CAPÍTULO 11
De la sombra de Ledaria
A l pasar por el salón, vi a Chucho tendido frente a la chimenea.
Me recibió moviendo el rabo, y me agaché para acariciarle el lomo.
Estaba helado, tembloroso, en el fuego apenas quedaban rescoldos.
Eché un tronco y lo avivé; luego me quité la capa y tapé a Chucho con ella.
Soltó un gruñido de satisfacción, apoyó el hocico en las patas delanteras y se echó a dormir.
Admiraba su gesto de felicidad, sonriente, cuando unos pasos a mi espalda me hicieron mirar atrás.
Darcy bajaba las escaleras, con los ojos medio cerrados, en pijama.
—¿Qué haces aún despierto? —pregunté.
—Griselda se encuentra un poco mal. Del susto, creo. Voy a prepararle una infusión. Le gusta tomarla con unas gotitas de aguardiente, para dormir mejor, pero no le digas que te lo he dicho.
—Vaya, no es tan delicada la flor como pensábamos. —Reí con cariño—. ¿Quieres que te ayude?
Darcy asintió, así que fui con él a la cocina. Resplandecía, ni rastro había de platos sucios. Todos habían hecho su trabajo antes de irse a la cama, mientras yo removía los ecos de mi pasado.
Ayudé a Darcy a buscar las hierbas para la infusión. Mientras el agua hervía, apoyamos el trasero en una mesa que ocupaba el centro de la estancia, el uno al lado del otro. El silencio no duró mucho, porque él dijo:
—Vinieron a vernos unos viejos amigos de Ledaria, Málakor.
Lo miré asustado. Sabía de sobra a qué se refería.
—No te preocupes —dijo con gesto calmado—. Ya no serán un problema. Fue en Harbin. Digamos que los cerdos del lugar incluyeron ledarita en su menú .
Arrugué la nariz, con asco.
—Qué malos recuerdos me trae eso…
—Lo sé. —Se rascó bajo la oreja—. Me acordé de lo que dijiste. Eso de que nunca me dejarían en paz. Que me perseguirán toda la vida, que pondría a Griselda en peligro.
—Y tú juraste protegerla. ¿No me estarás diciendo esto porque te arrepientes de la decisión de estar con ella? Está enamorada de ti. Le romperías el corazón —le recordé, casi furioso.
—No —dijo con apremio—, no voy a separarme de ella. No permitiré que Ledaria estropeé lo único que me ha hecho feliz en toda mi vida.
Suspiré, aliviado y a la par no. Si Damien cumplía el pacto, Griselda viviría una larga vida, pero el dios era impredecible.
Además, estaba el, llamémoslo «factor amor».
Ella se había enamorado de un hombre que, debido a su pasado, estaba constantemente en riesgo de ser asesinado.
La costurera sufriría lo indecible de perderlo.
Mientras estuvieran juntos, ella estaría en peligro.
Pero, si no lo estaban, sufriría. La contradicción de mis pensamientos me atenazó la garganta.
—De lo único que me arrepiento, Málakor, es de haberte dicho que me uniría a ti para acabar con ellos. Ahora solo quiero dejar de luchar. Vivir una vida normal. Me siento… —frunció los labios brevemente— terriblemente egoísta.
De la tetera llegó el leve sonido del incipiente burbujeo. Nos quedamos mirándola en silencio, unos segundos.
—Darcy, no te lo tengo en cuenta. Todos decimos cosas para luego cambiar de opinión. Si estás con ella, prefiero que te mantengas al margen. Así que, todo está bien por mi parte.
—Gracias —dijo, y apretó mi hombro.
—De nada, pero quizá no deberíais iros a ver mundo ahora mismo —sopesé—. Tal vez deberíais buscar un lugar seguro en el que asentaros un tiempo.
—¿No crees que estar en el mismo lugar sería más peligroso? —me preguntó ceñudo.
—La sombra de Ledaria siempre nos perseguirá.
Ya sea física o sicológicamente. Tenemos que asumirlo.
Creo que, ahora mismo, todos los lugares de Luara son peligrosos para vosotros.
Solo tenéis que buscar uno donde el riesgo sea controlado.
Knegara, por ejemplo. Ardacia. Ella tiene muchos amigos aquí y allí.
Amigos poderosos. Hasta Iliana o Palas le pondrían escolta si se lo pidiese.
Y, cuando todo esto se calme, quizá podáis hacer ese viaje. Llevar una vida en paz.
Darcy tomó aire profundamente. El silbido del agua hirviendo se mezcló con el de su respiración.
Retiró la tetera del fuego y vertió el líquido en la taza.
La columna de vapor le humedeció las puntas del flequillo.
Sobre la mesa había un bizcocho, tapado con un paño, del que cortó un trozo y lo puso en un plato.
—Lo hablaré con ella —dijo después.
—Hagáis lo que hagáis, tendréis mi apoyo. No eres el hombre perfecto para ella, pero eres el que ella quiere. La tratas bien. Mereces tu segunda oportunidad. Todos la merecemos.
Me miró un poco pasmado; luego, sonrió.
—Joder, Arben, cómo cambia el cuento. —Entre risas, abrió la botella de licor, vertió unas gotas en la infusión y luego le dio un trago al alcohol, sin poner los morros en él—. ¿Quieres?
