CAPÍTULO 20
De romperse el cuello
A penas había dado unas zancadas, percibí que la música provenía del interior de un pozo cercano.
Cuando me asomé, vi al bardo dentro. No era muy profundo, pero el agua le llegaba hasta la nariz.
La flauta, que podía ver por lo clara que estaba el agua, se hallaba sumergida.
¿Cómo podía salir de forma tan nítida el sonido en tales circunstancias?
Parecía que hubiera un concierto de doscientos bardos en uno de esos anfiteatros donde se escuchan hasta los susurros de los actores.
—Ni debajo del agua te callas, eh —bromeé.
Me miró; noté la risa en sus ojos, así como una pregunta. Quería saber si el agua estaba siendo efectiva. Oteé el espacio a mi alrededor. Aún quedaban algunos fuegos y densas columnas de humo en ciertas zonas.
—Sigue tocando un poco más —dije—. Aún queda fuego.
Él asintió. La música se reanudó y con ella la voz, pero Hach estaba solo ahí abajo. Era magia. La magia del bardo.
Seguí mi camino, pidiendo a gritos un médico o un sanador.
Alguien que pudiera ayudarme con los heridos, con mis propias heridas también.
Aunque no me dolían, ni siquiera las sentía.
Alguna sustancia debía de correr por mis venas bloqueando el dolor y el cansancio, porque me sentía más fuerte que nunca.
Encontré a varios sanadores, pero todos atendían heridos, y seguí buscando, desesperado.
Me crucé con Iliana, que corría seguida de un grupo de exploradores, a una velocidad asombrosa.
Casi había olvidado que estaba en la ciudad como la mandamás que era, pero verla arrimando el hombro, igual que el resto, despertó en mí cierta admiración.
Derian jamás habría hecho nada parecido.
Él habría usado la táctica de «Sálvese quien pueda».
En ese particular, la comehierbas suprema estaba, innegablemente, muy por encima de él. Bueno, y en muchos otros .
—Iliana, ¿¡dónde puedo encontrar un sanador!? —pregunté a voces—. ¡Hay gente donde la posada de los Aderwyn que necesita ayuda!
Se detuvo al punto, igual que quienes la seguían. Me miró ceñuda por un momento, como si me estuviera ubicando, y señaló con el dedo calle abajo.
—Sigue hasta que encuentres una plaza. Crúzala y tuerce a mano derecha. Encontrarás otra plaza después. He ordenado ubicar allí a los heridos.
—Gracias.
Asintió, le hizo un gesto a sus exploradores y echó a correr, con ellos detrás. Sus capas verdes pronto se perdieron tras una esquina y una nube de humo.
Tomé el camino hasta la plaza. Allí, distinguí dos figuras en el centro. Pensé que serían sanadores, pero escuché una voz que me hizo apretar los dientes y pararme de golpe. La de una criatura tan molesta como Damien, aunque mortal.
—¿Has visto lo que has provocado, Medora? —gritó Pelnor.
A ella la veía de frente; él me daba la espalda. No dieron muestras de haberse percatado de mi presencia.
—¿Yo? —contestó furiosa la maga—. ¡Has sido tú! ¡Maldito seas! ¡Has matado a un montón de gente inocente.
Parece que la ciudad respondió, porque se oyeron de forma más nítida los gritos agónicos de los heridos, los lamentos de los afectados, los llantos de desesperación.
—Nadie lo creerá en Téramo. Ni ser la Segunda Electa te salvará después de haber destruido una ciudad. Tú los has matado ¡Tú, Medora Drummond! ¡La ladrona! ¡La conjuradora de Ynsheran!
—¡No me llames así! ¡No soy nada de eso! Pero en Téramo no queréis abrir los ojos.
—¡Di lo que quieras! ¡Todo ha acabado para ti!
—Eres un ser despreciable —respondió ella—. ¡Los dioses te castigarán!
El mago se carcajeó como si hubiera perdido el juicio. Bueno, siendo justos a la verdad, lo había perdido del todo. Para empezar, era mago; para terminar, había quemado una ciudad solo por joderle la vida a Medora .
—Desgraciados lanzaconjuros… —mascullé.
Vi que el lameazufres alzaba los brazos, abiertos todo lo que le daban de sí. Se había desprendido del cabestrillo, la herida no parecía importarle. Su gesto me recordó tanto al de Drálagor, en el puerto de Ledaria, que supe, con toda certeza, que estaba a punto de conjurar algo brutalmente letal.
—¡No! —Medora extendió las manos temblorosas hacia él—. ¡No me obligues a matarte! ¡No quiero hacerlo!
A ver, ella no quería, pero yo sí. Y no me sentía obligado a ello, me sentía más que dispuesto.
La única ventaja que puede tener alguien como yo sobre un mago como él es el factor sorpresa.
Y contaba con él de mi parte, así como con la habilidad de ser sigiloso.
Si conseguía llegar sin que me percibiese, tenía la mitad del trabajo hecho.
Decidido, me acerqué al mago, a su espalda, mientras que de su boca salían palabras desconocidas para mí y en sus manos se formaba un nudo de energía azul.
No le dio tiempo a mucho más, porque cogí su cabeza entre las manos y, de un movimiento seco y certero, le partí el cuello.
El lameazufres calló desplomado ante mí y todo rastro de su hechizo chispeó hasta extinguirse.
Medora, que casi había conjurado el suyo, me miró atónita.
—Málakor.
