Málakor 3 CAPÍTULO 9 #3
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CAPÍTULO 9 #3

Penny sonrió notablemente. Entendí que, al hacerlo, Carena la mirase con esa cara de enamorada, porque la sonrisa de Penumbra era hermosa y dulce. Cuando las personas que han sufrido tanto como ella sonríen, su sonrisa tiene más belleza y significancia que cualquier otra.

—Gracias —dijo.

Asentí, mientras Carena la abrazaba. Pensé que me gustaría estar abrazando a alguien también.

—Penny, ¿le dijiste algo a Azskar cuando te contó lo de… madre? —pregunté cuando se separaron.

—Sí. No quiero entrar en detalles de lo que me dijo, pero mi corazón terminó por hacerse pedazos.

No comprendía por qué habían mentido así a mi madre, por qué no me habían dejado criarme en el burdel, como a tantas otras nacidas allí, para instruirlas en…

—Suspiró—. Es igual. Me dijo que fue cosa de mi verdadero padre.

Socca, uno de los asesinos más cercanos a Derian en aquellos tiempos.

Recordaba, vagamente, de los primeros días que tuve conciencia de mi vida en Ledaria, a alguien llamado así. Pero su rostro, su físico y todo lo demás estaba difuso en mi mente. Salvo un par de detalles que formaron parte de mis pesadillas de niño.

—Siempre llevaba un embozo. Sus ojos eran tan fieros que daban miedo.

—Lo daban, desde luego. Pero ya no importa, porque está muerto. O eso dicen, nadie vio nunca su cadáver ni supo qué le pasó. Se fue a una misión, muy lejos, no sé dónde, para no volver. Siempre me preguntaré por qué demonios se negó a que me criasen como una más del burdel. Lo hubiera preferido.

No iba a entrar en debates sobre qué era peor. Si que te obligasen a prostituirte, sometida a una violencia espantosa, o que te obligasen a matar, siendo tú la perpetradora de aquella violencia. Penny necesitaba consuelo de algún modo, aunque fuera refugiándose en tan complejas cuestiones.

—Yo… —murmuró para sí, quizá buscando fuerzas para continuar—.

Sabes, Málakor, que cuando se convive con la muerte, fingir que no te importa es la mejor forma de engañar a tu corazón.

Si le cuentas la misma mentira terminará por creérsela, y ya dará igual que veas morir, que mates, que estés muerta aunque respires.

Mi vida era esa mentira. Profunda. Redundante. Como cada latido de mi corazón.

Podía verme reflejado en esas palabras con mayor nitidez que en el espejo más pulido.

—La llevaba impresa en la sangre y la sentía tan inherente como el árbol siente a sus raíces.

La mentira y yo éramos una. La muerte y yo éramos una —continuó diciendo, con aplomo—.

Pero, a partir de esa noche, en la que la mentira se convirtió ya en un monstruo que me rodeaba por todos los flancos, en la que supe que estaba sirviendo a Derian sin justificación alguna, porque no había nadie a quien proteger, dejé que el amor venciese a la rabia.

No maté a nadie, tampoco a Carena. Es más, le salvé la vida. A ella y a otro montón de gente.

—Sí, Penny me salvó. Si sobreviví esa noche en la recepción fue por ella. Nos dijo a Morgan y a mí cómo y dónde escondernos. Nos protegió.

—Y lo hizo bien —dije con absoluta sinceridad—.

Así que fue toda una suerte que tomases esa decisión, Penny.

De lo contrario, yo no podría haber hablado con Morgan, y este a la vez con su tío.

Ni tampoco con Carena. Uno de los engranajes de todo eso habría fallado, y lo demás no habría sido posible.

Has formado parte de algo muy importante aun sin ser consciente de ello.

—Igual que tú, Málakor. —Su sonrisa volvió a iluminarlo todo—.

Sin saberlo, me ayudaste. Supe que debía huir, al igual que hiciste tú.

Tu historia y tu coraje me dieron fuerzas para hacerlo.

Quería hablarte de esto algún día, pero sabes que Ledaria no te deja escapar con facilidad.

—Negó con la cabeza varias veces—. Ellos me encontraron.

Me torturaron. Trataron de doblegarme. Resistí hasta que pude volver a escapar.

Nada ni nadie me habría detenido en mi empeño por llegar a Carena; por buscar una segunda oportunidad en sus brazos.

La embajadora tenía lágrimas en los ojos.

Sentí también humedad en los míos, así como escuché el eco de cientos de voces en mi cabeza recordándome todas las cosas horribles por las que había pasado desde que perdoné la vida de Élinor.

Las muertes, la huida, la pérdida, la venganza, el dolor…

Pero todas ellas se hicieron pequeñas en comparación a la fuerza que me im primieron las palabras de Penny.

Con el perdón y la gratitud. Esas palabras hacían que todo mereciese más la pena si cabe.

A veces pensaba que mi historia solo había beneficiado a los que estaban de mi lado, sin darme cuenta de que muchos otros, lejanos a mí, al otro lado de la balanza, habían cambiado de lugar gracias a lo que yo había hecho.

—Penélope —tragué saliva, la emoción me constreñía la garganta—, gracias.

—No, Málakor, gracias a ti.

Tras dar un paso hacia mí, extendió la mano. La tomé y la apreté con firmeza. Aquel gesto, entre dos víctimas de Ledaria, exterminó toda duda, zanjó cualquier diferencia y sembró de nuevo la esperanza en la tierra de nuestras vidas.