Málakor 3 CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

De Penumbra y segundas oportunidades

L a estancia era pequeña, un almacén con lavadero, pero tenía una ventana grande por la que se colaba el aire fresco de la noche.

Aunque ni la brisa más refrescante, venida de las cumbres más altas o de los bosques más puros, o cualquier otra cosa así muy fresquita que se os ocurra, habría podido quitarme la sensación de ardiente malestar que me consumía el cuerpo entero.

Penny estaba sentada al filo de una mesa.

Carena se hallaba a su lado mientras que el médico le cosía la herida, con ayuda de Griselda.

Medora, Hach y el padre de Leyla lavaban vendas en una pequeña pila.

Todas las miradas se dirigieron a mí, de golpe, como búhos que desde su rama ven algo que les llama la atención.

Darcy, igual que un gato cauteloso, se acercó despacio a Griselda y le preguntó si necesitaba ayuda. Ella negó con la cabeza y puso la mejilla, esperando un beso. Él se lo dio, con sumo cariño, y luego fue a ayudar a los demás.

—Lo siento —dije, parado como un monigote ante la puerta, ya cerrada a mi espalda—. Mucho. Pensé que… venía a hacer su trabajo.

Penny clavó los ojos en mí. Oscuros y rasgados guardaban el peso de muchos años al servicio de Derian, porque tenían ese brillo apagado que deja haber sido testigo y perpetrador de cosas terribles.

—No pasa nada —dijo—. Yo habría hecho lo mismo.

Asentí, agradeciéndole sus palabras. La ledarita contrajo el rostro a la par que la aguja se hendía en la carne.

—Ya casi está —avisó el médico.

—Sí, respira hondo. Una puntada más y hemos terminado —anotó la costurera, con sumo cariño .

Carena me miró de reojo, con gesto acusador.

Podría haberme ahogado con la mirada si hubiera querido y no me habría quejado.

Había estado a punto de matar a su mujer.

Su mujer. ¿Qué diantres hacía casada con una…

exasesina de Ledaria? Tenía muchas cosas que preguntarles, pero no era prudente hacerlo con el médico delante.

Eran asuntos privados, así que aguardé a que acabase su trabajo.

Unos minutos después, Eyzam lo acompañó fuera.

—¿Alguien puede explicarme esto? —pregunté entonces—. ¿Qué hace Penumbra aquí? ¿Qué haces casada con ella, Carena?

Noté que quería responderme con algún exabrupto, pero tomó aire y dijo:

—Penny tenía órdenes de matarme. Desde tiempo antes de la recepción.

No me sorprendió que quisieran matar a Carena, era y es un objetivo jugoso, lo que me fastidiaba era no haberme enterado de que había una asesina en concreto con esa misión.

—Intenté matarla muchas veces, pero no pude. Y no porque no se diera la ocasión perfecta —dijo Penny.

—¿Por qué entonces?

Se instaló un silencio espeso, hasta que lo rompió el soniquete de las gotas de los paños que Medora, Darcy y Hach escurrían. Al poco, Penny, mirando a Carena con palpable cariño, dijo:

—Porque me enamoré de ella. Desde la primera vez que la vi. Desde el instante en que entré en su dormitorio dispuesta a matarla, mi corazón se quedó con ella.

—Qué hermoso. —Hach suspiró—. El amor es capaz de destruir hasta las barreras más altas y firmes. De traer el perdón y la redención.

—Sí que lo es —afirmó Griselda.

—Sí, todo eso es muy bonito, pero teniendo en cuenta quién eras en Ledaria, Penny, no me parece que te resultase tan fácil no matarla solo por eso —dije.

—¿Solo? ¿Te parece poco? —Penumbra chasqueó la lengua.

—Sí, si contamos con tu origen y tu larga lista de crímenes. Nunca te ha movido el amor. Ni la compasión. Ni siquiera el más mínimo atisbo de cariño hacia nada ni nadie .

—Eso es verdad… —anotó Darcy.

—Ninguno de vosotros me conoce —respondió duramente—. Solo sabéis lo que os han dicho de mí. Lo que habéis visto de mí. Igual que yo solo sabía de vosotros lo que queríais que los demás viésemos. ¿No es así como funcionan las cosas en Ledaria?

Evalué sus palabras. No podía quitarle la razón. Pero seguía rechinándome en la carne y en los huesos que ella estuviera allí, después de tantas cosas. Después de caminar codo a codo con ese infame de Yensen.

La atmósfera se puso tensa, más si cabe. Hubo un cruce de miradas incómodas de unos y otros.

—Bueno, creo que es mejor que os dejemos a solas, para que arregléis vuestros asuntos, ¿eh? —dijo Hach con gesto bonachón, secándose las manos en un paño.

La maga, Griselda y Darcy asintieron, y dejaron la estancia junto a él; sin embargo, Carena no quería dejarme a solas con Penny, por si volvía a herirla. Lo entendí, yo habría hecho lo mismo.

—No voy a hacerle nada —prometí—, pero no te vayas. Tenemos que hablar de un asunto.

—No tengo ganas de hablar de nada contigo, Málakor.

—Cary, por favor… —Penny extendió la mano hacia ella y le acarició la mejilla—. Ha sido un accidente. De verdad que yo habría reaccionado igual de estar en su situación. No te enfades con él.

—Es que no soportaría perderte.

