CAPÍTULO 12
De las revelaciones que traen las estrellas
L a noche knegarita, al menos a aquella hora temprana, no era silenciosa.
De las casas adyacentes llegaba el rumor de conversaciones, el ruido de los platos en la cena tardía, el de las canciones cantadas al calor del fuego para animar la noche.
O para empeorarla, porque había uno que cantaba como si estuvieran arrancándole los dientes con tenazas.
Y, sobre todo, llegaba de todas partes el ruido de los grillos, los búhos, las lechuzas; del agua de su río, sus arroyos y fuentes; de las hojas de los árboles al rozar entre sí por la caricia del viento.
Los cantos aislados de algunos pájaros trasnochadores que se resistían a dormir en sus nidos.
No eran sonidos con los que estuviera familiarizado después de vivir en Ledaria, Paltia y Ardacia.
Knegara era otro mundo. No puedo decir que no me gustase estar en él.
Respirar ese olor a bosque, a salvia, a todas las cosas que tanto le gustaban a Leyla y…
a mi abuela. Si es que una pequeña parte de mi querida benefactora vivía en mí, por eso de que llevaba su divina sangre, los bosques también me pertenecían de algún modo.
Una brillante luna llena se situaba en la línea occidental del cielo.
Su luz cegaba a la de las estrellas que la circundaban, pero otras brillaban con tanta fuerza que preñaban el resto de la bóveda.
Kaiessa, la guardiana de Knegara, estaba con ellas.
No había una sola nube. Ni un tímido jirón vaporoso.
El cielo era un manto sereno y reluciente.
Aspiré el aroma nocturno y caminé más allá de la línea de casas. Crucé uno de los puentes, seguí caminando. No tenía rumbo fijo.
Mientras paseaba, saludando de vez en cuando con la cabeza a algún knegarita con el que me cruzaba, sorteando caminos de guijarros, cruzando sus puentes, pensé en mi madre.
En Debra. En todo su sufrimiento. Me estaba maldiciendo a mí mismo por ser el causante de todo cuando escuché un ruido a mi espalda.
En medio de un puente, me detuve y miré hacia atrás.
El zorro, a unos diez pasos de mí, estaba sentado sobre sus patas traseras, mirándome.
De dónde había salido, no lo sabía. Igual había estado siguiéndome desde hacía rato y yo, estúpido de mí, había bajado la guardia metido en mis pensamientos.
No es que tuviera miedo de un zorro, pero nunca podía bajar la guardia o acabaría muerto.
Aún me quedaban muchos enemigos. Algunos de ellos incansables.
—Hola, Sionnach —saludé.
El animal levantó la barbilla y la bajó. ¿Acaso sonreía?
Me acerqué despacio, como si me aproximase a un gato que me observase con gesto desconfiado, aunque Sionnach me miraba muy tranquilo, con esa aparente sonrisa.
A un paso de él, incliné el torso y estiré la mano para ponerla cerca de su hocico.
Eso hacía con Lluna, y funcionaba, así que igual con él…
El zorro emitió un… No tengo la menor idea de cómo se llama el ruido que hacen los zorros, pero es como un ladrido hacia dentro, corto y ronco.
Me olió la mano, con la mirada puesta en ella.
Noté el calor que desprendía, la humedad de sus narinas.
Entonces levantó la mirada. Juro por todos los dioses que en el ámbar de sus ojos había un cúmulo de estrellas.
Las miré, igual que uno mira al cielo preguntándose cuestiones profundas sobre la vida.
Como cuando me subía al tejado de la casa de mercenarios a verlas con Brianna y hablábamos de lo que ya jamás seríamos.
Me tocó el dedo con el hocico y una imagen me sacudió de golpe. La vi como si contemplara la escena de una obra de teatro desde la primera fila. Los colores, los sonidos, los olores, todo estaba ahí.
Veía a mi madre. Even. Supe que era ella desde lo más hondo de mi ser.
Estaba en un lago, bajo una luna llena como la que estaba sobre mi cabeza esa noche, en un jardín hermoso y preñado de flores.
Las hojas de un sauce llorón se movían con una brisa suave.
El aire olía a rosas y a otro montón de flores.
Cantaban los grillos; croaban las ranas.
La naturaleza respiraba. Estaba más viva allí que en ningún otro lugar.
