CAPÍTULO 16
De ser un montón de cosas
M i padre era el hijo de la reina Meredia. El mismísimo Arturus que Carena había mencionado horas antes, al que secuestraron para provocar una guerra, o a saber qué.
—¿Quééé? —Mi voz retumbó en la quietud de la naturaleza.
Cuando lo miré para interrogarlo sobre aquello, con la mayor confusión que hubiera sentido jamás martilleándome la cabeza, él ya era un zorro. Se perdió entre los bosques hasta desaparecer. No sin antes girar la cabeza y esbozar una sonrisa.
En medio de mi conmoción, escuché una voz a mi espalda:
—¿Me puedes explicar qué haces aquí?
Me di la vuelta y vi a Hach parado a unos pasos, con los brazos cruzados y un aire en el rostro de haber descansado estupendamente. Fresco como un knegarita. Toda la impresión y el cansancio me vinieron de golpe, y me tuve que apoyar en el árbol.
—¡Málakor! —Vino a mí con urgencia y me cogió del brazo, antes de que me desplomase—. Estás pálido como una mañana de invierno. Dime que no has pasado la noche fuera. ¿Te has ido de tabernas?
El suelo me daba vueltas. Bueno, más bien me daba vueltas la cabeza y el suelo la seguía.
—Dame un segundo, Háchpirey.
—Toma. —En mi campo de visión apareció su mano, desdibujada por mi mareo. Cuando enfoqué la vista, vi un frasquito con unas piedras blancas—. Son sales reconstituyentes, huélelas. No me mires como si fuera veneno, ¡huélelas!
Menos mal que le hice caso, porque me quitaron casi de golpe el malestar .
—Eso es un invento de Téramo, seguro.
—Este invento es más viejo que Téramo, ya lo tomaban los antiguos ardacianos —dijo muy orgulloso.
—¿Los de la loba?
—¿Cómo sabes eso?
—Digamos que has poseído a Carena durante unos instantes.
Era imposible que contrajera el ceño más sin que su propia cara se absorbiera a sí misma.
—Déjalo, bardo, ¿qué haces aquí?
—Ya te dije que me gustaba visitar el cementerio. He madrugado para venir.
—Es verdad… —Solté un suspiro cansado—. Háchpirey, hay algo que tienes que saber.
—Vale, pero… —Escudriñó el lugar con la mirada—. Vamos a sentarnos en ese banco. —Señaló uno de madera, ubicado entre un álamo y un ciprés—. Tengo la impresión de que te vas a desplomar del todo.
Un poco más arriba, a la sombra de un árbol, había un manantial entre rocas del que surtía agua abundantemente y que formaba un arroyo que discurría ladera abajo.
Tenía que beber, lavarme la cara. Echarme litros de agua fría encima para recordarme que estaba vivo y que no andaba perdido en el plano de algún dios con ganas de divertirse a mi costa, revelándome de golpe, en una noche, muchas de las verdades ocultas de mi existencia.
—Tengo que beber agua.
El bardo me llevó de la mano hasta la fuente. Bebí con ganas, metí la cabeza bajo el chorro, me mojé la nuca. Y respiré. Respiré todo lo profundamente que pude.
—Me estoy preocupando, Málakor, ¿qué te pasa? ¿Te has metido en algún lío? ¿No me digas que has insultado a algún knegarita con una de las tuyas? Llamándole repollo, lombarda o… col de Brinegh.
—Eh…, no, pero me lo apunto.
Chasqueó la lengua mientras yo me secaba la cara con su capa .
—Eso, sécate la cara con una capa de terciopelo…
—Es mejor que las toallas que suelo usar, que te dejan la cara como si te pasases un rallador de queso.
Soltó un gruñido, tirando de ella.
Ya de vuelta en el banco, sentados los dos, el bardo miró al horizonte con expresión de paz.
