CAPÍTULO 19
De la fuerza del aire
L as llamas lamían las sábanas de la cama, que prendían sin compasión.
Tenía que sacarla de allí cuanto antes, a ella y a Senris, que estaba encima de su hermana, agarrado a su cintura.
Parecía que hubiera hecho el intento de sacarla de allí y se hubiera desvanecido entretanto.
Supuse que debía de estar durmiendo cuando todo empezó.
El humo se le habría metido en los pulmones.
Quizá ya estaba muerta. Quizá lo estaban los dos.
Pero vivos o muertos los sacaría de allí.
Me cargué a Senris a un hombro, no sin esfuerzo, quemándome las piernas al acercarme a las sábanas.
El calor era insoportable, el aire se estaba volviendo irrespirable allí también.
Cuando lo tuve a él, a duras penas, me cargué a Leyla sobre el otro hombro.
Ni yo mismo entendía de dónde sacaba tanta fuerza como para cargar a dos personas que sumaban entre ellas más que mi propio peso.
Al límite de mis fuerzas, desanduve el camino, más en llamas que antes.
No obstante, en el techo se habían abierto algunos huecos y el agua besaba la madera humeante, así como mi piel.
Cuando eso sucedía, me sentía mejor. Hasta podía respirar bien.
Igual que un pez al que devuelven al agua, después de agonizar sin ella.
Los dejé en el suelo, a unos metros de la posada. La música de Hach seguía llenándolo todo. Diluviaba. El agua de la lluvia torrencial corría en ríos por las calles. Estábamos empapados.
Zarandeé a Leyla con todas mis ganas, llamándola, mas no respondió. Llamé a su hermano. Un débil gemido emergió de sus labios. Estaba vivo, pero Leyla no. Sus pulmones necesitaban aire. Algo que los míos tenían.
Me acordé de lo que había dicho Medora, de lo que hizo Brianna.
De ese asunto de insuflar aire a quien lo necesita.
Tragué un nudo de saliva que me raspó la garganta, cargado de polvo y hollín.
Me limpié la boca, la nariz, y luego a Leyla, con las manos y las mangas.
Después, puse mis labios contra los de ella.
No creí que volveríamos a estar así, y menos de ese modo, en el que su vida dependía de mi oxígeno.
Lo hice lo mejor que pude, pero nada estaba pasando.
Las ganas de llorar más inmensas que me hubieran acuciado inundaron mi ser. No podía hacer nada para salvarla.
Al borde de la desesperación, cuando lo creía ya todo perdido, realicé un último intento.
Mientras la miraba, viendo pasar por delante de mis ojos cuánto habíamos sido y lo que ya no seríamos jamás, rompió a toser.
La incorporé, mientras ella cogía aire de forma desesperada.
Aspiraba bocanadas que parecían no llegar a sus pulmones del todo.
—Vamos, Leyla, vamos. Respira.
Pero sus respiraciones eran quejumbrosas. Sentí que desfallecería de nuevo. Desesperado, tomé su rostro entre las manos y volví a insuflarle aire, una y otra vez, hasta que pareció suficiente. Tosió, varias veces, pero al final recuperó la normalidad en la respiración.
—Málakor. —La voz le salió como si la estuvieran aplastando dos paredes de roca—. Mi familia…
—Tu hermano está bien, no te preocupes.
—¿Y mis padres?
—Los traeré, te lo prometo.
Lo que no sabía era si estarían vivos o muertos cuando lo hiciera.
Ella miró a Senris, llorando, y se arrastró a abrazarlo.
Los dejé, tenía que buscar más supervivientes.
Entre humo, fuego y asfixia saqué a unas seis personas, entre ellas a los padres de la exploradora.
Estaban inconscientes, pero respiraban. Eso supuso un gran alivio.
El corazón de Leyla ya había perdido mucho como para perderlos también.
Sin embargo, aunque tenía la certeza de que Griselda no estaba dentro, y la suposición de que Carena y su esposa habían partido en el barco, aún quedaba Darcy.
Si él seguía en la posada sería uno de esos cadáveres carbonizados. Y Chucho… ¿dónde estaba ?
Todo crujía a mi alrededor. Como si un gato gigante estuviera jugando a aplastar los huesos de un ratón entre las garras.
Tenía la impresión de que, si no salía pronto de la posada, aplastaría los míos también.
Acuciado por tal sensación, y al no dar con ellos, me tragué la frustración y puse un pie en la calle.
El repiquetear de la lluvia se mezclaba con la música del bardo, con las violentas toses y los gritos de alarma y auxilio.
Apenas había dado una decena de pasos, un rugido ensordecedor provino del interior de la posada.
El tejado se desplomó. El edificio, por completo, cedió al peso y se vino abajo.
Apenas me dio tiempo a agacharme y taparme la cabeza, para protegerme de la onda expansiva del derrumbe.
Sentí el aguijón de las esquirlas llameantes, que al poco se extinguían bajo la fuerza del agua.
Pronto, la posada fue poco más que escombros, madera quemada y humo.
Cuando la nube de polvo se disipó un tanto, vi a los hermanos Aderwyn tendidos sobre sus padres, protegiéndolos con su cuerpo.
Los supervivientes que habían despertado se protegían unos a otros.
La exploradora levantó la cabeza, me miró preocupada. Fui hacia ella y la tomé de las manos.
—¿Qué ha pasado, Málakor? Esto no parece un incendio sin más.
—No lo sé… —dije con la misma angustia que ella—. Voy a buscar ayuda para los heridos. Necesitáis médicos. Quedaos aquí, por favor.
Asintió de una vez, con energía. En sus ojos latía la esperanza de que regresase pronto con ayuda. Así que corrí, con todas mis ganas.