—No, ya he bebido bastante. Me voy a dar un paseo. Llévale eso a Griselda.
—Espera…, quiero hacerte una pregunta.
Le hice un gesto, dándole pie, y dijo:
—¿Es verdad que la comehierbas y tú sois solo amigos?
—Es verdad.
—Por cómo te ha mirado durante toda la noche, diría que es algo que has decidido por ambos. ¿Me equivoco?
—¿Ahora eres un experto en asuntos sentimentales?
—Bueno, Griselda es mi novia, y ella es amiga de Leyla —respondió con una sonrisa amable—.
Se han escrito bastante últimamente. Dice que es una de sus personas más queridas en este mundo.
Sabe que Leyla tiene roto el corazón; tú lo sabes, todos lo sabemos.
Si has tomado esa decisión por rencor, porque le echas la culpa de que no te escuchase a tiempo y Brianna muriese…
, déjame decirte que te estás equivocando.
—Aunque entiendo tu discurso, voy a decirte una cosa, Darcy. Es un poco personal, pero así entenderás esto y me dejarás en paz .
—Preveo que me mandarás a la mierda. —Se frotó la barbilla con gesto pensativo—. O a decirme que me calle. O a amenazarme con sacarme las entrañas y metérmelas en alguna parte.
—No… —Reí levemente—. Solo voy a decirte que, aunque mis sentimientos por ella no pueden morir de un día para otro, cuando pienso en Leyla y en mí, es como si siempre hubiéramos estado en medio de una tormenta.
Si repaso mentalmente nuestra historia, no encuentro motivos lógicos que me expliquen por qué he sentido tanto por ella.
¿Sabes que pienso? Que, cuando salí de Ledaria, solo era un muchacho mendigando amor y atención.
Esperaba su atención como el perro espera la caricia del amo, pro Leyla a menudo mordía la mano que le tendía. Eso pienso, Darcy.
—Bueno, ella es una exploradora y tú eras un asesino. ¿Qué esperabas?
—Ese es el problema precisamente: esperé algo que no podíamos tener.
Y, cuando pudimos tenerlo, lo dejé pasar.
Ni siquiera le escribí en tres malditos años, con la excusa de que ella no querría saber nada de mí —dije, entre el dolor y la rabia—.
Nuestra oportunidad pasó. Voló sobre nosotros, nos cagó encima y se esfumó.
Si ella me hubiera importado de verdad, si la hubiera amado, me habría tragado las excusas y la habría buscado en el cielo y la tierra.
Igual que tú viniste a buscar a Griselda y enfrentaste a tus demonios para contarle la verdad.
Aún a riesgo de horrorizarla. Aún a riesgo de perderla para siempre.
Él, que me miraba muy atento, asintió varias veces.
—En eso tienes razón.
Miré las migas que se habían desprendido del bizcocho. Esparcidas sobre la mesa, me recordaron a algo que había visto tiempo atrás en Ledaria.
—¿Viste a Marcus montar alguna vez uno de esos rompecabezas que traía a la isla? Los robaba en sus misiones. Estaba enganchado a ellos.
—Sí, los hacía en la taberna de Fred, a mediodía.
Siempre comía bizcocho cuando se entretenía con eso.
Era de los pocos que podía comer algo así en Ledaria.
—Observó las migas, y fue curioso verlo esbozar una sonrisa nostálgica.
Como si una parte de él añorase ese momento, incluso aunque ese momento lo hubiera vivido en la letrina del mundo—.
Siempre me pregunté cómo es que alguien tan bruto tenía capacidad para hacer una tarea tan minuciosa.
Luego recordaba que era el mejor haciendo nudos, y lo entendía.
Asentí, mostrándome de acuerdo.
—Solía ser paciente, pero a veces perdía los nervios. ¿Recuerdas qué hacía cuando las piezas no coincidían?
—Joder que si me acuerdo… —resopló—. Se le ponía un humor de perros. Se frustraba y trataba de meterlas igualmente, los bordes se arrugaban y se desgastaban.
—Pues eso somos la exploradora y yo: dos piezas de un rompecabezas que no terminan de encajar.
Creo que ya nos hemos desgastado lo suficiente como para seguir forzando algo que no encaja.
No es bueno para ninguno de los dos. Así que, aunque nada de lo de Lúdric y Brianna hubiera pasado, Leyla y yo no estamos hechos el uno para el otro.
Además, ella… no está bien. Necesita estar sola.
Sanar, antes de verse involucrada en ninguna otra relación. Y yo también. Creo que nos debemos eso.
Tomó aire y lo soltó despacio. Después de mirarme con un gesto algo misterioso, ocupó un lugar a mi lado.
—Vale, lo entiendo, pero… igual deberíais acostaros al menos una vez. Así rebajáis toda esa tensión que emana de vuestros cuerpos y que si fuera un llama habría arrasado cualquier sitio en el que estáis.
—Tú eres tonto, Frederic. —Le di una colleja con todas mis ganas.
—Tío. —Se quejó, frotándose el cogote—. Solo era una sugerencia.
—Por el bien de Griselda, espero que no seas de esos que lo solucionan todo con el sexo.
Se le puso una cara de bobo que fue digna de enmarcar.
—Por todos los dioses menos por Damien… —farfullé, mientras dejaba la cocina.