CAPÍTULO 7
De cuadernos olvidados
U nos pasos nos hicieron mirar hacia arriba. Leyla estaba asomada a la baranda del piso superior, medio cuerpo fuera, con el cabello cayéndole a ambos lados de la cara.
—¿Ya estás metiéndote con Iliana? —dijo con retintín.
—Sí, Flechas. Ya sabes que es mi deporte favorito.
—Qué gracioso. —Suspiró, y puso la mirada en el bardo—. Buenas noches, señor secretario.
—Buenas noches, Leyla.
—¿Cuándo vas a dejar de llamarlo así? —le dije a ella—. Hace años que os conocéis.
—Hay que tratar a la gente con el merecido respeto.
—Es un bardo, «respeto» y «merecer» no son atributos de su clase.
Hach me dio un pescozón. Lo miré enfurruñado mientras me frotaba la nuca.
—Bien hecho, señor secretario —celebró Leyla—. Sube un momento, Málakor, he de darte algo.
—Ve —dijo Hach—, luego te veo. Me fío de dejarte en manos de ella.
—Gracias, eh, pero no necesito niñera.
El bardo me palmeó la espalda y se fue. Subí las escaleras hasta llegar junto a Leyla.
Me hizo un gesto y echó a andar. La seguí por el corredor que distribuía las habitaciones.
Había apliques dorados para las velas; alfombras largas adornando los suelos, bonitos cuadros de paisajes en las paredes.
Un curioso pensamiento cruzó mi mente, porque, en realidad, el lugar no se le parecía en nada.
Sin embargo, el cerebro hace cosas extrañas más a menudo de lo que nos gustaría.
—Leyla, ¿ recuerdas cuando estuvimos en aquel pasillo del burdel de Ledaria? Cuando íbamos de camino a la buhardilla de Derian.
Giró la cabeza un poco para mirarme.
—Sí… Y es curioso que lo menciones, porque lo que tengo que darte tiene que ver con esa noche.
—¿Una cama para que nos metamos debajo?
—No. —Rio, y se detuvo frente a una puerta. Mientras metía una llave en ella, dijo—: ¿Recuerdas aquellos cuadernos que encontramos escondidos bajo un tablón?
Me costó ubicar aquello en la mente. Fue como si hubiera querido borrarlo junto a otro montón de cosas horribles que sucedieron esa noche.
—Los cuadernos… —La imagen de Leyla sacándolos de un viejo cofre me llegó nítida—. ¿Qué pasa con ellos? Supongo que se los entregaste a Iliana.
—En absoluto. —Se hizo a un lado para que pudiera pasar a la habitación, la puerta ya abierta de par en par—. Debes leerlos tú y decidir qué hacer con la información que en ellos se guarda.
—Te estás poniendo de un misterioso…
Señaló dentro con la cabeza. Pasé, preguntándome qué habría en ellos.
Ante mí descubrí una estancia que gritaba Leyla por todas partes, como si todas las cosas que le gustasen estuvieran allí contenidas.
Algunas que ya conocía, otras que fueron nuevas, como algunos dibujos fijados a las paredes con pequeños clavos.
—No sabía que dibujabas.
—Solo cuando me aburro.
Me acerqué a uno de esos dibujos y lo sujeté sin desprenderlo. Era un caballo majestuoso que pasaba a trote por un arroyo. Las gotas de agua parecía que fueran a salirse del papel.
—Es muy bonito, Leyla, y está muy bien hecho. No es que yo sea un entendido en estas cosas, pero tengo ojos para ver.
—No es para tanto —dijo, con las mejillas encendidas.
—Desde luego que no, doña modesta —me burlé sin dejar de contemplarlo .
—Deja de mirarlo ya, que me da vergüenza, vamos. —Me obligó a apartar la mano de él.
—Está bien, está bien… —Levanté las palmas de las manos y me alejé del dibujo, escudriñando la habitación con la mirada.
En la pared este había un gran ventanal con magníficas vistas a Knegara, una cómoda bajo él y un espejo al lado; en la sur, una cama y dos mesitas; la norte la presidía una gran estantería que iba de suelo a techo.
Estaba a rebosar de libros. No me extrañaba que tuviera libros, la había visto entregada a la lectura alguna vez, pero no imaginaba que poseyera tantos.
—Vaya, tienes casi tantos libros como el bardo. ¿Son de adorno o los has leído todos?
Escuché que cerraba la puerta. Al poco, sus pasos aproximándose. Se puso a mi lado mientras yo miraba la estantería. Sonreí al ver algunos ejemplares de las crónicas que había escrito Hach.
—Los tengo para tirárselos a la cabeza a los tipos presuntuosos como tú —dijo con un guiño.
—No esperaba menos de ti, Flechas.
Permanecimos en silencio unos instantes, hasta que ella carraspeó y caminó hacia la cómoda. Sacó los cuadernos de un cajón y regresó para tendérmelos.
—Senris los cogió pensando que eran suyos, porque le gusta mucho escribir sus pensamientos, y yo creí que los había perdido. Me los ha devuelto hace un rato. Llevaban tres años cogiendo polvo al fondo de su baúl.
Eran dos, más pequeños de lo que los recordaba, más viejos incluso. Desprendían ese olor a papel ajado por el tiempo que tanto le gusta al bardo.
—¿Puedo sentarme? —Señalé la cama con la cabeza.
