CAPÍTULO 8 #2
Sentí un escalofrío. Esa forma de hablar me recordó demasiado a la de Mórqhanor.
Pero que nadie se asuste. No es que pensase que el magucho malvado estaba en el cuerpo del Pelnor.
Solo que su voz sonaba igual de amenazante.
Mórqhanor estaba más que muerto. Era un leve recuerdo en la mente del tiempo y sus cenizas pequeñas partículas que a nadie importaban ya.
La palma de su mano, que seguía contra mi pecho, empezaba a calentarse. Sus pupilas se agrandaron.
—Si no me lo das, Medora, frío a tu amigo. Lo dejo como pollo a la barbacoa.
—Lo más parecido a un pollo a la barbacoa que vas a ver en mí es cuando me lo coma sentado encima de tu tumba, imbécil. Tú sabes lo que le ha pasado a todos los magos que han ido por ahí friendo gente así como así, ¿no?
—Cállate, me da igual, te freiré.
Los pasos de afuera sonaron más cerca, y escuché las voces de sus portadores. Al reconocerlas, fruncí el ceño. Tras el mago aparecieron Darcy, Griselda y, mi más mayúscula sorpresa, Carena Dothir.
—¿Freír? —dijo esta última. Sus hermosos ojos azules se encapotaron bajo su ceño fruncido—. ¿Qué dices, Pelnor?
El mago giró la cabeza de golpe.
—¿M-madrina? —Con cara de susto, se apartó a toda prisa de mí—. ¿Qué haces aquí?
—Eso mismo debería preguntarte yo. —Carena se cruzó de brazos—. ¿Qué haces en Knegara y amenazando a mi amigo?
—Yo… —El mago agachó la cabeza y se hizo a un lado.
Un rumor de comentarios de unos y otros llenó el lugar.
—¡Málakor! —Griselda me estrujó con fuerza. La abracé también, sin dejar de mirar a Carena con gesto interrogante—. ¡Sigues hecho un toro! —Se apartó de mí y me escudriñó—. Tienes un trozo de espinaca en los dientes. Ahí, al lado del colmillo.
Me lo saqué con el filo de la uña. Iba a escupirlo, pero si hacía eso delante de Griselda, me mandaba encerrar, así que me lo tragué. En Ledaria, eso es lo que se conoce como «un pa luego».
—Mucho mejor. —La costurera sonrió y se fue a saludar a Leyla, que la recibió con muchas fiestas, pues ya eran grandes amigas. Saludó también a Hach, a Medora y a todo el que se cruzaba en su camino, lo conociera o no.
Fréderic me dedicó un saludo con la cabeza.
—Arben —dijo.
—Darcy —respondí con igual gesto mientras él se iba tras la costurera.
Carena le dio un pescozón a su ahijado, no precisamente cariñoso.
—Ya hablaremos tú y yo.
El chico asintió y pegó la espalda a la pared. Desde luego, no estaba siendo su mejor día o, mejor dicho, su mejor semana.
—Málakor, ¡cuánto tiempo! ¡Por todos los dioses, estás más grande que la última vez que te vi! —Carena tomó mis manos entre las suyas—. Me alegro mucho de verte.
—Yo también, embajadora. Estás… con la misma pinta de lechuguina que siempre. ¿Qué haces aquí?
Luego de reírse, dijo:
—Iliana le envió una de sus palomas a Griselda diciéndole que teníais previsto pasar por Knegara antes de marchar a los túneles. No podíamos dejar pasar la oportunidad de veros.
Poco a poco, la taberna regresó a la normalidad. Volvió el ruido de la vajilla, de las distintas conversaciones, de alguna que otra risa. Hasta escuché a Chucho ladrar animado, quizá alguien estaba haciéndole carantoñas.
Me fijé en que Carena llevaba el broche prendido a su elegante capa roja.
—Oí que te casaste —le dije—. Felicidades, supongo.
—Sí, gracias. Soy muy feliz. —Sonrió con ternura—.
Ahora la verás, se ha entretenido comprando unos pasteles.
A mi querida esposa le encantan los dulces.
Tomémonos una cerveza con los demás, vengo sedienta.
—Tiró de mí hacia el resto del grupo—. Pelnor, ven, tómate algo con tu madrina antes de que te encierre en un calabozo y tire la llave al mar.
El chico nos siguió como alma en pena. Al poco, después de un sinfín de presentaciones, estábamos todos sentados a la mesa.
Incluso Leyla se tomó un descanso para hablar con nosotros.
Juntamos dos, porque la que ocupábamos antes era pequeña para un grupo tan grande.
Chucho se fue a dormitar junto a la chimenea, pero de vez en cuando abría un ojo y me miraba.
Yo le sonreía, para luego volver a la conversación.
Hablamos brevemente de los típicos asuntos que se hablan cuando los amigos llevan tiempo sin verse, un «cómo estás», un «qué suerte volver a verte», etcétera.
Senris rellenaba nuestras jarras por segunda vez cuando Darcy y Griselda dijeron que tenían intención de recorrer Luara juntos, antes de asentarse de nuevo en Ardacia.
De vez en cuando, las miradas de los parroquianos se ponían en él, y no eran precisamente amables.
