Málakor 3 CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

De meter la mano en el agua

C uando el sol alcanzó el punto concreto, nos aproximamos al arroyo.

El agua era tan pura y cristalina como cabía esperar.

Yo estaba a punto de tener, gracias a ella, o por su culpa, la mayor revelación de mi vida.

Bueno, igual no la mayor, lo de ser hijo de una diosa se lleva la palma, pero, desde luego, era importante.

El bardo se quedó a mi lado, con un gesto solemne digno de un clérigo. No pronunció palabra, no hizo gesto o ruido.

—Si sé que vas a estar así de callado, hago esto antes.

—Shhh —regañó—. Coge el broche y mete la mano en el agua. No tenemos todo el día.

Llené los pulmones de aire y el corazón de valor.

Broche en mano, de cuclillas en la orilla del arroyo, lo metí en el agua.

Decir que aquello tardó un segundo en soltar un fulgor plateado, digno de la luna más brillante de la historia, es decir mucho.

No fue ni un segundo. Menos que un parpadeo.

Apenas había entrado en contacto con el agua, brilló tan cegadoramente que tuvimos que taparnos los ojos con la mano.

—¡Málakor! ¡Es asombroso! —El bardo no cabía en sí de gozo—. ¡Eres tú! ¡El legítimo heredero de Ardacia! Málakor Tríanor Arben.

Nada más escuchar ese nombre, todo me dio vueltas, así que volví a duras penas al banco y me dejé caer.

—No lo digas más, por favor. No lo digas. Siento que si lo dices más me van a empezar a salir encajes y puntillas en la ropa.

El bardo rio. Estaba más feliz que si le hubieran regalado una estantería nueva llena de los libros más importantes del mundo para él.

—Es asombroso, de verdad que sí .

—Eso has dicho, varias veces. —Apoyé los codos en las rodillas y hundí la cabeza en las manos.

Se sentó a mi lado y me acarició la espalda.

—No es el fin del mundo. Solo es… el principio de muchas otras cosas.

—No quiero ser rey. Ni de Ardacia ni de nada.

—Te he dicho que no voy a obligarte, pero deberías decírselo a Carena. Tiene derecho a saberlo, a dejar de buscar.

Levanté un poco la cabeza y vi a un navío emprender su rumbo desde el puerto.

—Carena seguramente esté en ese barco. Ya es tarde para decirle nada, y no creo que quieras contarle una cosa así por carta y que, por casualidades del destino, caiga en las manos de alguien equivocado.

—Eso es verdad. —Torció el gesto—. Tienes razón, habrá que decírselo cuando volvamos. Y a Palas también.

Por primera vez, esperaba no volver. Esperaba… no sé lo que esperaba.

—No pienso decirle nada al pulecoronas de tu jefe. —Resoplé con fastidio—. Esto quedará entre Carena, tú y yo.

—Podrías evitar una guerra civil.

—O podría luchar del lado de Élinor y partirle la cara a los que osen desafiarla, ¿qué te parece?

Refunfuñando, me acomodé mejor en el banco, porque empezaba a dolerme la espalda.

Cuando lo hice, noté la presión de los cuadernos que Leyla me había dado.

Eché la mano hacia atrás y los saqué. La camisa los había protegido en parte del sudor, pero no del todo.

Los limpié con la manga. Como era de esperar, llamaron la atención de Hach.

Todo lo que tuviera páginas era la luz de la polilla de sus ojos.

—¿Qué es eso?

—Unos cuadernos que me ha dado Leyla. Estaban en la buhardilla de Derian. Llevan aquí más de tres años.

—¿No se los dio a Iliana?

—No, porque su hermano los cogió pensando que eran de él, así que Flechas los creyó perdidos. No los ha leído por entero, solo ha visto algo que tiene que ver conmigo, al ojearlos, y dice que tengo que leerlos yo.

Me pidió permiso para cogerlos y se los di. Los abrió al momento para evaluarlos.

—No son muy grandes, aunque la letra es bien pequeña.

Están escritos a mano, nada de imprenta, con la caligrafía de alguien bien instruido, a pesar de que su trazo sea irregular.

Quien escribió esto, lo hizo a toda prisa, dominado por una gran inquietud.

A juzgar por las características del papel…

—los olió— y por cómo huele la tinta, lo escribió aquí mismo.

En Knegara. Diría, por su envejecimiento, teniendo en cuenta la humedad de la isla y el mal estado de conservación al que habrán estado sometidos, que son de hace… unos doscientos años. Algo más.

—Qué miedo das, Háchpirey. ¿Si te traigo el periódico con el que me limpié el culo ayer averiguarías qué comí?

—¡Málakor, deja de…! —Calló de golpe, con los ojos clavados en la página como estacas de cercado al suelo—. Por los Cuatro Dioses, esto es…

—¡No quiero saber lo que quiera que ponga ahí! —Me puse en pie tan de golpe que volví a marearme, así que tuve que sentarme otra vez—. Basta de misterios, de secretos y de que, de repente, esté escrito que soy heredero del grano del culo de alguien.

—¿Puedes dejar a los traseros tranquilos un rato? —Resopló—. Esto es muy importante.

—No quiero saberlo.

—Muy bien. Si no quieres saberlo, no lo sabrás. —Cerró el cuaderno tan de golpe que se le agitó el flequillo.

Eso me pilló a contrapié.

—¿Me estás gastando una broma?

—No. —Se guardó los cuadernos entre la ropa—. Empero, no voy a obligarte a nada que tú no quieras. Al menos ahora, ya veremos si lo hago cuando consulte esto con Azani.

—¿Y por qué ibas a consultar nada con ella sobre esos cuadernos?

—Porque aquí —volvió a abrirlo por la misma página y la señaló—, aquí mismo dice que …

Un estruendo, fuerte como un trueno, acalló las palabras de Háchpirey.

Miramos al cielo, pensando que una nube de tormenta había aparecido de repente en los despejados cielos.

Lo cruzó una bandada de pájaros veloces; sin embargo, el cielo seguía igual.

Pronto nos dimos cuenta de que el estruendo procedía de la ciudad.

Algo grave debía de haber pasado, pues una nube de humo inmensa ascendió entre los árboles.

Se escuchó un segundo estruendo, y vimos ascender trozos de casas cielo arriba.

Nos pusimos en pie de golpe, en tanto que sonaba un tercero.

Algo o alguien estaba volando Knegara por los aires.

—Por el amor de Azani, ¿qué demonios está pasando? —musitó Hach.

—No lo sé, pero vamos a averiguarlo.

Eché a correr, a grandes zancadas y a velocidad vertiginosa, sin importarme lo irregular del terreno, los salientes de raíces y rocas.

Tenía la horrible sensación de que la gente que me importaba corría peligro.

Que les habían segado la vida en una de esas explosiones.

La angustia que sentí movió mis piernas más rápido que nunca.

También las de Hach. Jamás lo había visto correr así.