CAPÍTULO 21
De verde esperanza
D iez días después del incendio, la visión de Knegara reducida a cenizas seguía encogiéndome el corazón.
Era desolador ver todo consumido por las llamas.
Las copas de los árboles, raquíticas a causa del fuego; los troncos negros; las raíces casi calcinadas; los ríos de hollín y madera quemada.
Las casas eran poco más que esqueletos en los que quedaban en pie algunos huesos hechos de madera ennegrecida.
Hasta aquel lugar tan hermoso en el que vi a Iliana por primera vez estaba consumido por el fuego.
Pero, casi como por obra de los dioses, el árbol milenario, ese que me pareció era un anciano de rostro arrugado y amable que hubiera contemplado las idas y venidas del mundo, ese al que sonreí, seguía en pie sobre la colina.
Su figura majestuosa estaba siendo un símbolo de esperanza para todos.
Lo miraba cada día y le pedía en silencio que nos asistiera.
Gracias a la lluvia de Hach, el incendio se frenó antes de devorar el puerto o los bosques circundantes. A vista de pájaro, pensé, debía de verse un punto gris y enorme en medio del verde.
Medora, Darcy, Griselda, Hach y yo ayudábamos en cuanto podíamos desde el alba al ocaso.
Hasta Chucho cargaba desechos entre los dientes para moverlos de lugar.
Cada uno de nosotros tenía asignadas tareas y las cumplía con afán.
Darcy y yo ayudábamos en la limpieza y en todo aquello que Senris nos pidiese.
El bardo asistía a Iliana con cuestiones administrativas y de organización.
Medora limpiaba con nosotros y, cuando no, daba clase a unos chiquillos.
Algunos de los profesores estaban convalecientes, o muertos, y los sustituía.
Griselda cosía, junto a otras costureras y sastres, lonas para improvisar tiendas, ropas nuevas, remiendos…
En los almacenes del puerto quedaban víveres, telas y otros suministros, pero no eran suficientes.
A petición de Iliana y Háchpirey, llegó ayuda de los pueblos más cercanos, así como columnas de voluntarios.
Esperábamos que pronto llegase auxilio de Ardacia, Téramo…
De cualquiera que estuviera dispuesto a ayudar.
A pesar del caos que dominaba la ciudad, de la desolación y la tristeza, el ambiente que se respiraba era de colaboración y entrega.
A ratos, incluso de esperanza. Todo el mundo arrimaba el hombro, independientemente de su origen o condición.
Una hermosa prueba de que el ser humano, aunque egoísta muchas veces, se da a los demás si la situación lo requiere.
Un símbolo de que vale la pena tener esperanza en nuestra humanidad.
En un claro, habían levantado un improvisado hospital con palos y telas.
Había estado visitando a Leyla cada día, sin falta, y pasaba con ella el tiempo que podía, que no era mucho, porque había un sinfín de trabajo.
A los afectados por el incendio, teníamos que sumar a algunos contagiados por la enfermedad negra.
Esa cosa, tal y como Hach había previsto, se había vuelto endémica.
Aunque al menos sabían cómo curarla. Los cerebritos de Téramo habían replicado el suero partiendo de los viales de Darcy y de la sangre de los infectados.
Me costaba no sentirme angustiado en el hospital al pasar junto a todos esos camastros llenos de gente herida.
Junto a tanto dolor. Junto a la gente que iba y venía cargando con vendas, bandejas con instrumental médico, palanganas.
El ruido de las toses y los lamentos llenaba el lugar; sin embargo, la alegría de Leyla al verme lo compensaba todo.
Aquel día, pasé a verla a primera hora, antes de irme a cumplir con mis obligaciones. Estaba tendida en el camastro, con un libro en las manos, y sonrió de oreja a oreja en cuanto aparecí.
—Ya estaba contando los minutos para tu visita. —Su voz sonó ronca, envuelta en respiraciones dificultosas.
—Mañana no vendré entonces, te estás malacostumbrando.
Entrecerró los ojos y me sacó la lengua, como una chiquilla.
—Ten. —Le tendí el hatillo—. Te he traído algo.
Cuando desplegó la tela y vio su arco, limpio y lustroso después de un buen repaso con un trapo y unos cuantos aceites, los ojos se le iluminaron. Había también un par de dibujos, cuyo papel se había ennegrecido, y tres libros.
—¿Cómo te las has apañado? —preguntó asombrada .
—Estaba sepultado por los escombros, pero un hueco entre los palos de la cama lo había protegido. Como una burbuja.
—Cuando duermo en Knegara, lo guardo bajo el lecho.
—Pues teniendo en cuenta que la cama ardió… es un milagro.
Pasó los dedos por la madera, con gesto feliz.
Habría pagado toda mi fortuna por capturar esa imagen en mi memoria y recordarla siempre así.
Leyla y su arco. Sin embargo, la felicidad nunca dura para siempre, y una tos violenta le sobrevino, rompiendo aquel momento preciado.
Soltó el arco a un lado y se tapó la boca, mientras el cuerpo se le agitaba entre toses.
La miré preocupado; ella negó con la cabeza.
—Estoy bien —dijo.
