CAPÍTULO 8 #3
Trató de contestar, pero le estaba apretando el cuello con demasiada fuerza. El rostro se le volvió rojo y resaltó entre el rubio de sus cabellos, que, despeinados, le caían sobre las mejillas. Siempre lo había tenido largo, con marcadas ondas, pero lo llevaba corto a la altura del mentón.
—¿Penny? —preguntó Darcy, ojiplático, ya a mi lado—. ¿Qué haces aquí?
—¡No, no! —gritó Carena, desesperada, tirándome del brazo—. Málakor, suéltala, por favor. ¡Es mi esposa!
Decir que me quedé patitieso sería el eufemismo del año.
No, lo mío fue otra cosa que de seguro tenía un nombre raro que el bardo sabría, como de costumbre.
Dejé de presionarle el cuello al instante, envainé la espada y miré a los ojos de la asesina, llenos de terror.
Y entonces caí en la cuenta de que la cicatriz no me molestaba en absoluto.
—Oh, Penny… —Carena me apartó de un empujón y se echó a sus brazos—. Penny, mi vida. —Posó las manos sobre la herida. Pronto se le volvieron rojas. El rostro de la asesina estaba cada vez más lívido—. ¡Un médico, por favor!
Uno de los parroquianos acudió prontamente y se la llevaron a una estancia adyacente para curarla. El padre de Leyla, así como Carena, Griselda y Hach fueron con ellos, no sin dedicarme antes una mirada furibunda.
—Joder, Málakor, podrías preguntar antes de lanzar una daga, ¿no? —me dijo Darcy mientras sacudía la cabeza.
—¿Y yo qué narices iba a saber? ¿Cómo que su esposa? ¡Es una maldita asesina de Ledaria! ¡Trabajaba mano a mano con El Tripas!
—¡Era! —anotó él—. Dejó el Gremio hace tiempo.
Resoplé, frotándome la frente. Leyla y Medora llegaron en ese momento.
—¿Estás bien? —preguntaron al unísono.
—Casi mato a la mujer de Carena, la pregunta se responde sola.
Miré las gotas de sangre en el suelo, a un paso de mí, sintiéndome peor que en toda mi vida.
La caja, que contenía los dulces que tanta ilusión dijo Carena que le hacía comprar, estaba espachurrada.
Por los lados salían trozos de bizcocho y churretones de chocolate.
Alguien la había pisado. Chucho empezó a lamerlos, hasta que Leyla le regañó.
El can soltó un gruñido disconforme, pero le hizo caso.
—Bueno, ha sido un… accidente, Málakor, no te atormentes —dijo Medora después—. Voy a ver si necesitan ayuda, ¿vale?
Asentí, y la maga desapareció tras aquella puerta. Preguntándome si Penny estaría bien, saqué el aire de mis pulmones de otro soplido. Fui hacia la mesa para agarrar mi jarra de cerveza, que milagrosamente seguía en pie, y me bebí lo que quedaba de un trago.
—Será mejor que cerremos por hoy. —Nadina soltó un suspiro, pidió disculpas a los parroquianos y despejó la posada.
Darcy, Leyla y su madre se pusieron a recoger las mesas. Decidí ayudarlos. O hacía algo útil o acabaría bebiéndome Knegara, así que le eché una mano a Nadina, que amontonaba unos platos.
—Lo siento —dije, pero no respondió.
Sin embargo, cuando habíamos apilado al menos diez, cogió el montón y me miró como si fuera a estampármelo en la cabeza.
—Mira, Málakor. —Lo soltó de una en la mesa y puso los brazos en jarra.
La vajilla no se quebró de milagro—. Mi hija ya ha tenido bastante con un salvaje guiado por sus instintos, con un asesino de Ledaria en su vida.
Más vale que te alejes de ella, porque he visto cómo os miráis, y no consentiré que tengáis nada que ver.
¡Antes me como un cochinillo vivo que permitir que vuelva a caer en las garras de otro ledarita sin escrúpulos!
—Señora… —comencé, armándome de paciencia—. Lúdric y yo no tenemos nada que ver, no me compare con él. Además, su hija y yo solo somos amigos.
Miré a Leyla. Estaba entregada a la tarea de limpiar una mesa como si se le fuera la vida en ello.
—Amigos, ya. Los amigos no se miran así. ¿O es que crees que me he caído de un guindo? —Desasió el trapo que llevaba colgando del mandil y lo sacudió delante de mi cara—. Lo que le has hecho a esa muchacha…
—Mamá, no te alteres tanto, no es bueno para ti —suplicó Leyla, mientras Darcy nos miraba al borde de la risa—. Por favor, deja de abroncarlo. Lo ha hecho por protegernos. Él creía que era una asesina de Ledaria.
—¡Que le hubiera preguntado antes! ¡No quiero dagas volando en mi casa!
—Señaló al suelo—. ¡Y sangre! Cualquiera que entre pensará que aquí solo hay gente incivilizada.
Tú —me puso el índice delante de la cara—, sal de mi vista.
¡Que no te vuelva a ver! Y tú, Leyla Aderwyn, ¡a fregar los platos conmigo!
Volvió a sacudir el trapo con furia, cogió su montaña de platos y desapareció tras la puerta de la cocina, que abrió de un golpe de cadera.
Leyla negó con la cabeza mientras soltaba un resoplido.
Cargó con otro montón de vajilla, se dio la vuelta y entró también en la cocina.
La hoja de la puerta tembló con vehemencia cuando la cerró tras de sí .
—Me voy a ver qué tal está Penny. Tengo que asegurarme de que mañana no tengamos que acudir a un funeral por mi maldita culpa.
—Seguro que está bien, Arben —dijo Darcy—. Vamos, iré contigo.