CAPÍTULO 18
De un mar de llamas
K negara ardía.
Las llamas se propagaban por casas y árboles con una virulencia letal, devorando cuanto encontraban a su paso.
Las gentes sacaban agua de ríos, arroyos y pozos.
La vertían en los fuegos para apagarlos o tratar de controlar su avance.
La mayoría de los habitantes estaba en pijama.
El humo y los gritos los habían sacado de sus camas.
Algunos jamás saldrían de ellas, porque el olor a cuerpos quemados inundaba el aire, igual que los llantos y los gritos de los que habían quedado atrapados.
Hach y yo corrimos entre la vorágine de gente, entre el espeso humo que condenaría a asfixiarse a quienes no se alejasen de él.
A toda prisa, tratamos de llegar a donde, unos pasos más atrás, un ciudadano nos había dicho que se habían originado las explosiones: la posada y las casas adyacentes.
Qué había pasado, cómo se habían desencadenado, no lo sabíamos.
Solo que teníamos que llegar hasta allí.
Aunque la gente nos gritaba que no nos acercáramos, que pereceríamos por ese maldito humo que se metía en la nariz y en los ojos.
Llegados a un punto, fue difícil correr más. La tos nos dejó sin aliento.
El bardo se quitó la capa, la metió en un cubo que alguien había dejado medio lleno en mitad de una de las calles y me la dio para que me cubriese con ella. Le hice caso, y dejé solo al descubierto los ojos, que ya me escocían. Él hizo lo mismo con su levita, y emprendimos de nuevo el paso.
Dejamos de ver gente cuanto más nos acercábamos a la zona de la explosión.
Al llegar a la posada, el mundo se me vino más encima si cabe.
Emergían de su puerta y sus ventanas largas lenguas de fuego.
Todo era rojo en su interior. El humo era más denso, más negro, más insoportable.
Flotaba en el aire y te quemaba la cara.
La madera de los edificios crepitaba desprendiendo violentas chispas que, donde caían, formaban un cerco oscuro o prendían lo que tocaban. Pronto, todo sería cenizas .
—Málakor, ¡no podemos estar aquí! ¡Tenemos que irnos!
Yo tenía los ojos clavados en la posada, preguntándome si mis amigos estarían dentro. Preguntándome por Chucho. Si no serían más que un montón de carne quemada.
La saliva me supo amarga.
—No puedo irme, no sin ellos.
De uno de los edificios adyacentes llegó un sonido extraño, parecido a un rugido; luego, algo se quebró.
Algo grande. Pronto supimos el qué. Una de las vigas que soportaba el tejado cedió y se desplomó sobre parte de la casa.
La nube de humo y polvo que se levantó nos dejó ciegos por unos instantes.
Sentí la humedad de mi respiración amortiguada por la tela que me libraba de tragarlo, una tela que pronto sería insuficiente, colapsadas sus fibras por el exceso de partículas, seca el agua por el insoportable calor que todo desprendía.
Hach tiró de mí en medio de aquella negrura.
—¡Tenemos que irnos! Si están ahí… —La voz se le quebró—. Si están ahí, están muertos.
—¡Eso no lo sabes! —Me zafé de él—. Ponte a salvo.
—Por el amor de todos los dioses, Málakor, ¡vas a morir!
—Si no lo intento, me arrepentiré toda la vida.
—Maldita sea… —masculló él—. Muy bien, yo tampoco me quedaré de brazos cruzados. Intentaré algo, Málakor, dame un momento antes de entrar.
—Un momento es mucho tiempo.
—Si funciona, podría suponer la diferencia entre la vida o la muerte —dijo terriblemente serio.
—Está bien. Haz lo que tengas que hacer, ¡rápido!
El bardo echó a correr hacia la parte que quedaba a nuestra espalda.
Lo perdí de vista tras una nube de humo.
Escuché un fuerte chapoteo, como si algo grande hubiera caído en un odre de agua.
Al segundo, me llegó la música de una flauta.
Suave y cantarina, su melodía me recordó al sonido de las gotas de agua al dar contra la ventana cuando inicia la tormenta.
A esa flauta la acompañó una voz femenina y hermosa, tal vez la más hermosa que hubiera escuchado jamás.
«Soy la voz del agua que sana, la voz que los campos florece, la voz del rocío en la mañana».
