CAPÍTULO 10
De un viejo secreto
C arena, emocionada, nos abrazó a los dos a la vez, diciendo lo hermoso que era vernos así, entre lágrimas y suspiros enternecidos.
—Oh, por todos los dioses, ¡cuánta felicidad! —exclamó.
—¿Ya se te ha pasado el enfado conmigo, embajadora?
—No, la verdad —me tomó por los hombros y me miró muy seria, pero sin perder ese brillo guasón de su mirada—, sigo teniendo ganas de dejarte esa cara tan bonita hecha un espantajo, pero, en vez de eso, haré que me invites a unas cuantas copas de vino y te dejes todo tu dinero en la posada.
Eso te dolerá más que unos cachetes, que ya nos conocemos.
Me eché a reír, atrapado de nuevo en sus brazos, porque me estrujó otra vez, a la par que Penny reía.
—¿Qué llevas ahí? —La embajadora se apartó de mí—. Está duro como una piedra.
Me toqué el pecho. Bajo el chaleco de cuero oscuro, llevaba prendido el broche a la camisa. No iba a marcharme a los túneles sin hablar de eso con ella, así que la ocasión me vino al pelo.
—Ah, quería hablarte de esto. —Metí la mano bajo el chaleco, para soltar el broche, mientras ellas me miraban atentas—. Necesito saber qué es esta joya y por qué es idéntica a la tuya.
La puse delante de su cara. El gesto que se le pintó a Carena fue digno de ser retratado, escrito un poema y…, yo qué sé, más cosas de bardos. Me lo quitó de la mano de un solo gesto y lo observó de cerca.
—Es igual que el tuyo. —Penny se posó la mano sobre las vendas. El gesto se le contrajo en una mueca de incomodidad—. Si no os importa, me tomaré algo para el dolor y me acostaré. Os dejo con vuestros asuntos .
Su esposa dejó de mirar el broche al momento.
—Iré contigo.
—Mi amor, no te preocupes, quédate, tenéis cosas de las que hablar.
Carena dudó. Sin embargo, tras recibir un beso de Penny, se quedó tranquila. Antes de marcharse, la exasesina, muy seria, me dijo:
—Sospecho que buscar a Azskar es uno de los motivos de la expedición a los túneles.
Espero que lo encontréis y consigáis matarlo; yo lo intenté y no pude.
Y eso que le clavé un puñal en el corazón.
El muy cabrón quedó vivo, como si nada. Sin que nadie le curase.
Ni siquiera se quejó, fue como si le hubiera clavado una astilla en lugar de acero.
Pestañeé, perplejo, y recordé el momento en el que le herí con mi daga en el costado. Salió corriendo de allí como si nada. Días después estaba también como si nada.
—Algo le protege, no sé qué es —repuso Penny—, pero le mantiene con vida a pesar de las heridas, a pesar de que le hiriese en el mismísimo corazón. Nunca fallo, tú lo sabes. Averigua qué es y podrás acabar con él.
Me apretó el hombro y, sin decir más, se fue. Le di vueltas a cómo alguien podía sobrevivir a que le clavasen una daga en el maldito corazón, más allá de que hubiera intervención divina por alguna parte, pero, en cuanto Penumbra cerró la puerta tras de sí, la embajadora reclamó mi atención.
—¿De dónde la has sacado? ¿De Ledaria? —bufó—. Esos malditos asesinos son como urracas. Cosa que brilla, cosa que roban.
—No es de Ledaria. Lo encontré en el sótano de la mansión de los Reid.
—¿Y qué hacías allí, cogiendo cosas que no son tuyas? —Su ceño se frunció aún más—. No, espera, no me digas nada. Fue la noche de marras, ¿no? Cuando lo de Anna Delussia.
—No. Tampoco.
—No doy una, eh.
—Mejor no hagas apuestas esta noche.
Rio con ganas y miró el broche otro tanto .
—¿Entonces? —preguntó al fin.
A ver cómo le contaba la verdad sin que le diera un patatús y, después de casi haber matado a su mujer, la dejaba a ella también como para llamar al enterrador.
Obviamente, no podía decirle que mi padre era quien era.
Tampoco que era hijo de una diosa. No eran cosas fáciles de digerir.
Eso de preguntarle por el broche estaba bien, pero no había pensado en las consecuencias que desataría mi pregunta ni las explicaciones que tendría que darle.
—Verás…
—Uy. —Levantó las cejas—. Ese «verás» suena a que vas a necesitar un vinito para contármelo. A ver qué tienen los Aderwyn aquí.
Pronto, dio con una caja llena de botellas de vino. De un mueble, sacó dos copas. Señaló la mesa con la cabeza, para que nos sentáramos. Cuando estuvimos acomodados, las llenó de vino y puso una en mi mano. Tomó otra para ella, a la que dio un largo trago. Tras beber, bajo su atenta mirada, dije:
—El broche, como te he dicho, estaba en el sótano de los Reid. Bajé allí con un mayordomo, tiempo antes del asedio de los no muertos a Ledaria. Era el mismo que estaba en la mansión la noche en la que… ya sabes.
—Así que ese bribón andaba por allí —dijo con fastidio.
—¿Ese bribón? —Fruncí el ceño.
—No hagas preguntas, no puedo contártelo.
—Hach me dijo que ese mayordomo murió hace unos años. No me fastidies.