—Claro.
Ocupé un lugar en el filo; Leyla se acomodó a mi lado.
Eso de estar los dos en la misma cama me traía más de un recuerdo que quería evitar.
Hasta me ponía nervioso. Sin embargo, un pensamiento intrusivo estalló en mi cabeza, acribillándome.
La idea de que Leyla habría estado en aquella cama con Lúdric.
Escuché la sucia voz de ese malnacido, retumbando en las cochambrosas paredes que casi me vieron morir, mientras decía: «Voy a echar de menos a Leyla.
Echaré de menos hacerle el amor. Sentirla desnuda bajo mi cuerpo, mientras se retuerce de placer, gimiendo mi nombre.
Esa zorra sabe lo que le gusta a un hombre».
Ese gusano rastrero se había puesto su nombre en los labios para hablar de ella con ese desprecio, como si no fuera más que objeto que poseer.
Dejé los cuadernos a un lado, de golpe, tomé su rostro entre las manos y la miré a los ojos.
—¿Qué…? —Se quedó inmóvil.
—Él no podrá hacerte daño nunca más, Leyla. No lo permitiré.
Su pecho se hinchó: estaba llenando los pulmones todo lo posible, el aire aún debía faltarle cuando pensaba en él. Al soltarlo, en su semblante hubo un profundo gesto de angustia.
—Él me hace daño aunque ya no esté. Sus recuerdos me abrasan en cuanto abro los ojos por la mañana y antes de cerrarlos, por la noche.
No se van en todo el día. A veces viene a mis sueños a atormentarme.
Lo veo entrar por la puerta y tumbarse encima de mí.
Siento que su cuerpo me asfixia. Por más que grito, no se aleja.
Solo me aprisiona más y más. —Su voz era ya un hilo—.
Y, cuando me despierto gritando, sigue aquí, reptando entre las sombras de la habitación, convirtiéndose en una de ellas.
He de mirar la llama de una vela toda la noche, porque, si aparto la mirada de la luz, lo veo.
Rompió a llorar, y tuve la impresión de que podría llorar un río.
La magnitud del dolor de Leyla me estrujó el corazón y el alma. ¿Qué podía decirle después de eso? ¿Qué podía hacer? Solo me salió decirle una cosa, y creo que fue mi corazón el que habló, más que mis labios, porque… no lo pensé mucho. Salió sola.
—Seré tu vela, Leyla. —Le acaricié las mejillas con los pulgares, llevándome las lágrimas—. La llama a la que mires todas las noches. Si quieres le digo a Medora que me ponga una de esas luces aquí, en el flequillo, y así me ilumino como una antorcha.
En medio de su dolor, soltó una risa que sonó a esperanza. Mis ganas de abrazarla con fuerza peleaban a puñetazos con mi propio dolor, con el resquicio de rencor que albergaba aún, con todas las cosas que me había dicho y que fueron puñales. Y… estaban ganando.
—A pesar de todo, harías eso por mí —musitó.
—Por más que me fastidie y me retuerza las tripas, aunque me clavases un puñal en el costado, haría lo que fuera por ti.
—No me hables de puñaladas —dijo con pesar, y se sorbió el llanto.
Tiré de la funda de una de las almohadas, que tenían bordados de flores, y le sequé con ella las lágrimas.
—¿Qué haces? —dijo riendo—. Son mis favoritas.
—Se llama gestión de los recursos, Flechas. Necesitaba un pañuelo y ya lo tengo. No llores más, por favor, me duele verte llorar.
Ella suspiró tratando de calmarse.
—Está bien. Y… olvida lo que he dicho.
—Eso es imposible. —Suspiré también, y dejé la funda a un lado.
Leyla cogió los cuadernos y los puso en mis manos.
—No los he leído. Solo he abierto este por una página al azar —señaló uno que tenía un ribete dorado en la cubierta—, por saber qué contenía, y entonces lo he visto. He pensado que debías leerlo tú. ¿Quieres que te deje a solas?
—¿Por qué ibas a dejarme solo? ¿Qué demonios dice aquí?
Apretó los labios. Iba a contestar cuando llamaron a la puerta con los nudillos, bien fuerte.
—¡Ley, tenemos trabajo! ¡Mamá dice que bajes!
—Ya voy, Senris —contestó con gesto de fastidio. Se puso en pie y me dijo—: Quédate aquí, ya bajarás luego.
Miré los cuadernos, dudando. Una parte de mí se moría por saber qué ponía; la otra no quería padecer un sermón interminable de Hach.
—No… Bajaré también, ya los leeré más tarde. No quiero que el bardo te ponga la cabeza como un bombo. Ya sabes lo pesado qu e se pone con las normas y la puntualidad, y somos invitados de tus padres, tampoco quiero quedar mal con ellos.
—Está bien. Si has esperado tantos años para saber esto, podrás esperar un poco más.
—¿Málakor está contigo ahí dentro? —dijo su hermano, entre el enfado y la sorpresa—. ¡Como me vuelvas a regañar cuando suba a mis novias a la habitación, te vas a enterar!
—¿Ha dicho novias? ¿En plural? —Fruncí el ceño.
Su hermana puso los ojos en blanco.
—Anda, vámonos…
Tras guardarme los cuadernos entre la camisa y la cintura del pantalón, la seguí hacia la puerta.