Contemplé con asombro cómo de los arroyos emergieron gotas.
Ascendían en el aire hasta perderse en el cielo.
Fueron cada vez más y más, rápidamente. En todos los cauces de agua que alcanzaba mi vista, las gotas se elevaban.
Parecía que el mundo se hubiera dado la vuelta y lloviese del revés.
La voz siguió cantando al compás de la flauta, y sentí algo húmedo en la punta de la nariz. Una gota y luego otra.
«Soy la voz que ahuyenta la sequía, la voz que hace a los árboles crecer, la voz que revive la tierra tras la sequía, la voz que te vio nacer. Soy la voz del agua que sana, la voz del mar indómito, la voz del tranquilo arroyo, la voz del río y el lago».
La melodía era complicada, incluso para un oído inexperto como el mío. No podía tocarla cualquiera, de eso estaba seguro, y menos en medio de un montón de polvo y humo como el que nos rodeaba. Pero Hach era Hach. A menudo también hacía cosas asombrosas.
En un resquicio de claridad entre el humo y el polvo, una nube gris, única y pequeña, absorbió las gotas y se expandió a toda prisa, como currusco de pan duro echado a un caldo.
«Soy la voz de la lluvia. La voz de la tormenta».
En menos de un parpadeo, la nube ocupó Knegara.
Un trueno retumbó y las gotas se volvieron aguacero.
La magia de la música de Hach, esa que estaba estudiando, había conjurado a la tormenta.
Sentí que aquella voz del agua sería nuestra salvación.
Aunque me habría quedado embobado asistiendo a aquel prodigio, tenía que echarle valor y entrar a la posada.
Avancé hacia ella, con los ojos entrecerrados y la sensación de que tenía en las pestañas un lodazal. La boca me sabía a tierra y los pulmones me ardían. Por suerte, el agua barrió el humo y aligeró la espesa atmósfera, dándome, literalmente, un respiro .
El edificio seguía ardiendo. El agua de la tormenta pronto se colaría por los agujeros que el fuego había hecho. Sofocaría las llamas, pero levantaría vapor y humo, y eso también abrasaba.
Distinguí un pasillo libre del fuego, en la línea de la entrada.
No me lo pensé más. Nada más poner un pie dentro, la sensación de calor más terrible que había sentido nunca me invadió, era tan fuerte que me quemaba por dentro.
Que el aire que respiraba era fuego. Que hasta las lágrimas que mis ojos generaban por el picor se evaporaban al contacto con él.
Era como estar en las regiones de Damien, donde arden los fuegos eternos en los que se quema la gente como Derian, y si no, se le parecía mucho.
El dios podía caminar entre el fuego. Una parte de él vivía en el fuego devorador.
Estaba en sus ojos. Y yo llevaba su sangre.
Tenía dones de mi madre, ¿y si también los tenía de mi abuelo?
, pensé. Quizá fue eso lo que me dio el valor para seguir adelante.
Busqué supervivientes en la planta baja, caminando agazapado, para evitar el humo que se condensaba más cerca del techo.
Sin embargo, no hallé más que un par de cuerpos calcinados.
Aunque no sabía quiénes eran, por egoísta que pueda parecer, deseé que no fueran ninguno de mis amigos.
Horas antes habíamos estado en aquel comedor.
Entre risas y… todo lo demás. Había dejado a Chucho tendido ante esa chimenea. Me alivió no ver su cadáver.
Estaba a punto de poner un pie en la escalera cuando Damien apareció ante mí, a unos escalones. Con sus ropajes negros y sus ojos rojos. Con esa cara esculpida por la más absoluta perfección.
—No soy el dios del fuego, muchacho, deberías leer un poco más.
Ese asunto se lo dejo a Akonte y a Tékim.
El fuego que ves en mis ojos no es esta clase de fuego.
Pregúntale a esa criatura molesta que ha llamado al agua con su música.
Si no sales de aquí, querido nieto —dijo con retintín—, vas a morir.
—No tengo tiempo para hablar contigo, Damien —gruñí.
—Solo he venido a aclarar tus pensamientos…
—Déjame pasar —pedí entre toses. Apenas podía respirar. Apenas veía. Si no salía pronto de allí, moriría—. Tengo que encontrar a mis amigos.