—¿Te imaginas que cuando seamos ancianos nos sentemos también el uno junto al otro, en un banco, a contemplar el paisaje?
—No me digas que para entonces no te habré perdido ya de vista. Además, estamos en un cementerio. No quiero sentarme contigo en un sitio así a contemplar nada. —Me saltó una pregunta a la cabeza—. ¿No salieron estos muertos de sus tumbas cuando todo el lío de Drálagor?
—No. Protege la tierra un ancestral rito de los druidas. Como tienes cara de no saber de qué te hablo, te lo explico gustosamente. Son una suerte de hechiceros de la naturaleza. Hicieron algunos círculos de piedras por aquí. Dicen que algunos guardan poderosos rituales.
—Ya, hablando de eso… Tengo una cosa que decirte, pero no sé por dónde empezar.
—Pues, ante la duda, por el principio, ab initio , a no ser que quieras empezar in medias res , es decir, por el medio de la historia.
—Ay, Hach, creo que la mitad de las palabras te las inventas, de verdad.
Se echó a reír.
—Empieza de una vez.
—Bien. —Cogí aire y lo solté, unas seis veces, mientras él me miraba con paciencia—. Soy el heredero al trono de Ardacia.
Vale, empecé por el final.
Hach se quedó como si el aire lo hubiera congelado. Sin expresión alguna. Ni sorpresa, ni duda. Nada.
Le pasé la mano por delante de la cara. Siguió igual.
—Háchpirey, por Azani. —Chasqueé los dedos delante de su rostro.
Eso pareció sacarlo del trance, porque me miró. Aunque lo hizo más serio que en toda su vida. Tanto, que hasta me eché un poco hacia atrás.
—No se juega con esas cosas, Málakor. Déjate de bromas estúpidas.
—¡No es ninguna broma! —bufé—. ¡Es verdad!
—¿Cómo vas a ser el heredero de Ardacia? ¡Ya eres el hijo de una diosa! No puedes ser todas esas cosas así, de repente, como champiñones que fueran surgiendo. —Hizo aspavientos con las manos—. ¡Pum! Ahora soy el hijo de Even. ¡Pum! Ahora el heredero del reino más poderoso de Luara.
—Ah —me crucé de brazos, enfurruñado—, ¿y tú sí puedes ser secretario, portavoz, cronista y otras ochocientas cosas más que no me acuerdo?
—No es lo mismo.
—Sí que lo es. No me creas si no quieres. No son cosas que haya elegido yo, ¿entiendes? —Rumié una maldición en voz baja—. Me han tocado, sin más.
—Vamos a ver… —Se frotó las manos contra las perneras—. Perdóname, es que, en lo tocante a Ardacia, me pongo nervioso. Además, ¿cómo vas a ser hijo de Palas si eres hijo de ese muchacho? Iarlath. Explícamelo bien, porque adivino no soy.
—Ah, ¿no eres adivino? Con el montón de cosas que eres…
—Málakor Arben. —Me dio un codazo que casi me tira del banco—. Habla de una vez.
Me recompuse mientras refunfuñaba, guardándome las ganas de ahogarlo en el arroyo.
Esa vez empecé por el principio. Por mi conversación con Penny y con Carena.
Por el asunto de la Orden. Por Sionnach, las piedras, Iarlath, su historia, Anna Reid, la muerte de lord Málior, etcétera.
Y, para terminar, le hablé de lo sucedido en la tumba.
Toda esa retahíla de cosas debió de llevarme más de una hora, porque el sol cambió de posición.
—Te juro por los dioses, amigo mío, que si cuento esto en las crónicas no se lo cree nadie —dijo él, entusiasmado a más no poder—.
El hijo de una diosa y del desaparecido heredero de Ardacia, que sigue vivo más de doscientos años después, tras haber sido asesino de Ledaria y mercenario de Paltia, que tiene pruebas de su legitimidad, respaldadas por una antigua Orden y que, por ende, podría reinar y acabar con el simple rumor de una guerra civil.
