CAPÍTULO 14 #2
Había tanto arrepentimiento en su voz cuando pronunció esa última frase, tan honda era su pena, que sentí que la luna caía del cielo y me aplastaba. Tragué saliva como pude, en la garganta tenía un nudo hecho de esquirlas de metal.
—No os echo en cara lo que sucedió.
—Pues deberías. No voy a adornarte la realidad, porque no solo fuimos víctimas, también verdugos.
—En su mirada hubo dureza—. Sabíamos lo que hacíamos, sabíamos que nos quemaríamos y, aun así, fuimos de cabeza a las llamas, sin pensar que criaturas inocentes se quemarían con nosotros.
¿Quieres saber lo que pasó? Te lo diré. Solo espero que puedas comprenderme.
Parados en medio del bosque, al amparo de la penumbra de un conjunto de altos árboles, me pareció que de repente despertaría de ese extraño sueño en el que creía estar sumido, y él se habría marchado. Que jamás sabría toda la verdad. Así que me apresuré a hablar, para seguir ahí, por si acaso.
—Trataré de hacerlo, padre.
Iarlath tomó aire mientras asentía.
—Me enamoré de tu madre, eso ya lo sabes.
Desde que la vi en el lago por primera vez, su imagen no abandonó mi memoria.
Noche tras noche, regresé a buscarla. Pasaron meses hasta que volví a verla, pero no perdí la esperanza.
El día en que ella se dio cuenta de que la miraba, se metió bajo el agua para no salir.
Ese día lloré un río, porque pensé que la había espantado.
Sin embargo, una tarde en la que me bañaba en el mar, después de un largo paseo, emergió de la espuma de una ola.
Juro que me quedé sin palabras. Que el mundo se detuvo.
En los ojos de mi padre hubo ese brillo que dan las lágrimas que están por llegar. Emocionado, también sentí las mías asomar.
—Ella es lo más hermoso que pudo pasarme.
Desde la primera palabra hasta la última, nuestras almas, la mía mortal, la suya divina, hablaron el mismo lenguaje.
Even arrastró de mí cualquier rastro de tristeza.
La barrió como barren las olas la orilla.
—Sonrió a la par que una lágrima recorría su mejilla—.
Y nos amamos. Profundamente. Buscábamos cualquier momento para vernos.
Siempre a escondidas. Nos divertíamos tanto…
Hablábamos de cualquier cosa. Su sabiduría y sus años, comparados con los míos, eran eternos, pero ella siempre me escuchaba como si lo que le estuviera diciendo fuera la cosa más novedosa y asombrosa del mundo.
Le gustaba mucho que le hablase de Eydrin. Ella lo quería tanto como yo.
Fue fácil imaginarlos juntos compartiendo un paseo en la tarde, caminando por algún bosque solitario, cabalgando a lomos de Eydrin. Ella sentada delante, con la espalda en el pecho de él, sus largos cabellos posados en sus ropas. No sé por qué los imaginé así, pero me gustó.
—Anna y yo éramos amigos; sin embargo, en su cabeza, en sus planes… algún día seríamos algo más.
—Recuerdo la visión que me has mostrado.
Asintió con pesar.
—Siempre supe que jamás podría darle eso, porque no sentía nada por Anna, menos aun después de conocer a tu madre.
Aunque nunca le di esperanzas, ella alimentaba esa idea por sí sola hasta que la convirtió en un dios en el que creer.
Su forma de observarme, de tratar de controlarme, se volvió enfermiza.
Sabía que yo estaba viendo a alguien, me dijo, porque lo notaba.
Decía que podía oler el perfume de otra mujer en mí.
Yo no podía hablarle de Even, así que lo negué todo.
Y Anna… —Apretó los labios, a la par que las manos—.
Anna hizo cosas cuestionables para tratar de atraer mi atención.
Me hacía encerronas para verme. Aparecía desnuda en mis aposentos.
Se ofrecía a mí a cualquier precio. Siempre la rechazaba.
Le pedía, por favor, que se detuviese en sus em peños.
Que jamás estaría con ella, pero mi negativa nunca fue suficiente.
El viento agitó las hojas a la par que mi padre agitaba la cabeza. Su semblante estaba nublado por la pena y… ¿por la culpa?
—¿Por qué te sientes culpable? —me atreví a preguntar.
—Porque no quería hacerle daño y, a pesar de todo, se lo hice.
—Qué… ¿qué le hiciste?
—Le dije cosas horribles, Málakor. Ya no fue solo mi negativa.
No fueron solo mis peticiones para que me dejase en paz.
Le dije cosas verdaderamente terribles. Pero esa noche estaba muy triste, harto de todo.
Tan triste y harto que si hubieran metido mi alma en una fosa abisal me habría alegrado de no seguir sintiendo tanto dolor.
Tu madre me había dicho que no podíamos volver a vernos.
Que lo nuestro tenía que acabar. Que el perjuicio de nuestras acciones transcendería y provocaríamos algo que no podríamos afrontar.
