CAPÍTULO 15
De árboles que guardan historias
F ui con él hasta el cementerio de Knegara, en las afueras de la ciudad, hacia el norte.
Era grande y se expandía por terrazas marcadas en la loma de una colina que, más que eso, me parecía una montaña.
Estaba casi amaneciendo. No sabía si mi padre se dejaba ver de día.
Si las normas extrañas que lo ataban al cuerpo de Sionnach se lo permitían.
Él oteó al horizonte y resolvió mis dudas.
—Vamos, date prisa. Cuando amanezca, seré Sionnach de nuevo.
—¿Cualquiera que llegue a esas piedras y las toque podría verte como eres?
—Bueno, eso que has hecho no es solo para poder verme. Ahora puedes ver la apariencia de cualquier otro ser como yo, entender a algunos animales cuando hablen.
—Al fin podré entender siempre al bardo.
Calló una risa, negando con la cabeza.
—Lo digo en serio, Málakor.
—Has dicho que te gustaba contar chistes, eso tiene que ser un chiste. —Me detuve en seco, a medio camino de ascender la colina.
Él, desde unos pasos más arriba, me apremió a subir.
—No es un chiste, ya te dijo la diosa que lo llevabas en la sangre. ¿No has visto a tu madre hablar con los peces del lago?
Me quedé… A ver, necesito una palabra que el bardo diría. Algo muy rimbombante. Pensad en una que quede bien, que se parezca a patitieso, pues esa. Así me quedé.
—No puedo más. —Me rasqué el cogote—. Me va a explotar la cabeza.
—Vamos, Élean. Todo se ve más bonito siempre desde arriba.
—Sí, y también la hostia es más grande si te caes.
Soltó una carcajada y me tendió la mano. Al cogerla, tiró de mí, dándome impulso. Eso es lo que hacen los padres de verdad, pensé, dar impulso a sus hijos cuando la cuesta arriba se les hace demasiado abrupta.
Caminos de piedra serpenteaban por la tierra del cementerio.
Diría «entre las tumbas», pero es que las tumbas no eran nada que hubiera visto antes.
No tenían símbolos de piedra, ni grandes losas, ni había mausoleos.
Las marcaban los árboles. Álamos temblones, tejos, robles y cipreses, si no me fallaban mis conocimientos sobre ellos.
En la hierba, junto a estos, crecían mantos de flores, siendo las blancas las más abundantes.
Parecían estrellas que hubieran surgido del suelo.
—Los álamos para los niños. Los robles para los jóvenes. Los tejos para los más mayores y los cipreses para los más ancianos —dijo mi padre mientras caminábamos entre ellos.
Los ojos se me perdían en sus troncos. En una tablilla, en mejor o peor estado por el paso del tiempo, estaban grabadas palabras, símbolos…
—Cuando alguien de la misma familia muere, plantan en su tumba el retoño del árbol que cobija a alguno de sus antepasados —indicó él—. Su semilla.
Eso me resultó curioso, pero tan propio de los knegaritas…
—Verás siempre el nombre del difunto y, junto a este, el nombre de algún familiar. También sus profesiones o los logros que hicieron.
Me fijé, y así era. Ponía: «Fulano de tal, hijo de tal.
Herrero» o «Sobrino de tal. Luchó contra Ledaria».
A veces lo ponía todo a la vez y había muchos nombres de familiares.
A veces, incluso amigos. Otras, solo «amigo de», y eso me hizo sonreír.
Porque, de no saber yo de quién era hijo, podrían haber puesto en mi árbol: «Málakor, amigo del cantamañanas de Háchpirey».
Casi me reí a carcajadas yo solo.
Una vez llegamos a la cima, oteé el horizonte.
Era una de las vistas más hermosas que había contemplado jamás.
Un regalo de la naturaleza. De Azani. Había bosques, infinitos bosques y ríos, mirase donde mirase.
El ancho mar. Las grandes cadenas montañosas.
De una de ellas caía una imponente cascada y me pregunté si no sería de la que Leyla me habló.
Pensar en ella, en ese salto juntos, me hizo sonreír mientras seguía contemplando el lugar que la vio nacer.
La ciudad, arropada por sus tonos de verde, despertaba.
De las chimeneas emergían hilos de humo.
Una humeaba con más ganas. Debía de ser la panadería, porque hasta donde estábamos llegaba el olor a pan recién horneado.
Tenía un hambre terrible. Pero ese fue, verdadera y raramente, uno de esos momentos en los que comer no era una prioridad para mí.
En el horizonte se adivinaba ya la línea de claridad más absoluta que anuncia la llegada del sol.
—¿Llegaste a saber quién eras en realidad, padre?
—Sí, aunque ya estaba muerto cuando Azani me desveló la verdad.
—¿Y quién eras?
—Eso no puedo decírtelo. La diosa dice que debes descubrirlo por ti mismo. Vamos, date prisa.
—Azani y yo vamos a tener una conversación seria acerca de seguir guardando secretitos y hacer a otras personas que también los guarden para complicarme la vida.
—Hijo… —dijo con un tono entre la risa y el regaño—. No te preocupes, lo descubrirás pronto.
Echó a andar y lo seguí, rezongando. Finalmente, nos detuvimos ante un alto y frondoso roble, de tronco grueso y ramas nudosas y fuertes. Sus hojas eran de un rojo brillante.
—Nunca he visto un árbol con las hojas tan rojas, ni siquiera en otoño. Y tú no tenías antepasados aquí, ¿no? A ver si vamos a venir de una familia de knegaritas… Eso sí que no lo soportaría.
—No, no los tenía. —Se rio, y casi me pareció que sabía en lo que estaba pensando—. Azani trajo un esqueje de un lugar llamado Erisias. Es un tipo de roble rojo que solo crece allí.
—¿Has dicho Erisias? —Pestañeé varias veces, confuso.
—Sí. Ya la conoces, ¿verdad? —Sonrió enigmático.
—Claro que la conozco, la pelirroja es de allí. —Miré las hojas del árbol, su color era parecido al del cabello de ella—. Aunque ahora no esté allí y… Es igual, ¿por qué sonríes así ?
—Porque no solo recuperarás Erisias junto a ella, también sacarás a tu madre del Olvido junto a la mujer de cabellos rojos. Está escrito en las estrellas. En vuestro destino. Pon la flor, va a amanecer.
—No puedes meterme prisa después de decirme una cosa así —me quejé—. No podéis decirme cosas así y seguir como si nada, eh, tengo un corazón que sufre, me altero. Estáis hablando de mi vida. De recuperar una ciudad. De sacar a mi madre del Olvido. ¡Del Olvido!
—Todo irá bien, Málakor. —Posó la mano en mi hombro y lo apretó con cariño—. Irá bien. Pon la flor, vamos.
—Muy bien —resoplé—, pero tengo que hablarte de una cosa. Preguntas que hacerte. Es sobre un broche que encontré junto a tus cartas y tu capa.
—Mi capa roja. —Sonrió.
—Eso es. Además…
—Pon la flor, Málakor —interrumpió nervioso, mirando la posición del sol.
Posé la flor a toda prisa a los pies del roble.
Allá estaba su nombre: Iarlath. Sin embargo, no vi nada más.
Eso me extrañó, e iba a preguntarle cuando un rayo de sol incidió de golpe contra la madera.
Entonces lo vi. Se iluminó como se habían iluminado los símbolos de la piedra.
Y brillaron en ella las siguientes palabras:
Arturus Tríanor Arben
Hijo de Meredia y de August
Hijo adoptivo de Málior Arben
Hermano de Aelia Tríanor,
reina de Ardacia
Heredero al Trono de Ardacia