—¿Tú también lo has escuchado?
—Hago como que no lo escucho, pero está. Carena tiene razón.
Se hizo un largo silencio en el que nos sumimos en nuestros pensamientos. Él, porque estaría asimilando cuanto le había contado. Yo, porque aún no me creía lo que había pasado.
—Pero… —La suave voz de Hach resonó al tiempo en que crujía la rama de un árbol cercano.
Miramos hacia allí. Una ardilla andaba de rama en rama. Mi padre me había dicho que podía comunicarme con los animales, pero ese era un asunto en el que trataría de ahondar más adelante. Ya tenía bastante en esos momentos.
—¿Pero?
—Carena te ha dicho que lord Málior formaba parte de la Orden de las Dos Rosas, ¿cómo iba a tener al heredero delante de sus narices y no darse cuenta?
Dices que lo había encontrado vagando por las calles, pero se parecía a él tanto que todos pensaban que era su hijo ilegítimo.
Solo tenían que ver los detalles. Ese niño…
Habría más cosas en él que le recordasen a su hermana Meredia, al heredero desaparecido.
Más allá de la apariencia física, habría rasgos, otras cuestiones que se heredan a veces de los antepasados.
¿Málior estaba ciego? ¿Acaso lo estaban todos?
La punzada de una certeza me pinchó en la nuca.
Fue tan fuerte que hasta me giré, porque me pareció que alguien me había pinchado de verdad; sin embargo, allí no había nadie.
Solo la majestuosa colina, los pájaros desperezándose y los árboles pugnando por ver quién hacía más ruido con sus hojas cuando el viento soplaba entre ellas.
—No estaban ciegos, es que no querían ver. Málior y los Reid estaban en el ajo. Ellos secuestraron al niño. Quizá para matarlo. Pero el lord se apiadó de él y lo adoptó.
—¿Tú… tú crees? —preguntó temeroso. Tal vez por la crueldad de aquella opción.
—¿Qué otra explicación habría entonces? Siempre digo que cuanto más metes la mano en el enjambre, más se acostumbran a ti las abejas.
Quizá, la mejor manera de hacer que Iarlath pasase desapercibido era teniéndolo delante de las narices de todos.
Meredia jamás pensaría que su propio hermano podría haberle hecho semejante jugarreta.
—¿Y qué motivos tendría él para hacer algo así?
—¿Subir al trono?
—No, porque Málior era hermano de ella, no del rey. No era un Tríanor. Era un Arben. —Se frotó la frente, pensativo—. Quizá… quizá solo lo hizo porque su hijo murió trágicamente y no quería sentirse solo. Quizá, al saber que su hermana tenía dos hijos y él ninguno, lo vio injusto.
—Todos tenemos que soportar injusticias, Hach, y no vamos secuestrando a nadie por ahí. Bueno, quizá yo sí haya secuestrado gente, pero… ya me entiendes.
—Te entiendo. —Asintió varias veces, agitándose sus mechones rojos. Bajo el sol de la mañana parecían fuego, y un pensamiento me asaltó.
—La pelirroja hizo un gesto curioso cuando le dije que tú también tenías el pelo rojo.
Me miró con creciente curiosidad.
—¿Qué gesto?
—El que haría alguien que guarda un secreto.
—¿Y no intentaste sonsacárselo? —preguntó como si fuera una ofensa.
—Estaba más preocupado en hablar de cierto mago peligroso.
—Pues tienes que averiguarlo.
—Lo pongo a la lista de cosas raras que tengo que averiguar. —Fingí que sacaba una libreta y apuntaba en ella.
A Hach le entró una risa un poco estrambótica, fruto de los nervios seguramente.
—Cuando te conocí en Ardacia, intuí que no eras alguien corriente, Málakor, pero jamás imaginé que serías tal caja de sorpresas.