—Así me llamo, Conjuritos. ¿Estás bien?
Una lágrima solitaria, pero densa, le recorrió la mejilla derecha hasta caer por su barbilla, mezclándose con la lluvia que la mojaba. Negó con la cabeza mientras miraba a Pelnor, muerto en el suelo.
—No.
—Bueno, ya se te pasará. Luego nos tomamos un par de cervezas.
No hubo ni un atisbo de sonrisa en sus labios, solo desolación. Un gesto que se hizo más notable cuando miró alrededor y contempló la destrucción que lo condenaba todo.
—¿Cómo puedes haber hecho algo así, Pelnor? ¡Y todo por esto!
Sacó de debajo de la manga de su túnica una bolsa pequeña que arrojó al suelo. No sonó como si llevase monedas dentro. No llevaba, a mi parecer, absolutamente nada .
—Tenía que habérsela dado —musitó, con la mirada perdida.
Me acerqué hasta ella y la tomé por los hombros, obligándola a mirarme.
—No se puede ceder a los abusones, Medora.
—Lo destruyen todo si no les das lo que quieren.
—Pero también se destruyen a sí mismos.
Miró a Pelnor y yo también lo hice. Había en su rostro una paz extraña, a pesar de todo. Parecía que solo estuviera dormido, pero no, estaba muerto, de eso estaba seguro. Aunque no sabía cuáles serían las consecuencias de aquello, no me arrepentía.
—¿Qué hay en esa bolsa que vale tanto, Medora?
—Es una bolsa mágica. Se conecta a un lugar de tu elección y puedes disponer de todo lo que haya allí. Y también guardar cosas. Se la quité a Pelnor cuando lo vi en Ardacia, bueno, la recuperé, ¡porque era mía! ¡Él me la robó y se llevó todo el mérito de su invención!
Eso ya lo había oído antes, o algo parecido.
—Me engañó para robármela. —Escondió el rostro entre las manos y rompió a llorar—. Me hizo creer que me quería, que no era como los demás, que odiaba a los que se burlaban de mi pelo, de mis ojos, de mis marcas o de mis capacidades, para que le hablase más de ella y averiguar dónde la tenía.
—¿Qué marcas, Medora?
—Eso da igual. Son muy feas —sollozó—. Pensaba enseñarle la bolsa a los maestros, pero él me la quitó y se me adelantó. Dijo que era suya y todos le creyeron, porque es hijo de quien es.
—Un lechuguino.
—Sí, y yo solo soy una huérfana que si no fuera por el favor de Verne y por la potencia de mi magia nadie tendría en consideración.
Chasqueé la lengua. No era la persona más experta para tratar con magas en medio de una crisis nerviosa, pero algo tenía que decirle para que se sintiera mejor. Le separé con delicadeza las manos del rostro. Levantó la mirada hacia mí. Había tanta tristeza en ella que me conmoví más si cabe.
—Puede que seas una huérfana, como yo, pero eso no significa que no tengas familia .
—¿No?
—Pues no, Medora, ¿no somos el bardo y yo ahora tu familia? ¿Y Leyla? Y también eres la Segunda Electa, eso es como ser la hermana de la princesa de Ardacia.
La mirada se le iluminó por unos instantes.
—Eso es cierto.
—Lo es.
Con cariño, la besé en la frente. Cuando iba a apartarme de ella, se tiró a mis brazos con tanta fuerza que casi trastabillo.
—Vale, vale. Ya sé que me tienes cariño.
—No te tengo cariño. Te quiero, Málakor, como al hermano que nunca tuve. Por todo lo que has sido, eres y serás.
¿Iba a hacerme llorar una maldita lameazufres?
—Has inhalado demasiado humo.
Se echó a reír. Su risa, en medio del caos, sonó hermosa.
—Anda —le di unos toquecitos en la coronilla—, coge la bolsa de la discordia, a ver si después de tanta calamidad la vas a perder, y ayúdame a buscar auxilio. Leyla necesita un médico. Y otro montón de gente, también.
Asintió decidida y recogió la bolsa.
—¿Has visto a Darcy y a Griselda? —pregunté.
Negó con la cabeza. Tomé aire, volviéndome a tragar la desesperación que me invadía cuando pensaba en él muerto, en el sufrimiento de la costurera por ello.
—¿Qué hacemos con él? —Medora tenía la mirada clavada en el cadáver del mago.
—Déjalo ahí, ya se encargarán otros. Ahora mismo, los vivos son más importantes que los muertos.
Ella asintió, frunciendo los labios.
Fuimos en busca de ayuda, a medida que la tormenta cesaba y con ella los restos del fuego.
Pensé en lo feliz que sería Derian, de estar vivo, si viera Knegara tal y como yo la estaba viendo.
Traté de alejar de mis pensamientos nada que tuviera que ver con la felicidad de ese gusano, y me concentré en buscar ayuda.
Tarea harto complicada: todos estaban ocupados en algo, en medio de tanta destrucción .
Caminábamos por una calle estrecha, rodeados de edificios que humeaban, cuando escuché un ladrido a mi espalda.
Me giré, con la esperanza de que fuera Chucho.
Apenas me dio tiempo a reaccionar cuando se lanzó sobre mí.
Me dio con las patas en el pecho, tan fuerte que caí de espaldas.
Afortunadamente no lo hice mal, y cuando me lamió las mejillas, barriendo la suciedad a lametones, me reí a carcajadas.
—Para, Chucho, para, por favor.