CAPÍTULO 14
De saber la verdad
E l mismísimo Iarlath Arben estaba ante mí.
Su mano sobre la mía. Sus ojos marrones, algo más claros a como los vi en el cuadro, clavados en los míos.
Su sonrisa era tan bonita como la del bardo, tan cálida y radiante.
Tan capaz de coger tus miedos y problemas y darles una paliza que los dejase temblando en el suelo.
No podía ni pensar, y me habría gustado poder hacerlo para que mi cerebro mandase un mensaje al corazón y le dijera, de una maldita vez, que si se paraba, o si seguía latiendo con esa fuerza, íbamos a tener inconvenientes.
También para decirle a mis labios que fuesen capaces de articular las palabras que estaban atascadas en mi garganta.
Mi padre tomó mi mano entre las suyas. Más pequeñas que las mías, suaves, estaban calientes. La puso en su pecho y noté que su corazón también latía rápido. Eso me hizo sonreír.
—Hijo —musitó, con las lágrimas asomándole al borde del párpado—. Ahora ves cómo soy en realidad. Ahora puedes oírme.
—Puedo oírte. —También a mis ojos vinieron las lágrimas. Aquello estaba siendo demasiado. Aún no sabía qué decir, pero algo me salió solo—: Eres tan joven… Casi tanto como en tu retrato.
La realidad de su muerte a temprana edad me sacudió.
Se me quebró el ánimo al pensar en que murió abrasado por la furia de unos locos, por la envidia de Anna.
Las lágrimas salieron en tropel. Iarlath no dudó en abrazarme.
Me cobijó en su pecho como si fuera solo un niño.
Así estuvimos… no sé cuánto. Pero la luna cambió de lugar y en las piedras ya no se veían los símbolos.
—Siento todo por lo que has tenido que pasar —dijo .
—Y yo todo por lo que tuviste que pasar tú.
—No importa, lo pasaría cien mil veces más si con ello garantizase tu existencia.
—Pues yo no lo habría querido. —Me separé un poco de él, para mirarlo muy serio—. No habría querido tu sufrimiento ni a cambio de cien vidas de felicidad.
—No sufras por mí, lo que sucedió en mi muerte solo fue un guiño en mi vida. En lo demás, en la mayoría de mis días, fui feliz, Élean. Sobre todo desde que conocí a tu madre.
—¿Élean? —Pestañeé sorprendido—. ¿Por qué me has llamado así?
—Es el nombre que quería darte tu madre. —Tomó mi rostro entre las manos—. Con el que te conocen en las tierras de los dioses. Tiene un significado, ¿quieres saberlo?
Asentí con decisión.
—Significa: «Manantial de los bosques».
—¿En serio, mamá? —dije mirando al cielo, sin sentido alguno, porque no sabía si el Olvido estaba allí o en el fondo de la tierra—. ¿No había otro nombre más… moñas?
Mi padre rio. Escuchar su risa me hizo reír también como un tonto.
—El Élean es el lugar con mayor poder en Thalos Belias, el manantial original en el que el agua nació, para luego llenar la tierra de los mortales. Para los antiguos, aquel que pudiera beber de ese agua prístina, estaría bendecido por ella y viviría una vida de fortuna.
—Pues en lo que respecta a mi vida… le está costando, eh.
Volvió a reír.
—¿Crees que el agua, por más poderosa que sea, no se enfrenta a obstáculos? Ahí tienes a las montañas, y el agua se cuela por abruptas breñas y desfiladeros. Por grietas y agujeros. Transita por cuevas oscuras buscando otra salida. Por más grande que sea el obstáculo, nada la frena.
—Hablas como si tuvieras miles de años… —musité, perdido en su forma de expresarse, en todas esas reflexiones tan certeras.
—Sabes de sobra los que tengo. Los que viví en mi cuerpo mortal y los que he morado siendo Sionnach.
—Rio suavemente—. No soy tan viejo, hijo, pero he escuchado mucho y mucho es lo que sé.
Me mantengo en silencio cuando los demás hablan y hablo solo cuando tengo algo verdaderamente importante que decir.
—Ojalá se aprendiera eso el bardo…
—Tu amigo Háchpirey nunca dice nada que no sea importante, deberías escucharlo más.
Era la primera vez que mi padre me regañaba y eso casi me hizo reír, porque era una sensación nueva. Lo de Roan… Ese no contaba. Ni era mi padre ni a lo que hacía podría llamársele regaño, él… era una bestia.
—Ven. —Me tendió la mano—. Demos un paseo.
La cogí de inmediato y caminé a su lado hasta abandonar el círculo de piedras. Entramos al bosque y nos perdimos en él largo rato, mientras hablábamos de todas esas cosas que siempre habíamos querido decirnos. Él sabía de mi vida, porque lo había escuchado a unos y a otros de Knegara.
—Y algo te habrá dicho Azani, porque supongo que fue ella la que te convirtió en zorro, la diosa que dice la leyenda.
—Ella me dio el don de morar como Sionnach hasta que Even pudiera salir del Olvido. —La tristeza que inundó su voz me sobrecogió—. Y sí, ella me habló de ti. Me avisó de que vendrías a Knegara.
—La primera vez que estuve aquí… —murmuré mirando al suelo. Había unas raíces enormes con las que era mejor no tropezar. Me detuve, para poder mirarlo directamente a los ojos—. ¿Por qué no viniste a verme aquella vez?