—Yo tampoco imaginé que estaría sentado en un cementerio de crecelechugas hablando con un soplaflautas de asuntos tan complicados .
Hach apretó mi hombro y luego sonrió. Sus ojos volvieron a clavarse en la infinidad del paisaje. Knegara terminaba de desperezarse del todo. En el puerto, los barcos se preparaban para zarpar.
—Carena estará a punto de coger su barco, si es que no lo ha hecho ya. Tengo respuestas a muchas de sus preguntas, pero no sé si decirle lo que he averiguado. Aunque ella sospecha algo. Estoy seguro.
—Se lo dirás; no obstante, primero tenemos que comprobar que el broche funciona contigo. ¿Lo llevas ahí?
Asentí, y él miró al cielo, en busca de posicionar el sol.
—En media hora meterás la mano en ese arroyo con el broche en ella, y por los dioses que, si se pone a brillar, me inclino ante ti y te juro lealtad.
—Ya me tienes lealtad, déjate de tonterías y de teatros.
—No, lealtad como legítimo heredero al trono de Ardacia.
Resoplé, con un picor recorriéndome el cuerpo.
—Vale que me hayáis nombrado caballero de Ardacia, pero ser lechuguino de propio derecho no va conmigo.
—Es tu derecho de nacimiento. Lo llevas en la sangre. Y no sé por qué te obcecas en lo que es o no inherente a tu persona, cuando has demostrado de sobra que puedes ser lo que te propongas.
Volví a resoplar. Dos veces más. Tres.
—Si sigues así te vas a desinflar como esos globos de papel tan graciosos que llevan los chiquillos en algunas ferias de las aldeas.
Resoplé de nuevo, antes de decir:
—Una vez, en Paltia, vi a un niño con uno que tenía forma de gorrino y quise llevármelo.
Al globo, obviamente, al niño que lo criasen sus padres.
Quería llamarlo Panceta y ponerlo de adorno en mi habitación, pero Brianna me dijo que robarle a un crío mofletudo no estaba bien.
Aunque me fastidió la diversión, tenía razón.
Hach rio con los labios cerrados. Y yo…, yo resoplé de nuevo, porque a mi angustia se sumó el recuerdo de Brianna, la idea de que jamás volvería a verla. No al menos aquí. En el hogar de los dioses, quién lo sabía …
—Todo irá bien, Málakor. Ya lo verás. Élinor…
—Háchpirey —lo detuve, rotundamente serio—, no voy a hacerle ninguna jugarreta a mi princesita.
Ella tiene derecho a reinar. Su padre así lo ha decidido.
No podéis obligarme a coger algo que no quiero, más aún cuando se trata de una corona.
Y, ni mucho menos, en el harto improbable caso de que llegase a aceptar, pienso casarme con ella para que reine conmigo.
¡Y que nadie lo sugiera porque saco la daga y hago salchichas de gente en menos de un segundo!
¡No podéis obligarme! ¡No voy a ser un pulecoronas! ¡Un hueletronos! ¡Un…!
—Vale, vale. —Me pidió calma también con las manos—. Ya está, no vas a serlo. Y, desde luego, no se me ocurriría sugerir una boda entre vosotros. Es una niña a tu lado. Más aún si tenemos en cuenta que tienes más de doscientos años.
—No me acuerdo de muchos de ellos, así que… —Sacudí la cabeza.
—Al menos comprobarás que la magia de la joya funciona contigo, ¿no?
—Sí, porque de lo contrario ni tú ni mi conciencia me vais a dejar dormir.
—¡Bien! —dijo entusiasmado.
Le pedí a los dioses, en silencio, que cuando metiera la mano en el agua, el broche quedase en la más absoluta oscuridad. Sin embargo, teniendo en cuenta el resultado de mi historial de peticiones a los dioses que habían sido ignoradas, pisoteadas o negadas, no las tenía todas conmigo.