CAPÍTULO 8
De una noche agitada
E l comedor de la posada estaba a rebosar.
Los knegaritas degustaban sus platos con fruición, charlando animadamente, levantando las jarras para brindar por esto o aquello.
Ninguna de esas cosas por las que brindaban cambiarían el curso de la historia del mundo, pero para ellos eran importantes y con eso les bastaba.
A mí, ciertamente, me gustaba estar en aquel bullicio, aunque la comida no fuera mi cosa favorita.
El potaje de garbanzos llevaba una cosa verde oscura que flotaba en el espeso líquido de color amarillento y que aparté con la cuchara mientras arrugaba la nariz.
—No pongas esa cara, Málakor —regañó Leyla, de pie junto a mí—. No es veneno.
Ayudaba a su familia a servir las comidas e iba de aquí para allá atendiendo a los clientes, cargada con bandejas, jarras o cestas de pan.
Me resultó curioso verla en aquel escenario, como si, en realidad, todos esos galones de su uniforme no significasen para ella más que un guiño en su existencia y servir en la posada fuese su elemento más natural.
Pero, en el fondo, sabía que si Leyla hubiera tenido que consagrar su vida a servir entre esas cuatro paredes, le habría dado un sarpullido.
Estaba hecha para la aventura. También para sacarme de quicio en un noventa y siete por ciento de las veces, como en esa ocasión.
—He visto veneno con mejor apariencia que esto.
Apoyó la palma de la mano en la mesa, al lado de mi plato, y se inclinó para hablarme. Su aroma a lavanda y bosque me llenó la nariz, más intenso que nunca. Los poros de la exploradora se habían bebido el aire de Knegara y olía como la ciudad.
—Solo son espinacas —bufó—. Cómetelo de una vez. Te vendrá bien, tienen mucho hierro.
Hach y Medora, que estaban en la pequeña mesa que ocupábamos, nos miraron por un instante para luego seguir a lo suyo. Tenían una conversación filosófica en la que hablaban de la diferencia entre la ética y la moral, y estaban muy entregados a ella.
—¿Sabes que tiene hierro también? —Me palpé la daga, envainada y colgada de mi cinto—. Esto, y no voy mordisqueándolo.
Leyla entrecerró los ojos. Yo la imité con los míos.
—Cómete las malditas espinacas, Málakor.
—¿O me vas a dar una azotaina?
Se le quedó una carcajada en los labios.
—No, te voy a poner el plato como sombrero. Estaremos muchos días sin alimentarnos debidamente, cómetelo.
—Si le echases un poquito de tocinito frito…
—¿Crees que en los túneles habrá tocino frito?
—Sería asombroso, desde luego. —Suspiré mirando el plato. Tendría que acostumbrarme a renunciar a las comilonas por unos meses, porque era de esperar que en los túneles no hubiera puestos de mercado en los que comprar panceta—. Muy bien, me lo comeré y cagaré verde, como uno más de Knegara.
—Por todos los dioses. —Resopló, poniendo la mirada en el techo.
—Por todos menos por Damien —murmuré yo.
Cogió una de las jarras vacías y se largó mientras se quejaba.
No se me olvidaba el trato que hice con él, ni las consecuencias de las que habló; sin embargo, había salvado a Griselda gracias a ello y no me arrepentía.
Me metí en la boca una cucharada de caldo con espinacas.
Tenía el punto perfecto de sal y cierto regusto a cebolla.
No estaba malo, tampoco las espinacas, pero nunca lo reconocería delante de Leyla.
Tomé otra, aquella vez a rebosar de garbanzos, y la mastiqué con calma mirando de reojo a Chucho.
Acababa de zamparse un plato de arroz y bebía con ganas de un cuenco de agua que Senris le había colocado junto a nuestra mesa.
Hacía tanto ruido con la lengua, salpicándolo todo, que hasta se le oía por encima de la conversación de Medora y Hach.
—Creo que la Filosofía que os enseñan en Téramo está sesgada —se quejaba él—. No os interesan los filósofos del periodo intermedio, solo estudiáis a los antiguos y a los modernos. Os estáis perdiendo siglos de conocimiento.
—Los filósofos del periodo intermedio están demasiado influenciados por la religión. Todo lo achacan a los dioses. Y no seré yo quien ofenda a nuestras divinidades quitándoles la potestad que merecen, pero hay otras cosas que no dependen de ellos y en las que, desde luego, no deberían entrometerse.
—Como en la vida de los mortales, por ejemplo —dije.
Me miraron por un segundo, asintieron y siguieron hablando entre ellos.
Como daban vueltas sobre lo mismo, me abstraje en comer y en vigilar a Chucho, que con el hocico mojado iba de aquí para allá, pidiendo más comida.
A la gente le parecía simpático, así que siempre le daban algo.
Me pregunté si no podría aplicar su estrategia de poner cara de pena para que me dieran comida.
Igual me funcionaba. Entretanto, la conversación de una mesa cercana, entre tres porteadores, se coló en mis oídos.
—Tenemos que apurar rápido la cena —dijo uno.
—¿Por qué tanta prisa? —preguntó otro, barbilampiño.
—Llegan dos barcos esta noche, muchacho. Uno de Ardacia y otro de Harbin. Salen de nuevo mañana al alba, así que tendremos faena toda la madrugada para dejarlos listos.