El crujido de la madera retumbó en la estancia. Una de las vigas se desplomó a mi derecha. Salté a un lado para evitar que una esquirla de madera, una flecha ardiente, me impactara en la cara.
—Griselda no está aquí, ¿no te prometí que moriría como una ancianita? Pero Leyla a lo mejor está muerta en alguna parte.
Su tono de voz fue tan desafiante, que supe, con toda certeza, que la exploradora estaba allí.
Fui hacia él, sin importarme si tenía que atravesarlo para subir.
Sin embargo, en cuanto estuve a unos centímetros, se hizo polvo negro.
Conforme subía, esquivando trozos de la madera del techo que se desprendían por el calor y las llamas, y que eran como bolas de fuego letales, aparecía y desaparecía, molestándome. Parecía que quisiera arrojarme a ellas.
—No eres hijo del fuego, eres hijo del agua. Son seres opuestos —dijo burlón.
—También soy hijo del sol, y del sol puede surgir el fuego.
Una de esas bolas amenazó mi cabeza. Salté dos escalones, pero tropecé y por inercia me agarré a la baranda. Estaba tan caliente que la piel se pegó a ella. Solté un alarido y la retiré; el dolor era apenas soportable. Una carcajada de Damien retumbó en las paredes calcinadas.
—¿Te diviertes? —gruñí.
—Por supuesto. Nada es más divertido que ver a una ratita tratando de encontrar el queso en el laberinto.
—Eres un gilipollas, Damien.
Volvió a reírse. Me juré que si existía la manera de matarlo, la encontraría.
Azani apareció a unos pasos de mí. En el corredor superior al que daban las escaleras. Miraba a Damien con la ira refulgiéndole en los iris esmeralda.
—Deja de jugar con él.
—No —respondió el otro, lacónico.
—Solo sabes hacer daño. Destruir cuanto tocas.
—¿Quieres ver cómo destruyo a tu protegido? —Extendió un dedo hacia mí, y mis nervios se crisparon como el pelo de un gato cuando siente peligro, pero lo bajó al momento—. Mejor esperaré a que se cumpla nuestro pacto. Ese será su mayor sufrimiento, su destrucción. Cuánto disfrutaré .
A toda prisa, avancé hasta alcanzar, al fin, la cumbre de las escaleras.
—Ya has destruido a uno —escuché decir a Azani, que quedó a mi espalda—, no permitiré que destruyas a este también.
—¿A uno? —pregunté.
No hubo respuesta, pero sí peligro a mi alrededor. Me enfrentaba a un pasillo que refulgía por el fuego que salía de las habitaciones, donde una densa nube de humo se acumulaba en la parte superior. Decir que cogí aire… sería decir mucho.
Faltaba parte del tejado y por él se colaba el agua de una densa lluvia. Me puse debajo, y eso me reconfortó.
—Soy hijo del agua —repetí varias veces—. El agua me salvará.
—El agua te salvará —dijo mi abuela.
—Sí, pero tú no podrás salvar a la exploradora aunque quieras —dijo Damien, que apareció ante mí de nuevo—. Ella es hija de los bosques y estos perecen con el fuego y el humo. ¿Verdad, amada esposa? Y el humo, querido nieto, ya ha hecho parte del trabajo.
—Si me vuelves a llamar «querido nieto» o a mi abuela «amada esposa», te arranco los ojos y me los pongo de adorno en el pomo de la espada. Y si vuelves a decir que no podré salvarla, te arranco las gónadas y me adorno las dagas.
Su carcajada fue más sonora si cabe.
—Pobre criatura infeliz. Tienes suerte de que me diviertan tus exabruptos.
Resoplé, decidido a ignorarlo. Por el rabillo del ojo vi a Azani cerca. Sonreía. Eso me hizo pensar que las cosas saldrían bien.
Me concentré en seguir buscando a Leyla, a alguien con vida, esa era mi prioridad.
Me agazapé y avancé por el pasillo con cuidado de que las lenguas de fuego que salían de las habitaciones, y que empezaban a devorar la pared, no me alcanzasen; con cuidado de las maderas incandescentes que se desprendían del techo.
Cuando llegué a la habitación de Leyla, y la vi tendida en la cama, desfallecida, de mi corazón surgió una punzada de dolor que me recorrió el cuerpo entero.