Málakor 3 CAPÍTULO 20 #2
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CAPÍTULO 20 #2

Soltó un ladrido feliz delante de mi cara, y le revolví el pelo de la cabeza. Estaba chorreando y apestaba a humo, como todos, pero me sentí tan feliz de verlo vivo que me dio igual todo lo demás.

—Eres un bribón, aparta.

Obedeció y fue a hacerle fiestas a la maga. Ella se agachó para acariciarlo, diciéndole cosas bonitas. Me quedé sentado en el suelo unos segundos, viendo aquella estampa. El perro le lamía la cara a Medora, llevándose los surcos de las lágrimas.

—Tiene que venir con nosotros a los túneles —dijo ella—. Es un perro muy listo.

—Soy muy listo.

Miré a Chucho, pasmado. Eso lo había dicho él. En realidad había ladrado, pero su ladrido, para mí, fue una voz inteligible. Su voz sonó profunda y fuerte, como la de un viejo autoritario, aunque a la vez un poco guasona.

—¿Qué te pasa, Málakor? —preguntó Medora—. Tienes cara de susto.

—Nada, Conjuritos. —Me limpié las babas y me puse en pie—. Vamos, tenemos que seguir buscando ayuda.

Emprendimos la marcha, con Chucho a la zaga. En el lugar que Iliana había indicado, encontramos a unos sanadores que improvisaban un hospital y daban órdenes a los ciudadanos de dónde dejar a los heridos.

No cejamos hasta encontrar a un médico que pudiera ayudarnos.

Un muchacho joven, sereno a pesar de cuanto nos rodeaba, se ofreció a acompañarnos.

Lo guiamos junto a Leyla y los demás. Cuando vi que los asistía, pude respirar tranquilo.

Más aún cuando Griselda y a Darcy aparecieron.

Estaban cubiertos de hollín, pero vivos .

—Cómo me alegro de veros… —Los abracé, con todas mis fuerzas, igual que Medora—. Pensé que estabais en la posada y que… —No quería decirlo en voz alta.

—Fuimos a puerto, a acompañar a Carena y Penny —dijo Griselda—. Largo rato después de que el barco zarpase, cuando estábamos desayunando en una de las tabernas del puerto, empezaron las explosiones. ¿Cómo ha podido suceder esto?

—Ha sido… —Bajé la voz cuanto pude—. Ha sido Pelnor.

—¿Pelnor? Su tía lo obligó a subirse a otro barco rumbo a Téramo —dijo Darcy, extrañado.

—Pues ha debido de buscarle las vueltas —apreció la maga—. Porque ha sido él. Está… muerto. En una plaza de por aquí.

—Qué horror… —La costurera escondió el rostro en el pecho de Darcy.

Él la atrajo hacia sí, frunciendo los labios. Iba a darles mayores explicaciones cuando oí al bardo gritar desde el pozo que no podía salir.

—Voy a ayudar al cantamañanas —informé, a lo que ellos asintieron.

—Nosotros echaremos una mano por aquí —indicó él.

Asentí y corrí hasta el brocal.

—¿Te pesa el culo, bardo? —dije tras asomarme al interior.

—Siempre es más fácil bajar que subir, ¿no? —Le castañeaban los dientes, debía de estar aterido—. Es como ir del mal al bien. Del mal al bien se va muy bien, pero del bien al mal se va muy mal. ¿O era al revés?

—Yo qué sé, Hach. Voy a lanzarte la cuerda.

Aprisa, le tendí la de la polea, enrollada en los horcones de forja. La cogió, pero no fue capaz de asirse bien.

—Tengo las manos entumecidas de tanto tocar. No puedo agarrarme con fuerza.

—Bajaré a por ti. Échate a un lado.

Me hizo caso y me subí al filo del brocal para descolgarme. En cuanto toqué el agua solté un grito.

—Joder, ¡está helada! Por todos los dioses menos por Damien, ¡se me van a congelar los huevos!

—¡Esa boca, Málakor! —Me dio un pescozón.

Me froté el cogote.

—¿A que te dejo aquí?

—Azani te regañaría.

Iba a soltarle alguna de las mías; sin embargo, lo vi tan azulado que pensé que, si no lo sacaba de allí pronto, iba a ser helado de bardo.

—Súbete a mi espalda. —Me palmeé un hombro—. Si es que puedes y no has perdido las piernas, no sé cómo has aguantado tanto aquí abajo.

—Estaba tocando, no pensaba en otra cosa. —Se encogió de hombros y, a duras penas, se encaramó a mi espalda.

Fue como cargar un bloque de hielo que no dejaba de tiritar.

—Me estás clavando la flauta, cantamañanas —dije al notarla en la espalda.

—¿Quién te dice que sea la flauta? —soltó con voz guasona.

Me alegré de que, a pesar de todo, aún tuviera cuerpo para bromas.

—Porque, con este frío, tu otra flauta será más parecida a un silbato.

—Los bardos siempre tenemos la flauta grande, en el clima que sea.

—Qué tonto eres —contesté, echándome a reír.

Él soltó una carcajada que sonó extraña entre el castañeo de sus dientes.

Así la cuerda con fuerza y escalé con la ayuda de mis pies. Cuando estuvimos fuera y puse al bardo en el suelo, él se tumbó bocarriba. Miró al cielo y sonrió. A pesar de su gesto feliz, temblaba por entero.

—Tienes que entrar en calor —le dije.

—Un dedalito de orujo de Izenia me vendría de perlas.

—He dicho entrar en calor, no arder por dentro.

Lo oí reírse, mientras me alejaba en pos de una mujer que cargaba con unas mantas. Me tendió dos antes de que tuviera que pedírselas. Tras darle las gracias, arropé al bardo con una .

—¿Vas a cantarme una nana? —me dijo.

—Sí, la nana de la muerte.

—Esa me la sé.

—¿En serio?

—En serio, existe de verdad. ¿Te la canto?

—Otro día, tienes que descansar y entrar en calor, venga.

Me cubrí con la otra, me tumbé a su lado y lo abracé. No es que yo fuera lo que se dice un fuego, pero al menos estaba más cálido que él. Tras un breve silencio, dije:

—Bardo, gracias por lo de la música.

—De nada, amigo mío.

Puso cara de felicidad y siguió mirando al cielo.

Yo también lo hice. Algunos jirones de humo lo surcaban, dispersos.

Como manchas de brea sobre agua cristalina.

Confiaba en que pronto volvería a ser del mismo azul brillante que siempre; que volverían los árboles a ser el techo de Knegara; que los brotes verdes correrían de rama en rama y que el agua sanadora borraría los restos de cualquier incendio.

—¿Quién era, Hach? La voz —pregunté entonces.

—Era la voz del agua. Descubrí que todas las cosas tienen voz y que la melodía correcta puede hacerlas cantar. Hoy he hecho cantar al agua.

—Ha sido asombroso, cantamañanas, y ha significado mucho.

—Bueno, ya sabes lo que dicen: Una melodía al día, tu vida arreglaría.

Lo miré levantando las cejas; él me devolvió la mirada. Y, así como así, rompimos a reír.

Cuando volvimos a mirar al cielo, lo cruzaba una bandada de gorriones. A pesar de todo, a pesar de que el humo perduraría y de que el incendio tardaría tiempo en extinguirse por completo, en Knegara reinaba la vida.

Eso me hizo feliz.