—Lo sé, amor mío.

Fundieron los labios en un beso tierno. Me sentí peor aún por lo que casi había hecho, porque de ellas emanaba esa fuerza dulzona y brillante de los amores que son de verdad, y haber sido el responsable de la muerte de una de ellas… Mejor no pensarlo.

Entrecerré los ojos para leer el aura de ambas. Medora habría estado orgullosa de mí al saber que apenas había tardado unos segundos en conseguirlo, mientras ellas se hacían carantoñas y se consolaban con la idea de que jamás, nada ni nadie, ni tan siquiera la muerte, podría separarlas .

La de Carena era de un bonito azul, aunque un poco enturbiada por su estado de ánimo.

La de Penny era de un gris profundo; mas no era un gris que necesariamente la tuviera sumida en la oscuridad.

Era el gris de sus contradicciones. El blanco de su presente trataba de borrar el negro de su pasado, pero este se resistía a abandonarla.

No me pareció que fuera en el sentido de su maldad, sino en el de sus malos recuerdos.

Debía de vivir sumida en una espiral de destrucción mental, rememorando los crímenes que había cometido.

Eso, para alguien que quiere redimirse, me parece el mayor de los castigos.

Obviamente, todo mi ser bullía en desconfianza hacia ella, pero de la última vez que la vi en Ledaria habían pasado más de tres años.

Yo había cambiado. Darcy había cambiado.

Ella parecía haber cambiado, rehecho su vida.

Y me pregunté cuántos de los asesinos que servían a Derian estarían en iguales circunstancias.

Quizá podríamos formar un ejército entre todos para machacar los tentáculos que quedasen del maestro, aun muerto y devorado ya por los gusanos.

—Bueno, no diré que no me parezca hermoso que os queráis tanto, pero necesito explicaciones para no volverme loco con esto y poder dormir tranquilo sabiendo que tú, Carena, duermes con una asesina de Ledaria.

—Exasesina.

Penny lo dijo de tal manera que me recordó a mí mismo diciéndolo tantas otras veces.

—Está bien. —Tenía que concederle eso; la cicatriz no me picaba.

—Como ya te he dicho, me enamoré de ella.

Nos vimos varias veces. Carena no sabía quién era yo en realidad, y yo no dejaba de armar excusas en Ledaria para explicar mis fracasos en las misiones de darle muerte.

El día de la recepción, Yensen me obligó a ir con él.

Estaba atrapada entre la espada y la pared. Iba a ser difícil mentir esa vez.

Igual que me sucedió con Élinor, pensé.

—No te vi con ellos —dije.

—Me hice pasar por una noble, una baronesa de Cartia. Estaba entre los invitados .

Me clavé las uñas en las palmas de las manos, rabioso por no haberla visto. Pero había tanta gente… y todos los lechuguinos me parecían tan iguales.

—Apuesto a que la dejasteis inconsciente, tirada en alguna parte, como hicieron tus amiguitos con el verdadero Drudbar.

—No son sus amiguitos —corrigió Carena, soltándolo como si le hubieran picado mis palabras.

Penny puso una mano en su hombro, bajó de la mesa y vino hasta mí. Sus vendas olían a alcohol y a hierbas; apenas había una pequeña mancha de sangre en ellas, lo cual era buena señal. Frente a frente, con sus ojos tristes clavados en los míos, dijo:

—Sí, la mataron. Ya sabes cómo funcionaban las cosas en Ledaria.

Te vi en la recepción, Málakor, con tu elegante levita.

Recuerdo que el corazón me latió más fuerte por la expectativa de tener cerca al hombre más buscado de Ledaria Estabas tan distinto…

, más aún que antes. Verte en Ledaria era como ver una obra de arte en una letrina.

Aunque te las habías apañado bien engañándonos a todos, incluso a Derian. Pensé que… ojalá… —Agachó la mirada.

Se estaba perdiendo en viejos anhelos, podía notarlo, y sus siguientes palabras me lo confirmaron.

—Pensé que ojalá yo hubiera hecho lo mismo. —Chasqueó la lengua y volvió a mirarme—. Deseé que hubieras disfrutado de tus días de libertad, porque ibas a morir. Igual que Debra. Fue horrible lo que le hicieron.

Palidecí. La saliva se me volvió azogue.

—¿La viste… morir?

—Derian hizo de su muerte un espectáculo dantesco. Aunque yo no miré más de medio segundo.

Volví a sentir la muerte de mi madre, tan hondamente, que la angustia se apoderó de mis entrañas, obligándome a beber agua para aplacar las ganas de vomitar.

La rabia volvió a consumirme como el primer día.

Tuve que recordarme que había vengado su muerte.

Que había matado a Derian con mis propias manos.

—Lo siento, Málakor —dijo Carena, con voz suave.

—Gracias, embajadora. —Me permití sonreírle, a ver si así también se le pasaba el enfado conmigo, pero no funcionó.

—Yo también lo siento — dijo entonces Penny—. La querías, de un modo que Ledaria no entiende. Del mismo modo que tú pareces no poder entender que no pude matar a Carena porque me enamoré de ella.

Suspiré, con una cuestión danzando en mi mente.

—Cuando me llevé a Carena de casa de los Reid, ¿eras tú la mujer que estaba en la cama?

—Sí. Sabía que estabas allí, pero me hice la dormida. Era lo mejor para todos.