—Harbin —musité.
Había alguien más allí aparte de Griselda y Darcy: Carena.
Seguía queriendo preguntarle por el broche, y había prometido que lo hablaría con ella en persona, pero nos íbamos a los túneles, estaría fuera demasiado tiempo.
Pensé en escribirle una carta y enviársela antes de irnos.
Quizá, a mi regreso, me estarían esperando las respuestas que necesitaba.
Le daba un trago a mi cerveza cuando la puerta de la taberna se abrió de golpe.
Una ráfaga de aire helado penetró en la estancia.
Las llamas de las velas se agitaron; el fuego de la chimenea menguó por un instante.
Luego, sus lenguas se estiraron antes de volver a la normalidad.
Se hizo un silencio espeso mientras todos, sin excepción, mirábamos hacia la puerta .
—El que faltaba… —dije mientras me ponía en pie.
—Tú. —Pelnor me señaló y luego a Medora; la otra mano la llevaba en un cabestrillo, bien vendada—. Y tú.
—Oh, por la túnica roja de Tékim… —dijo ella, que apretó el vaso que tenía en la mano. Por un momento pensé que iba a tirárselo a la cabeza a Pelnor.
Chucho corrió hacia él y le olisqueó los bajos de la túnica. Le ladró con tantas ganas, que aunque el mago dijo algo, no se le escuchó.
—¡Quita, chucho, o te doy una patada! —bramó después.
El perro se alejó gimoteando, con las orejas gachas. Toda la posada se puso en pie mientras él se refugiaba bajo nuestra mesa. Amenazar así a un animal es mala idea, pero hacerlo en Knegara… es delito mayor.
—No creáis que permitiré que os salgáis con la vuestra —soltó el rubito—. Habéis atacado a un poderoso mago y…
—A un poderoso imbécil, habla con propiedad.
—Desenvainé la daga y me acerqué a él dando largas zancadas—.
Si vuelves a hablarle así al perro, te corto el pie.
¿Por qué no te largas por donde has venido?
¿No te quedó suficientemente claro que no puedes hacerle nada a Medora? Es la Segunda Electa, lumbreras.
—Como si es la reina de Arenia —masculló—. Me debe algo y lo sabe. Hasta que no me lo devuelva, hasta que no pague por sus agravios, no me iré de aquí.
Por el rabillo del ojo, vi a Leyla aproximarse a la barra. Con disimulo, cogió el arco y las flechas. Su padre, al lado, tenía un cuchillo de cortar pan en la mano. Su madre y su hermano, un par de jarras que, de acertar en la cabeza, harían bastante daño.
—Este es un establecimiento privado, muchacho —dijo Nadina—. No tienes derecho a entrar aquí y a amenazar a nuestros clientes.
—Cállese, señora.
De pie frente a él, le puse la punta de la daga bajo la barbilla.
—Si vuelves a hablarle mal a Nadina, te atravieso el cerebro con esto. Aunque, viendo lo tonto que eres, seguramente lo que atraviese sea vacío .
—¡Y yo te rebano las orejas, mago! —gruñó el padre de Leyla.
Un murmullo de asombro recorrió la posada. Él me miró desafiante y levantó la mano hasta posarla en mi pecho.
—Antes de que hagas nada, antes de que me roces, estarás muerto.
Algunos parroquianos se metieron bajo las mesas, por si la magia los alcanzaba.
—Podemos hacer un intento, a ver quién es más rápido. —Presioné la punta contra su piel. No pareció importarle.
—Bueno, bueno… —Hach se acercó a nosotros, con las manos levantadas en son de paz—. No creo que sea necesario llegar a la violencia, podemos resolver esto de forma civilizada, ¿no crees, Pelnor?
—Solo quiero que Medora me devuelva lo que me robó.
—Málakor, baja la daga —me pidió Hach.
Como era el bardo le hice caso, pero no la envainé.
—¿Qué le has quitado al lameazufres, Conjuritos?
—Nada. Era mío. Yo tuve la idea, yo lo fabriqué. —Apoyó las palmas de las manos sobre el blanco mantel y miró a Pelnor con gesto desafiante—. Pero él se apropió de mi trabajo. Lo presentó a los profesores como suyo. Ahora que lo he recuperado, no pienso devolvérselo.
—Eso ya lo veremos, Medora —gruñó el lameazufres.
La puerta seguía abierta y escuché unas pisadas afuera. Tres pares. Una persona más corpulenta y dos más menudas. Pensé que quizá eran de la guardia de la ciudad, que habían oído jaleo y venían a ver qué pasaba.
—A ver, chupamandrágoras, ya te ha dicho Medora lo que piensa del asunto. Tengo una jarra de cerveza a medias y pienso beberme otras dos. Así que deja de hacernos perder el tiempo a todos. Vuelve a Ardacia, a Téramo o a dónde te dé la gana, pero lárgate de aquí.
—Eso, lárgate —dijeron Senris y su padre al unísono.
—¡He dicho que no me iré sin lo que es mío! —bramó, y sopló de nuevo un aire frío como dedo de muerto. La llama de las velas volvió a agitarse; el fuego de la chimenea menguó .