Málakor 3 CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

De Sionnach y las piedras

S u mirada estaba clavada en la mía, ese cúmulo de estrellas seguía brillando en ella.

En su hocico, aquel gesto similar al de una sonrisa.

Miré a un lado y a otro, por si era una maldita broma, el truco de algún mago que hubiera venido a tocarme las narices.

Pelnor, tal vez, que no sabía estarse quietecito ni aun cuando su tía podría poner sus gónadas en una canasta y mandarlas a hervir.

Pero no había nadie. Solo Sionnach y yo.

—¿Qué ha sido eso?

Avanzó hasta mí y me rodeó despacio mientras lo seguía con la mirada. La cabeza de él me llegaba casi a la cadera. Era bien grande, como Chucho. Cuando estaba a mi espalda, echó a andar puente arriba. Sentí que debía seguirlo.

Fui tras él, sorteando más casas, cruzando más puentes, hasta dejar atrás la ciudad y adentrarnos en la espesura.

Me pasaron muchas cosas por la cabeza. La primera de todas fue que estaba siendo un imprudente, que estaba dejándome llevar por una ilusión, que igual que los magos podían engañar así a la mente humana, ese zorro enorme me llevaba a una trampa mortal.

Pero cada vez que esos pensamientos acudían a mí, Sionnach se detenía y esperaba hasta que estuviese a su lado.

Luego, me rozaba el dedo con el hocico y me regalaba una de esas visiones. De aquellos… ¿recuerdos? ¿Acaso era él?

Volví a verlo, observando a Even mientras ella se bañaba en el lago, debatiéndose sobre si acercarse o no.

Montando a Eydrin. Estudiando viejas lenguas bajo la atenta mirada de un severo profesor.

Poniéndose un traje de lechuguino frente a un fastuoso espejo de oro con el que se podría alimentar a media Luara.

Escuchando, curioso, al filo de una puerta una conversación entre adultos en la que se hablaba de esa guerra civil que duró tantos años.

Paseando por unos jardines junto a su protector, ese al que él, en sus cartas, llamaba « padre».

Jugando a los naipes con Anna. Casi siempre era feliz, pero nunca como cuando miraba a Even.

Los momentos de esas visiones me tocaban el alma.

La mirada de Sionnach también, porque con ella parecía querer decirme: «No tengas miedo».

—No tengo miedo, Sionnach, tengo dudas. ¿Quién eres? ¿A dónde me llevas?

Estábamos detenidos en lo más hondo del bosque. Haces de plata de la luna se colaban entre las copas, clareando las sombras, permitiéndome ver el entorno.

El zorro me miró por un instante y siguió avanzando.

Fui tras él hasta que llegamos a un pequeño claro.

Había en el centro tres decenas de monolitos de tamaño considerable, dispuestos uno al lado del otro.

Eran muy viejos. Más que ninguna otra cosa que hubiera visto.

El tiempo se había cernido sobre ellos cubriéndolos casi por completo de musgo o enredaderas, haciéndoles muescas, tiñendo la piedra del color de los siglos.

Al principio me pareció que estaban desordenados, pero pronto me di cuenta de que formaban una espiral que iba cerrándose conforme llegaba al centro.

Pensé que ojalá tuviera ojos de halcón para verlo desde el cielo.

Aunque, para percibir lo que de ellas emanaba, no me hizo falta dejar de ser yo: una energía poderosa me hizo cosquillas desde los pies hasta la cabeza.

—¿Qué es esto?

Sionnach señaló las piedras con un movimiento de cabeza.

Fue hacia la más exterior y se quedó delante de ella, sentado sobre sus patas traseras, mirándome con insistencia.

Dudé de si moverme hacia adelante o darme la vuelta, beberme cinco jarras de cerveza y caer medio muerto en la cama para fingir que todo eso no había sido más que un sueño.

Perdí la mirada en el cielo. Me pareció que las estrellas eran más grandes que nunca. Algo que escuché en otra noche estrellada vibró en mis recuerdos:

«Algunas leyendas cuentan que sirve a Azani y que es su vigía cuando ella no está en el mundo mortal.

Otras dicen que en él vive el espíritu de un hombre que perdió a la mujer a la que amaba, al que la diosa dio la oportunidad de morar en Knegara y ser su guardián, hasta que pueda reencontrarse con ella algún día.

En cualquier caso, para todos representa la sabiduría, y muy pocos afortunados pueden verlo» .

Leyla había dicho aquello en Ardacia, esa noche antes de tantas cosas. Su voz volvió a resonar con una sola frase:

«El espíritu de un hombre que perdió a la mujer que amaba».

Miré al zorro de nuevo.

—Tú… eres…

No me dejó terminar. Rodeó ese monolito y se perdió tras otro, y tras otro, hasta que la luna dejó de incidir sobre su pelaje, y no lo vi más.

Cogí aire. Di un paso. Luego otro. Los primeros fueron pausados, pero terminé caminando con brío hacia las piedras.

Cuando estuve delante de la primera, algo se iluminó en ella.

La luna reveló aquello desde mi posición, porque, cuando di un paso atrás, ya no estaba.

Era un símbolo raro. Sujeté el colgante con una mano.

Necesitaba ayuda. Azani o la pelirroja tenían que ayudarme.

Yo de esas cosas nada sabía; todo mi ser temblaba en dudas.

Escuché la voz de la diosa, que no supe de dónde procedía, diciéndome:

—Esto tienes que hacerlo solo.

—¿En serio? —Resoplé con fastidio.

—En serio, Málakor.

—Pues no me parece bien.

—Pon una reclamación en el mostrador de asuntos divinos, si quieres. —Rio.

—Eres muy graciosa, abu —bufé.

—Vamos, nieto, lo llevas escrito en la sangre.

—Ya… Esa canción ya me la sé.

—Date prisa, Málakor. La luna se mueve.

Aunque me parecía que seguía en el mismo lugar, asentí. Respiré profundamente. Me había enfrentado a un millar de cosas solo, porque, después de todo, por más que a veces estemos rodeados de gente, siempre nos tenemos a nosotros mismos, solo a nosotros, y tenemos que confiar.

Solté el colgante y posé la mano sobre aquel símbolo brillante, que desprendió un destello cegadoramente pálido, por un instante. Era una culebra, fina y medio enroscada, que sacaba la punta de la bífida lengua .

Caminé hasta el siguiente. Escondido entre las enredaderas había otro símbolo tallado en la roca. Lo toqué con la punta de los dedos y se iluminó también. Era un águila majestuosa con las alas abiertas.

Aquella operación la repetí con todas las piedras.

Todas reaccionaron del mismo modo, al tiempo en que mi corazón latía cada vez más deprisa.

Me mostraron con nitidez el símbolo que guardaban.

Un lobo, un pez, una polilla, un grillo, una mariposa, un zorro…

hasta contar treinta criaturas de toda clase y tamaño.

Llegué al fin frente a la última de las rocas, en el centro de la espiral.

Sin embargo, allí no había animales, sino una figura antropomorfa.

Entre su relieve, allá donde está el corazón, había incrustada una pequeña piedra, parecida a la de mi colgante, aunque de color rojo.

Los años le habían quitado el brillo, pero, cuando la toqué, refulgió con tanta fuerza que hube de cerrar los ojos: me estaba quemando.

La intensidad del brillo duró unos segundos; sin embargo, inundó mi cuerpo entero.

Fue como el abrazo de un amigo. La sensación más reconfortante que había experimentado jamás.

Cuando cesó, noté una mano sobre la mía, que seguía posada encima de la rojiza piedra.

Abrí los ojos de golpe .

Sionnach… Él…

—¿Padre?