Torció el gesto, carraspeando.
—Dime primero dónde estaba el broche.
—Entre otro montón de cosas de un joven que era hijo adoptivo de lord Málior.
—Lord Málior… —musitó, y para nada le sorprendió escuchar ese nombre de mis labios, lo que me descolocó.
—¿Lo conoces?
—Lo conozco bien. A él y al chico del que hablas.
Iarlath Arben. —Me miró con gesto perspicaz—.
¿Que lleves su apellido tiene algo que ver con que hayas estado husmeando entre sus cosas?
Las cuales, por cierto, me sorprende que sigan en posesión de los Reid después de lo que le hicieron y de que hayamos buscado en esa maldita mansión cientos de veces.
—No.
—Mientes como el culo —dijo, y se echó a reír.
—Vigile su lengua, señora lechuguina.
Su risa se hizo doblemente ruidosa. Bebió despacio, mirando el broche de nuevo.
—No te creo, Málakor; pero soy de la opinión de que, a veces, simplemente no estamos preparados para afrontar las cosas.
Y que no conviene forzarlo. Así que, te daré tiempo para que te prepares.
—Suspiró—. El broche pertenece a la Orden de las Dos Rosas, protectores de la reina Meredia.
Lo fueron mis antepasados y lo soy yo. Lo fue lord Málior también.
—¿Cómo vais a proteger a alguien que murió hace siglos?
—La gente muere, pero su legado perdura. Como también perdura una de las razones que sustentaron a la orden desde su fundación: encontrar al hijo que le robaron a Meredia. Supongo que sabes la historia, mi querido Hach te la habrá contado.
—Sí, la guerra civil.
—La cruenta y maldita guerra civil que en treinta años se llevó miles de almas.
Y, en esas tres décadas, la orden buscó de forma incansable al heredero, con el fin de detenerla.
De traer paz de una vez. Pero nunca dieron con él.
Cuando los años pusieron término a la esperanza de encontrarlo con vida, pensaron que quizá había llegado a crecer en alguna parte, a tener descendencia.
La Orden siguió con la búsqueda, generación tras generación.
Si encontrásemos a sus descendientes, si hubiera un varón entre ellos, evitaríamos la guerra civil que se desencadenará en Ardacia tras la decisión que Palas ha tomado de dejar a una de sus hijas como heredera.
—Pero no parece que la gente se haya tomado a mal que Élinor vaya a reinar.
—A pie de calle, eso es lo que parece, pero basta con asistir a alguna fiesta de la aristocracia.
Siempre surge alguien descontento. —Apoyó la punta de un dedo en la mesa—.
En una reunión, alguien dice que va en contra de las tradiciones de Ardacia.
—Llevó el dedo a otro punto—. Y, en otra, después de que tooodo un círculo de conocidos lo haya comentado, a alguien le da por decir que hay que tomar las armas.
La gente, de primeras, calla, pero luego hablan.
Hablan y hablan, no dejan de hablar, y entonces conjuran el desastre.
—Golpeó la superficie con el puño—. Ese rumor, que ahora solo es lluvia, pronto se hará más fuerte que una tormenta.
Las guerras civiles son horribles, Málakor.
Hermanos matando a sus hermanos, hijos viendo morir a sus padres.
Padres viendo morir a sus hijos… o matándolos. Todo por los ideales de unos y otros.
El vello de la nuca se me erizó. La premisa de una guerra así en Ardacia, de ver todas esas cosas, después de cuanto habíamos luchado para salvarla, me heló la sangre.
—Palas no lo consentirá.
—Palas ya lo ha consentido tomando la decisión que ha tomado. Sabe a lo que se expone, pero la seguridad que le dan los años en el trono le hace creerse invencible.
La embajadora miró la copa de vino como si pudiera ver en ella el futuro. Se encogió de hombros, la bebió de un trago y la rellenó.
—¿Quieres? —me preguntó después, botella en mano.
Extendí la copa, y cuando la tuve llena de nuevo y di un trago, le di mi opinión al respecto de Palas.
—La decisión del pulecoronas no es errada.
Sus hijas tienen derecho a gobernar y, quien no lo vea así, es que no tiene dos dedos de frente.
Ellas pueden mantener la prosperidad en el reino tanto como un hombre.
No conozco a las demás, pero Élinor es la persona más digna de ocupar un trono que verá el mundo jamás.
No es justo que nadie quiera desposeerla de ese derecho solo por ser mujer.
—Las leyes siempre han sido las leyes. Nos gusten o no. —Torció el gesto—. Soy la primera que apoya a Élinor, pero la guerra civil, si ella sube al trono, es inevitable.
Apreté la copa y di un trago que pretendía ahogar mi rabia.
—Aunque esté en mi voluntad apoyarla si fuera menester, la prioridad de la Orden es encontrar a un varón que descienda del hijo de Meredia, para así evitar la guerra.
—Igual podemos dejar que suceda y matar a todos esos obtusos que piensan que una mujer no puede reinar, ¿eh? Una solución maestra .
—Málakor… —regañó—, verter sangre sobre sangre nunca es la solución. Élinor estaría en peligro. Sé que la quieres mucho como para ponerla en peligro.
—Pero ella merece reinar.
—Entonces la casamos con el legítimo heredero, si tienen una edad propicia, y Élinor reinará. Como consorte, pero reinará.