Pero no lo estaba. Solo que le gustaba hacerse la dura. Aún le costaba respirar con normalidad y tenía el cuerpo lleno de quemaduras. Me esforcé en esbozar una sonrisa tranquilizadora y ocupé un trocito al filo de su camastro. Se hundió bastante, porque era improvisado y poco estable.
—¿Cómo están tus quemaduras? —me preguntó.
Llevaba la mano y el muslo derecho vendados, y los sanadores me obligaban a echarme una pasta de hierbas cada noche, que olía a rayos. Pero estaban curando bien.
—Bien, no son más graves que las que me hacía trabajando los veranos en Ledaria bajo el sol.
—Qué asco de sitio —masculló.
Se giró hacia el lado contrario de la cama, para coger algo de una mesita de noche, improvisada con unos palos y una bandeja de metal. Era una tela verde, doblada sobre sí misma. Cuando la puso en mis manos, me di cuenta de que se trataba de una de las capas de los exploradores.
—¿Qué quieres que haga con esto? ¿Se lo llevo a alguien?
—No. Es para ti. Perdiste tu capa en el incendio, y no te he visto con ninguna nueva. He pensado que necesitarías una.
Miré la prenda, símbolo de tantas cosas, y me subió un calor desde la palma de las manos hasta la cara.
—Leyla, ¿cómo voy a ponerme una capa de explorador?
—Bueno, serás uno cuando vayamos a los túneles .
—Me crie en Ledaria.
—¿Y? —Se encogió de hombros.
—Ah, ahora no digas eso, como si ese detalle nunca te hubiera importado. Ponerme esto sería como una profanación. No quiero tener a los comehierbas mirándome mal.
—Ponte la maldita capa, Málakor, y deja de gruñir. —Se cruzó de brazos, con ese gesto suyo de «Obedéceme o te ensarto»—. No puedes ir por ahí sin cubrirte, las noches son frías.
—He vivido en Paltia, Flechas, lo de Knegara es… fresquillo.
—¡Que te pongas la maldita capa! —Rompió a toser.
—Vale, vale. —Levanté una mano, pidiéndole calma—. Por el culo de un orco, no me pegues esos bufidos, que no quiero discutir contigo. Me pongo la dichosa capa, a riesgo de parecer una col con patas.
Ella quedó contenta, como cada vez que se salía con la suya.
—Ven, te ayudaré a ponértela —dijo.
Me la coloqué sobre los hombros, sintiéndome extrañísimo, más incluso que cuando Hach me obligaba a vestir camisas con puntillas.
Leyla se incorporó para cerrar el broche, uno de esos tan bonitos en forma de enredadera.
Sentí la cercanía de sus manos en mi cuello. Cálidas, desprendían su olor a lavanda.
En cuanto la colocó, se retrepó, sonriente.
—¿Ves? No es para tanto.
—Bueno… —Me miré, arrugando la nariz—. Creo que si Derian me viera se sacudiría en su tumba. Al menos sus cenizas. Ya sabes que después de los levantamuertos la gente quema hasta las uñas que se corta.
El semblante de Leyla se turbó.
—¿Dónde esparcieron las cenizas? No he llegado a saberlo.
—En una sima de las montañas de Ardacia, donde van a parar los criminales.
Antes tiraban los cuerpos, y dice Hach que, cuando caían al fondo, se escuchaba un sonido espeluznante al quebrárseles los huesos con el golpe.
Yo lo habría considerado música, la verdad, porque es música escuchar el cráneo de alguien malvado partiéndose en dos.
—No seas tétrico. Además, a ti no te gusta la música.
—Esa sí; aunque si quieres te digo que ojalá los dioses los tengan en su seno y les canten una nana antes de irse a dormir.
—No, pero podrías haber acabado ahí si hubieran llegado a colgarte cuando ocurrió lo de la recepción.
Su gesto de preocupación me conmovió.
—Vamos, Flechas, aquello ya pasó. Y aquí estoy.
Pero, ya que mencionas el asunto de colgarme, que sepas que me he librado de que Téramo quiera colgarme por matar a su mago, gracias a Iliana.
Y a que lo hice por una causa legítima, claro.
Nos están viniendo redondos los sacos de monedas que han dejado los magos para la reconstrucción de la ciudad.
—Para que luego vayas hablando mal de ella…
—Al menos ya no la llamo la «pérfida Iliana» ni a vosotros «su recua de comehierbas» —dije con gesto burlón.
De haber podido, me habría estrangulado.
—¿Has conversado con ella?
—No. Solo la he visto a menudo dando órdenes por aquí. Cuando nos cruzamos, me dirige un saludo de cabeza, nada más. Ella es así, altanera, como un ciervo con las astas bien erguidas. Igual que tú.
—No soy altanera.
—Quizá solo a ratos.
Puso los ojos en blanco, antes de decir:
—Me habría gustado estar en la reunión de Iliana con los de Téramo.
Decirles un par de cosas a la cara. Como que no saben controlar a sus malditos magos y que casi siempre que hay un problema en Luara es por culpa de uno.
Mórqhanor, Drálagor, Mórqhanor otra vez, Pelnor…
Y mil nombres más que no sabremos. —Resopló frustrada—.
Gracias a los dioses que han comprendido que le quitaste la vida a ese gusano por defender Knegara.