Málakor 3 CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

Recordé lo que la embajadora había dicho entonces: «Debería decirle que me marcho. No quiero preocuparla. Me quiere tanto». Recordé también que la forma en la que la miraba me llegó al corazón. Que pensé que ojalá alguien me mirase alguna vez con esa devoción.

—Tú ya la amabas entonces —le dije a Carena.

Ella asintió con determinación.

—Y yo a ella —afirmó Penny—. ¿Te parece ya el amor suficiente motivo? A ti también te frenó de matar a Élinor. No esta misma clase de sentimiento, pero sí fue la compasión, porque era una niña. ¿Y no es la compasión una forma de amor?

La miré con gesto pensativo.

—Dame la razón de una maldita vez —dijo entre dientes—. Y no te hagas el duro, a ti el amor también te ha salvado.

—Muy bien, pongamos que el amor os ha salvado, a las dos. A Carena de la muerte y a ti de Ledaria. A mí, de paso. Pongamos también que vivimos en el mundo de los bardos y existen los finales felices. Pero hay algo más que no que no me estáis contando.

Se miraron entre ellas, con esa chispa de quienes comparten un secreto.

—Se lo voy a contar, Penny. Tenemos que contárselo. Así dejará de desconfiar de ti.

La exledarita la miró dudando largo rato, y yo miré a una y a otra, de forma alterna, esperando que alguna dijera algo más, mientras repiqueteaba nervioso con la bota en el suelo.

—Esa noche descubrí que Debra era mi madre.

La barbilla se me fue al suelo .

—¿T-tu madre?

Penélope asintió de una vez.

Mi mundo se dio la vuelta. Mareado, fui a apoyarme en la mesa.

—Ella… —musité—. Ella nunca me dijo que hubiera tenido una hija.

—Se quedó embarazada nada más llegar a la isla, cuando la vio…

—Calla. ¡No lo digas en voz alta! —Me giré hacia ella, mascullando aquello—. No lo digas.

—No lo diré, está bien, pero… —se acercó a mí, y puso las manos en mis antebrazos— es lo que pasó.

Miré a Carena, como si ella pudiera asegurarme que eso era cierto.

Ella asintió con convencimiento, porque seguro que había escuchado hablar de ello cientos de veces.

Yo, en realidad, tuve la certeza de que mi madre había callado tantas cosas, que yo solo conocía escasas gotas del océano de su dolor.

—No entiendo por qué mi madre jamás me dijo nada.

—Porque ni siquiera sabía de mi existencia.

Le dijeron que había nacido muerta. A mí me contaron otra historia sobre mi vida, muy diferente.

Supe la verdad esa noche. —Su mirada se perdió en aquellos lejanos recuerdos.

Pestañeó rápidamente, como para alejarlos, y añadió—: Al que tú conoces como Azskar se le escapó.

Para mí, su nombre era otro. Otro que ya no importa.

Estuvo jactándose de lo que te harían cuando te cogiesen, cosas que hasta a mí me parecieron horribles, y se me fue un comentario que pretendía decirme para mí misma.

Algo así como que tampoco te merecías eso.

Él, muy serio, me dijo: «A la puta de tu madre la han matado por su culpa.

¿Seguro que no quieres destriparlo cuando lo veas? ».

Iba a preguntarle si Azskar estaba en Ardacia, cuando una imagen de la noche en la que miré al monstruo en los ojos me llegó de golpe.

Él no solo había estado allí, hasta había bailado con la exploradora, delante de las narices de todos.

Mirarlo me había hecho sentir como si tuviese un dardo clavado en la nuca.

Tenía que haberle hecho caso a mi intuición entonces.

—Azskar estaba allí —musité, como si diciéndolo en voz alta pudiera sentirme menos miserable por mi estupidez.

—Sí, pero no intervino en la matanza. Solo nos dio las órdenes a Yensen, a mí y a los demás. Fue un explorador más esa noche.

—Rata inmunda. Cobarde. Siempre oculto en las sombras. Tanto que la primera vez que escuché su nombre en Ledaria ni sabía quién era, porque tiene cien, como cien veces es profunda su maldad.

Ella apretó mis antebrazos, mientras asentía. Su mirada denotaba entereza; la mía rezumaba compasión por ella. Y sabiendo de quién era hija, hasta me pareció ver un atisbo de los rasgos de mi madre en su rostro.