—Hay tantos lugares hermosos por conocer… —dijo Griselda, emocionada—. Tenemos ahorros, así que podemos permitírnoslo.
—Tu dinero está manchado de sangre, Darcy —le susurré con disimulo, pues lo tenía al lado—. ¿Se lo has dicho ya?
Él miró a Griselda con ojos brillantes, en tanto que ella respondía a una pregunta de Leyla sobre el viaje que no alcancé a escuchar, pendiente de la respuesta de Frederic.
—Sí, y doné todo lo que gané con Derian a un orfanato. El dinero que poseo ahora es de una herencia sorpresa. Un tío de Harbin al que no conocía.
—¿Tenías un tío y te ha dejado su dinero? —Arrugué la nariz.
—Tremenda sorpresa me llevé al ver a un hombre idéntico a mi padre.
Su hermano gemelo. Se pelearon cuando yo aún no había nacido.
Los dos estaban enamorados de mi madre, y que se fuera con mi padre enfadó a mi tío.
Él no sabía que yo existía, pero cuando me conoció, y vio que me parecía tanto a mi madre, se echó a llorar.
Por desgracia, se contagió de la enfermedad negra y murió.
Ya sabes que esa cosa te lleva en pocos días.
Pero me lo ha legado todo. Era un hombre muy rico, tenía una armería y un montón de baúles llenos de oro.
—De verdad que hasta las ratas tenéis suerte.
—Ey. —Me enterró el codo en las costillas, levantando las cejas, pero luego se echó a reír—. He tenido suerte, sí. —Clavó la mirada en Griselda—. Ella… ha aceptado mi pasado. Cree firmemente en el perdón. Nos estamos conociendo. ¿No es bonito, Málakor ?
—Es… —La miré también. Su sonrisa iluminaba la estancia—. Es Griselda, ¿sabes? Con ella nada es feo.
Volví a prestar atención a lo que los demás decían.
—¿Y Lluna? —le preguntaba Carena.
—La llevaré conmigo en una canastita —dijo la costurera, entusiasmada.
—Una preciosa con lazos rosas que le compré en Harbin —intervino Darcy, recibiendo una sonrisa espléndida por parte de su novia.
—Una canasta con lazos rosas… —farfulló Pelnor, con los ojos en blanco—. Habláis de tonterías y no de lo que es importante. ¿Cuándo le vas a decir a Medora que me devuelva lo que es mío?
Ella lo miró como si estuviera oliendo una bosta.
—Me tienes harta.
Él le dedicó una mirada rabiosa y eso hizo que ella se encogiera en la silla. Por más que quisiera envalentonarse, todavía le tenía miedo.
—Carena, ¿te parece bien que le meta a tu ahijado la cabeza en agua hirviendo? —dije.
—A ver… —rio suavemente—, pero solo unos segundos.
—¡Madrina! —bufó él cruzándose de brazos.
En el fondo me parecía un chiquillo engreído y bastante perdido en la vida. Ella lo ignoró y miró hacia la puerta, nerviosa.
—Mi esposa se está entreteniendo mucho —dijo—. Le encanta hablar con todos los dependientes. Es muy amable con ellos. Siempre tardamos muchísimo en hacer todos los recados.
—¿Es otra lechuguina de Harbin?
—No. Ella… —Carena pasó los dedos por el filo de su jarra. Su inquietud se volvió más palpable y la percibí, casi de un modo físico, cuando clavó sus ojos en los míos—. Es una larga historia, verás, en realidad, tú… —Bajó la mirada y frunció los labios.
Me quedé esperando a que hablase, hasta que el sonido de la puerta reclamó mi atención.
Como la tenía enfrente, no tuve que esforzarme para ver quién había entrado.
Tampoco me lo pensé demasiado antes de lanzarle la daga a la recién llegada.
Una de las asesinas de Derian. Era una de las pocas mujeres que le servían, más allá del burdel.
De las pocas a las que los asesinos consideraban su igual.
El bardo la llamaría rara avis . Él, a mi izquierda, fue el primero en darse cuenta de lo que pasaba y soltó una exclamación de asombro.
Ella se movió a un lado, pero no fue tan rápida como para evitar que se le clavase en el hombro. Soltó un alarido que atrajo las miradas del resto. Se dobló, con la mano junto a la daga. En la otra llevaba una pequeña caja que soltó a causa del dolor.
—¿¡Qué demonios está pasando hoy!? —bramó Eyzam.
Desenvainé la espada y salté por encima de la mesa, ágilmente, para llegar hasta la asesina.
Las copas cayeron, la vajilla saltó; aplasté una hogaza de pan.
La gente vociferó asustada, levantándose de las mesas.
Escuché gritar a Carena, con la voz preñada de horror.
Quizá llevaba días persiguiéndola, pensé.
Un objetivo de los últimos coletazos de la serpiente de Derian.
En menos de un suspiro, estaba agarrándola por el cuello y poniéndola contra la pared.
—¿A qué has venido, asesina? —mascullé, con la punta de la espada contra su vientre—. ¡Responde, Penumbra!
Aunque su nombre real era Penélope, los asesinos le habían puesto ese mote porque tenía unas dotes extraordinarias moviéndose en la oscuridad.