CAPÍTULO 14 #3
—Nos vio —anotó con tristeza—. Me había seguido hasta el bosque sin que me diera cuenta.
Trató de matar a tu madre. Clavó el puñal en su vientre, pero la hoja ni siquiera se hendió.
Fue como si tuviera un escudo a su alrededor que la hiciera invulnerable.
Pero, de haber sido mortal, tanto ella como tú habríais muerto.
Aquello no le pasó desapercibido a Anna.
Había leído historias sobre los dioses. Se volvió loca e intentó matarme, pero Eydrin le dio una coz que la tumbó.
Quedó muerta. Te juro que pensé que estaba muerta.
Se llevó la mano al rostro y lo frotó con brío. Podía sentir la desesperanza que le provocaban tales recuerdos, así que puse una mano en su hombro para tratar de confortarlo. Soltó un largo suspiro y siguió hablando:
—Tu madre y yo huimos de allí sin mirar atrás.
Me dijo que hablaría con Azani, que buscaría ayuda para salvarnos.
Me despedí de ella con el corazón en un puño, sabiendo que pronto tendría que enfrentarme a la noticia de que habían encontrado a Anna muerta en el bosque.
Pero cuando llegué a casa estaba allí. Las sienes llenas de sangre, la ropa hecha jirones.
Los muslos amoratados. La mirada henchida de odio.
Junto a ella estaban sus padres y una sacerdotisa. Los tres me miraban con idéntica ira.
—Supongo que les dijo a todos lo que había visto.
—Desde luego. Lo hizo, señalándome con su dedo acusador, que se me antojó como un puñal.
«La diosa estaba con él», bramó. «Han yacido juntos.
Nacerá una aberración de su unión que nos condenará a todos.
Los he visto y han querido asesinarme. Luego me han dejado tirada en el bosque, creyéndome muerta».
Les dije que no era verdad, pero ella insistió.
Y nadie me escuchaba ya. Solos sus gritos acusadores.
Solo sus falacias y su veneno. «¡Justicia! ¡Que perezca en el cadalso!», clamaban.
Sentí ganas de matarlos, y no en el cadalso precisamente, pero no me extenderé con descripciones horrendas sobre todo lo que pensaba hacerles. Lo dejo a vuestra imaginación.
—Dos sirvientes me arrastraron pasillo abajo mientras trataba de zafarme, pidiendo que llamasen a lord Málior, que él no consentiría aquello —continuó él—.
De repente, uno de los Reid dijo: «Lord Málior ha muerto.
Lo han asesinado en un sucio callejón. Ya no hay nadie que te proteja, huérfano miserable».
Por cómo me miró Anna, supe que había sido ella quien lo había matado.
Mi odio hacia los Reid se volvió fuego abrasador.
—¿Y me dices que los perdone? ¿Por qué lo mató? —clamé.
—Quizá para dejarme desamparado. Quizá por algo más.
No lo sé, hijo. —Le llenó los labios otro suspiro, angustiado como su voz—.
No me mataron, pero esas palabras me sepultaron en vida y su castigo fue peor que la muerte, porque me despojaron de todo y me arrojaron a servirles en las caballerizas, a limpiar estiércol hasta que me dolieran las manos.
No tuve que hacerlo mucho tiempo, porque la situación pronto se descontroló.
Por toda Ardacia se mancilló mi nombre, se conjuró una venganza en mi contra.
Vinieron a buscarme. Logré escapar, pero tenía que regresar a por Eydrin, a por algunas cosas más a las que tenía cariño.
El resto… ya lo sabes. Morí asfixiado abrazando a Eydrin.
Morimos los dos, el uno junto al otro. Y ese fue nuestro consuelo.
—Maldita sea la estirpe de los Reid. Malditos todos ellos.
—Caminé arriba y abajo, vociferando, casi rugiendo—: ¡Los mataré a todos!
¡Mataría a Anna Delussia otra vez! A ella y a todos los gusanos que vengan de Anna Reid.
Y, si pudiera, viajaría a esa noche y me verías aparecer en esa habitación para cercenarle la garganta.
Sentirías su sangre caliente en tu piel. ¡Eso sentirías!
—Hijo… —Puso la mano en mi hombro, tratando de calmarme.
—¡No! —Me zafé, irritado a más no poder—. ¡No es justo!
Giré la cabeza hacia él, con la respiración desbocada, y topé de frente con un dolor exacerbado en su mirada.
Lo veía y estaba pensando solo en el mío.
En lo que yo sentía con respecto a eso. En mi rabia.
