Málakor 3 CAPÍTULO 10 #2
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CAPÍTULO 10 #2

—Suponiendo que el hijo de Meredia hubiera tenido descendencia, que des con esa descendencia, que sea varón y que puedas demostrar, más de doscientos años después, que es hijo legítimo de él…

Además, ¿qué hacemos con el principito con el que Élinor está prometida?

Si mal no recuerdo, su unión se acordó por una cuestión de Estado, para evitar las tensiones entre Tradesios y Ardacia.

—¿Lo ahogamos y fingimos que ha sido un accidente? —Dio un trago poniendo los ojos en blanco—. Perdón, es que me cae taaan mal. Ya he dicho que verter sangre sobre sangre no es la solución.

—Si lo ahogamos no sangrará, ¿lo has pensado?

—Tienes razón… Y la ruptura de ese compromiso derivaría en otra guerra, sí.

—¿La guerra civil o la guerra con Tradesios? —Levanté una mano y otra, como si fueran una balanza. El vino de mi copa se agitó—. ¿Cuál es el mal menor?

—Esto suena a elegir entre morir ahogado o quemado.

—Estás un poco obsesionada con ahogar gente, eh, embajadora. No me extraña que te hayas casado con una exledarita.

—Ay, mi querida Penny, la amo tanto… Somos muy felices.

—Y me alegro mucho por vosotras.

Carena sonrió y me devolvió el broche. Dejé la copa sobre la mesa y lo recoloqué en su sitio. Entretanto, la embajadora bostezó varias veces, por el sueño o por el vino.

—Nos vamos mañana al alba, en el primer barco a Ardacia, nos han invitado a una boda —comentó—. Será la primera a la que acudamos juntas, más allá de la nuestra, claro. Te mandé una invitación, pero no viniste.

Brianna la traspapelaría .

—En Paltia se pierden mucho las cartas.

—Con ese frío, yo también me perdería. —Estiró la mano sobre la mesa, para tomar la mía—. Málakor, el broche ha llegado hasta a ti y eso ha de tener un sentido en los ojos del destino. Te pareces a lord Málior. He visto su cuadro en casa de los Reid.

—Yo también —carraspeé.

—¿Y si tuvieras algo que ver con esto?

La embajadora jamás había pecado de tonta, no podía esperar que lo hiciera entonces.

—¿Qué voy a tener yo que ver con ellos? Vamos, nací en Ledaria. Mi padre era un asesino y mi madre una prostituta. No tengo nada que ver con los lechuguinos de Ardacia.

—No sé… —rumió, sin dejar de mirarme, tan atentamente que me sentí como un bicho al que estuviera estudiando—.

Pero, como te he dicho, voy a darte tiempo.

Aunque recuerda que hay una guerra civil en ciernes.

Si eso no te apremia a contarme lo que sabes…

, no sé qué lo hará. —Le nació un suspiro de lo más hondo—.

Ojalá pudiera ver ese cuadro perdido de Iarlath.

Seguro que nos daría más pistas. El «mayordomo» —entrecomilló con los dedos— estuvo buscándolo durante todos los años que trabajó en casa de los Reid.

—Así que no es un fantasma. Menos mal, por un momento pensé que había tenido alucinaciones.

—No, aunque él sí las tendrá cuando lo vea —gruñó—.

Me verá doble del bofetón que voy a darle.

Por haber estado allí y por haberse callado al respecto.

Es un miembro de la Orden. Fingió su muerte porque los Reid averiguaron que andaba detrás de esos viejos asuntos familiares, pero parece que regresó a esa mansión, aunque se lo prohibiéramos.

Supongo que por eso no nos ha comunicado que estuvieras allí, ni tampoco ha dicho nada del broche, por miedo a nuestra reprimenda.

Dime, ¿el cuadro de Iarlath estaba en el sótano, con el broche?

Carena me tenía entre las patas de los caballos. Y su mirada, puesta en mí, hasta me quemaba. Podía contarle lo que sabía y acabar con todo, pero eso me posicionaría en un punto en el que no quería estar por nada del mundo.

—No. Solo… estaba este broche. Nada más.

—Si me estás mintiendo lo sabré —dijo con el gesto de una madre regañando a su hijo—. Cuando hable con el mayordomo, me lo dirá. O con Hach, él también lo hará. ¿Cómo ha podido estar en ese sótano, delante de nuestras narices, todo este tiempo?

—Igual es que no estaba allí antes. Igual… estaba en otra parte —sopesé—. Alguien lo movió.

—Puede ser. —Se atusó con los dedos su estudiado recogido de trenzas, mientras me miraba con atención—. Haremos una cosa, viejo amigo; mientras te lo piensas, te lego la tarea de la Orden de las Dos Rosas.

—Estás borracha —dije entre risas—. Eso suena muy rimbombante como para que me puedas legar nada aquí, en este cuartucho de una posada de Knegara.

—Cállate y escucha.

Solté un resoplido y dejé caer la frente en la mesa. Noté un tirón en el cuello; lo tenía tan tenso que los exploradores podrían haberlo usado como cuerda de arco.

—Ese niño, el heredero de Meredia, se llamaba Arturus Tríanor Arben —continuó ella.

—Arturus. No había otro nombre más feo.

—¡No es feo! —Sonó tan seria que me envaré—.

Los Tríanor siempre llevan nombres de la Antigua Ardacia, de las primeras dinastías que moraron en ella en los tiempos en los que se fundó, cuando cuentan que un semidios, procedente de más allá de los mares, derrotado su pueblo en una cruenta batalla, llegó a estas costas.

Dicen que un dios se enamoró de una de sus descendientes y que tuvieron dos hijos que, por traición, fueron arrojados al río en una canastilla.

Una loba los halló y los cuidó, y luego un pastor y…

—Háchpirey, sal del cuerpo de Carena —interrumpí.

—Está bien —dijo entre risas—, no te aburro más con cosas de la antigüedad, pero ahora que sabes la verdad no puedes huir de ella.

—¿Y esperas que busque a un crío llamado Arturus porque su tataralgo se llamaba así y sus padres siguen teniendo mal gusto para poner nombres? Pues espera sentada, porque me da que lo de buscar una aguja en un pajar se queda corto .

—No. —Resopló—. Pero los broches se imbuyeron con magia.

Si el heredero lo toma en la mano derecha y lo sumerge en una corriente de agua pura y cristalina, en la segunda hora tras el amanecer, una hora por cada rosa que da nombre a la Orden, desprende un brillo azul, como si contuviese a la luna llena en él.

—Os complicasteis un poco la vida, eh. Haber pedido sangre de dragón también.

—Era la única manera de evitar equívocos. De estar seguros de que no era un fallo de la magia, de que no había casualidades de por medio.

Me encogí de hombros.

—Me voy a los túneles, Carena, si encuentro allí a un descendiente de Meredia, una corriente de agua y, lo que es más, si tengo siquiera idea del paso exacto de las horas en esa oscuridad, más allá de que me ponga a contarlas, me llevaré una sorpresa de narices.

—Pero no estarás allí eternamente, ¿no?

—Eso espero.

Asintió feliz, apuró la copa y se puso en pie.

—Me voy a dormir. Y me despido ya de ti. No es probable que mañana nos veamos. Partimos muy temprano, como ya te he dicho.

Sonrió, y tras palmearme la mejilla como una abuela que dijera adiós a su nieto, se fue. Me quedé mirando a la nada… no sé cuánto tiempo. Tenía tantas cosas en la cabeza, tantas emociones en el pecho, que supe que dormirme sería lo último que podría hacer. Así que decidí darme un paseo.