Llevaba un largo vestido blanco con bordados azules, de finos tirantes, de tela vaporosa.
En su cabeza se ceñía una tiara de oro. Labrada en los laterales con la forma de las olas del mar, un sol con sus rayos adornaba el centro de la frente.
Su cabello, largo como nunca se lo había visto a nadie, caía en cascadas sobre sus hombros desnudos; las puntas se mezclaban con el agua cristalina en la que ella se sumergía.
Yo observaba a cierta distancia, escondido tras otro sauce, con una curiosidad tremenda que me impedía dejar de mirar.
A medida que mi madre se sumergía en el agua, esta se volvía del oro de su tiara.
Saltaban los peces a su alrededor, formando arcoíris con sus colas, dejando esquirlas brillantes en el aire.
La estela dorada permanecía en el agua por unos segundos para luego volverse el líquido elemento, más cristalino si cabe.
Como si mi madre lo hubiera… vivificado.
Se bañaba, como una simple mortal, haciendo cosas que haría cualquiera al que le gustase mucho el agua.
Jugaba con ella, salpicaba, se sumergía, ascendía a la superficie, nadaba de muchas formas distintas…
Reía a cada tanto. A ratos, la oía hablar, aunque no escuchaba bien qué decía, pero un pez danzarín hacía prodigiosos saltos junto a ella, seguro que como respuesta.
Alguien llamó entonces un nombre que no era el mío, pero que conocía bien y al que respondí girándome, porque dejé de ver el lago y vi lo que había tras mi espalda.
Una muchacha joven y menuda, con pomposo vestido, cuyo rostro era casi calcado al de Anna Delussia.
Estaba a una decena de pasos de mí, tras un matorral, mirando temerosa a un lado y otro.
—Iarlath, ¿qué haces? Tenemos que volver o se preocuparán.
—Ven —dije yo, con una voz que no era la mía, pero que sonaba tremendamente parecida.
—No quiero. Sabes que el agua me da miedo. Hay muchas cosas raras en ella.
—Esto no es nada raro… Es… —Volví a mirar a la diosa.
Ella clavó sus ojos en mí. El azul más hermoso vibró en sus iris y fue como si viera los míos.
Sentí que el corazón se me paraba, aunque, a la par, seguía latiendo con más fuerza que nunca; que era mi pecho la morada de un sol ardiente, que en mi vientre vivían todos sus rayos.
Sentí que había dejado de respirar y aun así seguía vivo, más que nunca, que lo estaría mientras ella me mirase.
Nunca había experimentado una sensación parecida, pero… realmente no era yo. No eran mis ojos los que ella miraba. Eran los de Iarlath. Era él el que estaba sintiendo esas cosas.
—¡Iarlath!, por favor, tengo miedo —pidió la otra muchacha, con un tono infantil.
—¿Cómo vas a tener miedo viendo algo tan hermoso? —musité.
—Yo no veo nada. ¡Y estoy cansada de estar aquí!
Giré la cabeza hacia ella.
—Vuelve a la fiesta, Anna. Me quedaré un rato más.
—¡No y no! ¡Tienes que bailar conmigo el vals!
—No puedo bailar contigo el vals en tu puesta de largo, pensarán que tú y yo… —Noté que las mejillas me ardían—. Ya sabes que solo te quiero como a una amiga.
—¡Eres idiota, Iarlath! —espetó, con el rostro contraído en una mueca de ira—. ¡El más imbécil de todos los chicos que he conocido jamás! No sé cómo he podido enamorarme de ti.
Salió corriendo, frenéticamente, aun a riesgo de partirse la crisma al tropezar con cualquier rama o piedra.
—Ena… ¿enamorarte? Anna, por todos los dioses. Anna… ¡Anna!
Quise salir tras ella, pero antes de hacerlo llevé de nuevo la cabeza hacia el lago. Ya no había rastro de la diosa.
A medida que corría por los jardines adyacentes al lago, aquella visión se fue desvaneciendo y regresé al presente, más allá de los recuerdos de Iarlath, que habían sido tan míos como si los hubiera vivido.
—¿Qué demonios ha sido eso? —Los ojos iban a salírseme de las órbitas, y hasta di un paso atrás para separarme del zorro—. ¿Cómo es posible que…?