En mi ira. En mis ganas de tallar con sangre el nombre de los Reid en sus propios vientres hasta que sus tripas se derramaran sobre la carne.
Recapacité, por suerte, a tiempo de no parecer insensible a su dolor.
—Lo siento. —Lo abracé con fuerza—. Lo siento, padre. Pero es que…
—Lo sé. No hace falta que lo digas. Conozco el dolor que sientes, porque yo también lo sentí. A veces lo siento de nuevo.
Lo abracé más aún, su calidez me envolvió. Así estuvimos unos minutos, perdidos en aquel abrazo sanador, mientras la luna seguía su ciclo en el cielo.
—No me arrepiento de lo que hice —dije con firmeza cuando nos separamos—.
Lo volvería a hacer. Mataría a Anna de nuevo, porque ella no era inocente de sus crímenes, y fueron muchos.
Malditos sean sus nombres hasta en la lengua de las piedras.
—Me froté la frente, abrumado. Otra vez me llegaba la realidad de golpe y a borbotones, y, por más que eso me pasase a menudo, seguía destrozándome—. Ya no viste más a mi madre, ¿no?
—Sí, la vi. Cuando abrí los ojos en la muerte.
En el viejo cementerio de Ardacia, junto a mi tumba.
Su vestido era de un negro profundo. Mi alma…
estaba hecha de luz. Ahí la abracé por última vez.
Miré sus ojos por última vez. Estaban tan llenos de lágrimas que el azul de su océano se había vuelto gris.
Yo no sabía que su ira había condenado Ardacia.
Que la había condenado a ella. Y entonces… él vino a llevársela .
—¿Quién?
—Un cuervo posado sobre las ramas retorcidas de un árbol que tomó la forma de tu abuelo. De su padre.
—Maldito Damien.
—Pero bendita Azani. Ella me trajo a Knegara y metió mi alma en Sionnach. —A pesar de todo, sonrió—. Porque ella cuida de todos nosotros.
—Ya, claro, algún consuelo ha de quedarnos…
Él volvió a suspirar; apenas podíamos hacer más que eso.
—Había dos dioses más allí, Málakor, los vi antes de que la diosa me llevase con ella. No sé decirte quiénes. Un dios de túnica roja y otro de túnica negra. El primero le dijo al segundo: «Sabes que esto va a traer problemas, ¿no?».
—Vaya, nadie lo habría adivinado —dije con ironía.
Mi padre casi rio.
—¿Qué contestó el otro?
—«El Destino ha hablado», o algo así.
—El destino me tiene hasta los mismísimos. A veces lo odio tanto como a Ledaria. Igual que al bien común. Los odio, profundamente. —farfullé—. Yo he estado en ese cementerio, ¿sabes? Si hubiera visto tu tumba…
—Mi tumba no estuvo mucho tiempo allí. Los pocos amigos que me quedaban, y que no murieron en el incidente, la trajeron a Knegara. Una de mis amigas, sacerdotisa…
—¿Debra? —quise saber, ansioso.
Clavó la mirada en el cielo, brevemente; cuando la regresó a mí, dijo:
—Soñó con que debía estar aquí y no en Ardacia. Mis amigos se encargaron de traerme.
Me llevé la mano al colgante. Recordé, una vez más, el gesto de Debra al colocármelo.
Ella sabía cosas que jamás me dijo. Una punzada de enfado me recorrió, pero pronto comprendí que, en el orden de las cosas, solo había hecho lo correcto.
Pensé además en la Sombra. Hecha de quienes habían sufrido tanto, había entrado mi colgante y ahí debía de seguir.
A saber dónde, porque no era un asunto del que me hubiera ocupado.
Mi padre miró la piedra con atención.
—Algún día llegará el momento y sabrás qué hacer con eso. Vamos, te llevaré a visitar mi tumba. Quiero que la veas. Que pongas una flor en ella. Eso siempre ha ofrecido consuelo a los que aún viven.
Me pareció que no era una opción, que iríamos sí o sí. Y me acordé de Hach, de lo que dijo que solía visitarlo. Quizá había visto la tumba de mi padre sin saberlo.
Iarlath se perdió entre los árboles y regresó al poco con una flor que puso en mi mano.
Iba a poner flores a la tumba de mi padre, que era más joven que yo y que, a la par, estaba vivo en el cuerpo de un zorro.
Pensé que, cuando le contase todo esto a Háchpirey, ni él se lo creería.
Bueno, él sí, cantaría hasta una epopeya y todo sobre este asunto.