hizo una cosa que llamaban auscultar, para ver cómo andaban mis pulmones.
—Ah, estás recuperándote estupendamente. A un ritmo mejor de lo esperado incluso. Tienes el favor de los dioses, no me cabe duda —comentó con tono alegre—. Y las infusiones que te prescribí son mano de la mismísima Yssal. Ella ha puesto su divina gracia sobre ti .
Días atrás, al señor curandero se le ocurrió mandarme tomar unas infusiones de hierbajos que sabían a rayos. Y habría esquivado mis obligaciones medicinales, pero Leyla y Hach estaban al tanto. Si no las tomaba, se pondrían insoportables.
—Sí, Yssal ha puesto su mano sobre él —dijo Leyla, con guasa, conocedora ya de mi secreto.
Levanté una ceja, fingiendo molestia, pero al poco me reí. Cuando el médico se marchó, le tendí a Leyla un vaso de agua y le pregunté si se encontraba mejor. Asintió, entre carraspeos, y dio un largo trago.
—Me siento impotente por no poder hacer más por ti.
—No pasa nada. —Dejó el vaso en la mesita—. Tengo que preguntarte una cosa, Málakor. Esta mañana he visto pasar a un montón de gente cargada de flores. No eran para remedios, eran para las tumbas, lo sé. ¿Cuánta gente ha muerto?, nadie quiere decírmelo.
No fui capaz de contarle que el fuego se había cobrado la vida de casi un tercio de los habitantes. Que había destruido más de mil casas por completo y que había arrasado hectáreas de bosque.
—Lo importante es que tú y tu familia estáis bien. Tienes que recuperarte y no pensar en nada más
—Knegara es también mi familia. Y para ti es fácil decirlo, no tienes pérdidas que lamentar aquí.
—Podría optar por la paz o por la guerra para contestarte a lo que has dicho, aunque, como estoy de buen humor, optaré por la paz.
—Me incliné hacia ella y le cogí la mano—.
No, no tengo pérdidas que lamentar; sin embargo, he estado a punto de perderte.
Por unos largos y agonizantes minutos, pensé que os había perdido a todos.
Así que, desde luego que para ti es todo terrible, pero tampoco digas que para mí es fácil.
Las mejillas de la exploradora se volvieron de un rojo brillante. Se quedó callada, mirándome a los ojos.
—¿Te he dejado sin palabras, Flechas? Mira que dejarte sin réplica es casi tan difícil como callar al bardo.
—No es eso; solo que me avergüenza haber sido tan brusca.
—No pasa nada. —Fui a soltarle la mano, pero me lo impidió—. Tengo que irme, y necesito llevarme la mano conmigo.
—¿Tan pronto? Sujetarte la mano me hace bien.
—Puedo irme y dejarte la mano si quieres. —Saqué la daga e hice el amago de llevarla a la muñeca.
Puso una cara de susto digna de enmarcar. Muerto de risa, guardé la daga en la vaina.
—Eres insufrible… —resopló.
—Lo sé. Ahora en serio: tengo que irme. Los albañiles necesitan brazos para descargar unos troncos que han llegado del norte del bosque. Están empezando a reconstruir algunas casas. Tu hermano me ha contado que los han traído a través del río, como si no fueran más que pliegos de papel.
—Es una técnica muy antigua, habitual aquí. No te demores más entonces —soltó mi mano despacio—, ya vendrá Chucho a hacerme compañía. Duerme a los pies de mi camastro todas las noches.
—Me alegro, desde luego es mucho mejor compañía la de un perro que la mía.
Aunque me miró con un regaño, al poco, mi sonrisa se le contagió.
—Por cierto, Málakor, me ha dicho Háchpirey que se metió en el pozo con los cuadernos. Que han quedado ilegibles. Aunque leyó algo importante, dice que no quieres saber qué es.
Las cartas de mi padre habían sufrido también aciago destino, el fuego las había quemado, pero, al menos, había sabido la verdad de sus propios labios.
—No sé, Leyla… —Me rasqué el cogote—. En ese momento estaba abrumado, y después han pasado tantas cosas… ¿Crees que debería saberlo?
—Deberías. —Asintió varias veces—. Aunque creo, firmemente, que te trastocaría la existencia. Quizá incluso te haría cambiar de rumbo. Pero si la diosa no te lo ha dicho ya, es que puedes vivir sin saberlo todavía.
—¿A qué te refieres con «cambiar de rumbo»?
—A… no meterte en los túneles, por ejemplo.
Ardía en ganas de saber más de aquello, pero no quería cambiar de rumbo.
No estaba dispuesto a hacerlo ni siquiera sabiendo que era el heredero de Ardacia, una cosa que, por cierto, me martilleaba a menudo las sienes y me las agujereaba con pensamientos intrusivos en los que cogía un barco para decírselo a Carena.
Tenía que decírselo. Hacerle caso al bardo.
Sin embargo, estaba muy asustado como para afrontarlo.
Intentaría convencerme de reclamar el trono. Yo no quería hacerle eso a Élinor.
—¿En qué piensas? Te has quedado mirando a la nada —dijo Leyla.
Sacudí la cabeza a toda prisa, enfocando la vista en ella.
—En nada. Ya… Ya me enteraré de eso más adelante. Ahora mismo tengo bastante con todo este lío. —La besé en la frente—. Descansa, por favor. Mañana vendré a verte.
Ella cabeceó y cerró los ojos. Me alejé del lecho; sin embargo, a unos pasos me detuve y me di la vuelta. Aunque me consumía verla postrada en una cama, al menos estaba viva. Se recuperaría. Tenía que estar agradecido por ello.
Tomé el filo de la capa entre las manos. Esperaba que Knegara pronto se vistiese de nuevo de aquel verde, símbolo de la esperanza, y que Leyla saliera de esa cama para volver a vestirlo también.