Pero eso me daba igual. Yo la amaba. La amo.
Siempre la amaré, da igual el tiempo que pase.
Da igual el maldito Olvido. Si viviera cien vidas volvería a buscarla.
Y si tuviera que morir cien veces por ella, moriría.
Sentí todo ese amor bulléndome en las venas. Yo era resultado de ese amor, y eso era indiscutible.
—Esa noche, lord Málior celebraba su cumpleaños.
A él le gustaba mucho esa celebración. Pensaba que hacía falta, más que nunca, en aquellos tiempos de guerra —prosiguió, con la mirada aún clavada en la tierra—.
Había cientos de invitados. La música lo llenaba todo, así como las risas, la alegría.
Pero yo estaba ahogado en mi pena y decidí ahogarla en vino, que corría por la fiesta sin mesura.
Málior nunca me había permitido beber más que un poco de vino aguado en las comidas, pero esa noche me dejó hacerlo.
Y me excedí —musitó arrepentido—. Solo quería… olvidarlo todo.
Echó a andar, despacio, sin rumbo concreto. Caminaba unos pasos a la derecha, otros a la izquierda, nervioso. Pensé que no seguiría hablando, pero lo hizo. Lo que dijo… habría preferido no saberlo.
—Estaba en los límites de mi embriaguez y Anna me ofreció una copa tras otra.
Bebí cinco más. Soporté sus absurdas bromas, sus insinuaciones, con la sensación de que podría partirle una de esas copas en la cabeza y quedarme como si nada.
Hasta que le dije algo que recuerdo de una forma más vivida de la que cabría esperar en mi situación. Algo horrible.
—Me da igual lo que le dijeras. Ella no tenía derecho a hacerte…
—Le dije que ojalá estuviera muerta. —Volvió a mirarme, sus ojos eran un pozo de culpa—. Que solo sería feliz cuando su corazón fuese un nido de larvas y moscas. Eso le dije.
—Me parece una buena frase para decirle a alguien que está tocándote las narices. Se la merecía.
—Tu rabia hacia ella habla por ti. Nadie merece que le digan algo así.
—Tengo una lista de nombres de gente que se lo merece, ¿quieres que te la diga? Porque va para largo…
—Lo sé, Málakor, sé que te han hecho mucho daño. Ella me lo hizo, pero, aun así, debí haber sido más precavido y no decirle según qué cosas. Ni siquiera a ella. Ni cuando hizo lo que hizo.
—Por todos los dioses… —bufé—. ¿Qué demonios hizo esa sabandija de Anna Reid?
—Aburrido, borracho, me retiré a mis aposentos —prosiguió—.
Solo recuerdo que me tumbé en la cama y dormí hasta el atardecer del día siguiente.
La fiesta me parecía un mal sueño. También lo que le había dicho a Anna; pero ella no lo olvidaba.
Apareció en mis aposentos con un puñal en la mano.
Se lo puso contra el vientre y me dijo: «O te casas conmigo o me mato».
Y yo… —Frunció los labios, la culpa brilló en sus ojos con más fuerza—.
Le dije que iría a llevar flores a su tumba.
Apretó los dientes, me miró con los ojos llenos de odio.
Pensé que se clavaría el puñal; sin embargo, dijo: «Si no te importa mi muerte, entonces mataré a la mujer que amas.
Averiguaré quién es y la mataré. No serás mío, pero tampoco de ella».
Estaba tan absorto en escucharlo que casi me había olvidado de respirar. Cogí aire profundamente, abrumado. Me dolía hasta el pecho al pensar en esa situación.
—Ella no habría podido matar a mi madre, es una diosa.
—Matarla no, pero hay cosas peores que la muerte. Eso bien lo sabes .
—Lo sé. ¿Qué ocurrió entonces?
—Que sus amenazas me resbalaron como aceite sobre piel mojada.
No tuve miedo, tu madre había puesto distancia entre nosotros y pensé que jamás sabría quién era.
Ese fue mi error. Evité a Anna durante muchos días, casi meses.
Evité a todo el mundo, menos a Eydrin, solo su compañía me mantenía a salvo.
Pero Anna siempre encontraba la manera de verme y de recordarme su amenaza, y empezaba a cansarme de ella.
Estuve a punto de cometer una barbaridad.
De acabar con ella y poner fin al problema.
Sin embargo, cuando me hallaba al borde del colapso y de mi propia estabilidad mental, un día en el que cabalgaba por el bosque, en busca de algo de paz, tu madre vino a verme.
Me dijo que no podía vivir sin mí. Que no le importaba enfrentarse a la ira de dioses y hombres por nosotros.
Que prefería el Olvido a vivir sin mí. Y ella… no vino sola. Había vida en su vientre.
—Estaba embarazada—musité.
—Sí… —Sonrió con cariño—. Fue la noticia más hermosa que había escuchado jamás. Fui tan feliz… Lo fuimos, los dos. Sin embargo, nuestra felicidad duró poco.
—Anna os vio —dije, palideciendo, con los dientes apretados.