—¿Sabes desde cuándo sirve a Derian? ¿Cuánto hace desde que traicionó su lealtad hacia Knegara? O… ¿por qué?

—No tengo la menor idea, Málakor. Lo siento. Siempre ha sido muy hermético. Ya sabes que para muchos incluso ni existía.

—Está bien…, dime, ¿qué pasó entonces? ¿Qué hiciste?

—Supe que toda mi vida me habían tenido sometida en la isla a los deseos de Derian gracias a sus chantajes.

A sus amenazas de matar a los que creía eran mi hermana y mi padre, a quienes supuestamente me habían criado, y todo era mentira.

Ellos también estaban en el ajo. Fingían amor, fingían ser mi familia, pero solo eran una cabeza más de la serpiente.

—Te habrían chantajeado igual si hubieras sabido que Debra era tu madre. Como hicieron conmigo.

—Lo sé. —Penny volvió a asentir y el rostro se le ensombreció del todo—. Ya hacía tiempo que empezaba a angustiarme tanta muerte. ¿Te acuerdas de la última vez que nos vimos en Ledaria? Fue un par de semanas antes de que te enviasen a matar a la princesa.

Hice memoria, y llegó a mi mente la nítida imagen de aquel día.

Estaba en la armería, poniendo a punto mi daga, pues necesitaba un buen afilado.

Penny llegó al poco rato, a recoger un encargo de Derian.

Cruzamos miradas. Un «Ey». Nada fuera de lo acostumbrado.

Y entonces Yensen apareció y le preguntó si lo tenía todo para la misión.

Ella asintió y se apartaron en una esquina para hablar.

No me pareció que escucharlos fuera importante para nada en absoluto.

Los asesinos de Ledaria siempre tienen a alguien que matar.

Para mí, era mejor no saberlo todo, por eso de la angustia que me provocaba estar rodeado de tanta muerte sin sentido.

No quería escuchar nada, ni ocupar el mismo espacio que esos dos.

Dos cuervos al servicio del lobo que era Derian.

Sin embargo, aún no estaba lista mi daga, y me quedé.

El tiempo y las circunstancias me estaban dando una perspectiva diferente de las cosas.

En ese instante, en aquella posada de Knegara, aquella conversación tomó un sentido muy distinto.

—Dijiste: «Lo tengo todo listo, pero morirán muchos inocentes, Yensen».

En ese momento me pareció que lo decías sin más.

—Clavé la mirada en Penny. La suya estaba vidriosa—.

Pero ahora recuerdo cómo te tembló la voz, y lo entiendo todo.

Estabas aterrorizada por la masacre que iba a cometerse en Ardacia.

Ya estaba planeada desde entonces. Aunque yo hubiera matado a Élinor, Derian había ordenado una masacre.

Quizá no esa noche, quizá no en ese momento, pero sería.

Y, en tu corazón, sentías que no estabas haciendo lo correcto, incluso antes de saber que Debra era tu madre, que vivías una mentira.

Penny tragó saliva fatigosamente. Noté cómo lo hacía; cómo le faltaba el aire.

—Mi amor, tienes mala cara. —Carena se acercó a ella—. Deberías estar descansando. Ya hablaréis de esto más tarde.

—No. Necesito… soltarlo todo. —Bajó las manos y las apretó con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos—. Necesito que Málakor me comprenda. Que entienda que yo también merezco una segunda oportunidad en la vida.

Me quebró el corazón. Pensé en Darcy, pensé en mí mismo.

—Penumbra, yo… —Junté las palmas de las manos y apreté los labios contra el lateral, como si fuera a echarme a rezar a los dioses para que frenasen de una vez toda la mierda que quedaba aún en Luara por culpa de Derian—.

Nunca cuestionaré tu derecho a una segunda oportunidad.

Ojalá todos los asesinos de Ledaria la buscasen; que desearan la redención en una nueva vida llena de buenas obras.

Así que, a pesar de mis reticencias, no creas que pienso que no mereces tenerla.

Menos aun siendo la hija de alguien que acabó en Ledaria por mi culpa.

Por sacrificarse por mí. No puedo evitar sentirme responsable de la vida que tuviste .