Los suyos se clavaron en los míos con férrea determinación.
—Porque no estabas preparado, Málakor. No habrías entendido nada. Cientos de cosas tenían que revelársete antes de que yo pudiera hablar contigo. Cientos más se te revelarán de ahora en adelante.
Por más que me pareciese que tenía el derecho a saberlo desde un principio, que eso me habría ahorrado muchas dudas, había sido mejor así.
Permanecimos en silencio unos segundos, mecidas las hojas de los árboles por una suave brisa.
La luna estaba ya en lo más alto del cielo.
Rompí el silencio preguntándole por mi madre.
Por cómo era, de qué cosas solía hablar, qué cosas la hacían reír.
Lo escuché hablar de ella, iluminados sus ojos y los míos por un cariño sin igual, durante largo rato.
—Ella era… —Suspiró profundamente—. ¿Sabes cuando eres pequeño y temes salir a un pasillo oscuro? Te asomas a él un día y otro, y nunca te atreves a dar un paso. Sin embargo, un día, simplemente, una voz interior te dice que puedes hacerlo.
Recordaba muchas noches siendo niño en las que los pasillos del burdel de Ledaria me parecían la boca de un lobo hambriento.
—Conozco esa sensación.
—Pues tu madre era esa voz. Ella te empujaba a convertir lo imposible en posible. Ella es el sol que vence a las nubes más negras.
En mi corazón, deseé que algún día alguien dijera esas cosas de mí.
—Algún día le preguntaré a ella lo mismo.
—¿Lo mismo?
—Sí, le diré: Madre, ¿cómo era mi padre cuando lo conociste?
Hubo en su rostro una mezcla de nostalgia y alegría que me conmovió.
—Te dirá que era un crío que nada sabía de la vida, pero que contaba buenos chistes. A ella le gustaba que la hiciera reír.
—¿Contabas chistes? En tus cartas parecías serio.
—En mis cartas… estaba solo con mis pensamientos. ¿Cómo es posible que las hayas leído?
—Las saqué de la mansión de esos gusanos, los Reid.
—Los Reid… El abismo de todas sus mentiras se los tendría que haber tragado ya.
—Volveré a Ardacia para tragármelos yo, no te preocupes. Esa rata de dos patas que he visto junto a ti en el lago… Si la tuviera enfrente le rebanaría el pescuezo —mascullé irritado, y me di cuenta de que él me miraba contrariado—. Perdona, es hablar de los Reid y me consume el odio.
—Tienes que perdonarlos. A ella y a su familia. Yo ya los he perdonado.
—Esa muchacha os condenó a mi madre y a ti al sufrimiento, a la muerte y al Olvido.
—Anna cometió un grave error, sí, pero todos tenemos derecho a ser perdonados. También yo soy responsable de muchas cosas que han ocurrido por amar a tu madre.
—No tiene nada que ver.
—Sí la tiene. Anna hizo las cosas que hizo porque me amaba. En un sentido del amor retorcido y extraño, pero me amaba.
—Eso no es amor. Y quiero saber qué ocurrió exactamente. Sé muchas cosas, pero no de tus labios.
Él me miró dudando. Levanté una ceja.
—¿Te ha dicho Azani que tengo que descubrirlo por mí mismo?
—No, esto puedo contártelo, pero tienes que prometerme que…
—No voy a perdonar a los Reid. Si el contármelo supone que vas a pedirme que los perdone, entonces olvídalo. Tuvieron la culpa de tu desgracia, de la de mi madre y, ya de paso, de la mía. Si esa basura de Anna hubiera mantenido la boca cerrada, nada de esto hubiera pasado.
Eché a andar de nuevo, él me siguió.
—Los dioses se habrían enterado tarde o temprano igualmente, hijo —dijo llegando a mi altura—, cálmate. Tu madre y yo sabíamos dónde nos estábamos metiendo. Aun así, no quisimos pensar en las consecuencias.
—¡No me intentes hacer creer que la culpa fue vuestra!
Iarlath se puso delante de mí y me frenó, poniéndome la mano en el pecho.
—Es que la culpa, en parte, fue nuestra, Málakor —dijo, con la seriedad de doscientos años en la voz y en el rostro.
Ese gesto en un semblante tan joven, me descolocó—.
Lo he asumido. He aceptado que mi egoísmo tuvo consecuencias.
He aceptado que rompí las normas de dioses y mortales.
Acepté mi penitencia y el castigo que se me impuso.
Tu madre, si es que en el Olvido conserva su memoria, también lo habrá aceptado.
Mientras él hablaba, yo quería gritar. Romper cosas a puñetazos. No obstante, le hice caso y me paré a escuchar, con calma, a tratar de comprenderlo. Y lo comprendí, sobre todo cuando agregó:
—Hasta del amor más puro puede surgir el mayor de los desastres.
Las desgracias no vienen solo del odio, de la envidia o de los malos pensamientos.
El amor, a veces, también las provoca. Una madre, por amor a su hijo, podría aniquilar a un pueblo entero si con ello garantizase su salvación.
Y una diosa, por amor a un mortal, puso en riesgo su propia existencia y, con ello, la existencia de cuantas cosas dependían de ella.
Y yo puse en riesgo mi alma. De no ser por la intercesión de Azani, habrían destruido de mí hasta el último resquicio.
Fue el precio que pagar. Lo único que lamento es que te vieras implicado.